RDC, El padre Pulcini: Los refugiados que huyeron a Burundi mueren de hambre y penurias

Nelson Santillan

Los civiles que huyen de la guerra que está ensangrentado su país viven en condiciones extremadamente precarias. En algunos campos de refugiados, falta de todo y enfermedades como el cólera están matando a muchas personas. El testimonio de un misionero javeriano: desde el principio, se estimó que había más de 200.000 refugiados. Ahora necesitan ayuda urgentemente, antes de que sea demasiado tarde

Federico Piana – Ciudad del Vaticano

Una hecatombe y un infierno impactantes. También porque todo ocurre en medio de una indiferencia generalizada, del olvido mundial. Porque a nadie parece interesarle realmente que la guerra civil que asola la República Democrática del Congo -especialmente en Kivu del Norte, provincia rica en recursos naturales estratégicos como coltán, oro, diamantes, estaño y tungsteno- no solo se cobra miles de víctimas, sino que también obliga a cientos de miles de personas a abandonar el país africano para refugiarse en el vecino y empobrecido Burundi, donde, en campos de refugiados abarrotados de miles de personas, la gente muere de hambre, frío y penurias. El misionero javeriano Mario Pulcini reside en Burundi desde 1978, cuando llegó a Bujumbura, la capital económica del país. Ahora que, al otro lado de la frontera, el grupo rebelde paramilitar M23, que libra una cruenta guerra con las fuerzas armadas congoleñas, ha conquistado toda la zona de Uvira con una ferocidad sin precedentes, la situación ha empeorado. El religioso de origen bergamasco contó a los medios vaticanos que “el intenso flujo de miles de refugiados comenzó el 10 de diciembre del año pasado, el día de la caída de la ciudad congoleña. Desde el principio, se estimó que había más de 200.000 personas, muchas de las cuales se encuentran ahora en varios campamentos de acogida bastante grandes: uno en la provincia de Ruyigi y el otro en la zona de Rumonge, a orillas del lago Tanganica”. Y es en estas dos estructuras construidas con tiendas de campaña improvisadas, restos de madera y chapa donde se vive un infierno. “Esta semana hablé con el director de Cáritas Burundi, quien me confirmó una terrible noticia: recientemente, en el campamento de Ruyigi, se han registrado más de 60 muertes, muchas de ellas por cólera. Y además, allí, como en Rumonge, falta de todo: agua, comida, ropa. Y las enfermedades proliferan”.

Una gota en el océano

La intensa temporada de lluvias y el frío aumentan los riesgos: las tiendas de campaña donde viven estas pobres personas a menudo se convierten en tumbas, pues pueden quedar atrapadas en ellas por las aguas turbulentas y el barro. Y si eso ocurre, nadie puede sacarlas. Solo quedan unas pocas organizaciones internacionales, incluyendo Cáritas, que intentan llevar artículos de primera necesidad y medicamentos a los campamentos. Cuando no pueden distribuir los paquetes de supervivencia, dan a cada refugiado 36.000 francos locales, equivalentes a unos 7 euros. Una gota en el océano, sobre todo teniendo en cuenta que en ese contexto degradado es casi imposible encontrar algo que comprar.

Ayuda urgente

Ahora que las fronteras entre la República Democrática del Congo, Burundi y Ruanda están cerradas, la ayuda solo podría transitar por Tanzania, una travesía que tomaría varios días y conllevaría enormes riesgos. Aunque “los fondos asignados por la ONU, millones de dólares, aún no han llegado”, Burundi, donde el 70% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza y sufre desnutrición crónica, no ha “dado marcha atrás y ha hecho un esfuerzo humanitario sin precedentes: los refugiados que no pudieron regresar a la República Democrática del Congo y que no se encuentran en campamentos han sido acogidos por familias burundesas. Inicialmente, la población temía una posible infiltración de miembros del M23, pero luego prevaleció el sentido de humanidad y acogida”, destacó el padre Pulcini.

La Iglesia en primera línea

Del mismo modo, la Iglesia local y las congregaciones religiosas nacionales e internacionales no han mirado para otro lado, a pesar de sus extremas dificultades económicas. Las parroquias han abierto sus puertas y el próximo 30 de enero, en la Arquidiócesis de Bujumbura, toda la comunidad eclesial participará en un retiro espiritual durante el cual se recaudará ayuda humanitaria y dinero, que luego se entregará a los refugiados en los campamentos de acogida. Sin embargo, el infierno congoleño de Uvira parece aún peor. La ciudad, a 26 kilómetros de Bujumbura y que es controlada por milicianos del M23, era considerada una puerta de entrada privilegiada para el comercio entre ambas naciones antes del ataque del grupo paramilitar. Ahora no queda nada: solo destrucción, escombros y muerte. Aquí otra comunidad de religiosos javerianos intenta sobrevivir, y el padre Pulcini los llama a diario: “Me contaron lo que pasó y sigue pasando: disparos, bombas, gente que huye, y muere. En los últimos días, parece que la situación se ha calmado un poco. Nuestros hermanos, cuando pueden, salen para encontrarse con la gente. Pero todavía hay mucho miedo: el M23 dice haberse retirado, pero no es cierto”.

También en Uvira la gente está muriendo

Aquí también, como en los campos de refugiados de Burundi, no queda nada para comer. La gente muere de hambre por toda la ciudad. Pero no es solo la falta de comida lo que mata. También la falta de humanidad que destruye el alma y la esperanza. El propio padre Pulcini relató un ejemplo reciente, relacionado con uno de sus tres hermanos de Uvira, dos italianos y un mexicano: “Hace dos semanas, falleció la madre del sacerdote mexicano, y su hijo quería regresar a casa para asistir al funeral. Tras obtener todas las autorizaciones necesarias, los hermanos de Uvira debían llevarlo a la frontera con Burundi, donde yo debía recogerlo, llevarlo al aeropuerto y embarcarlo en un vuelo a México”, pero, inesperadamente, “mientras estaba con los soldados burundianos, que se suponía que me ayudarían en esta operación, me informaron que al otro lado de la frontera habían cambiado de idea. No se podía hacer nada. Impedir que un hombre pudiera despedirse de su madre fue un acto extremadamente inhumano”. Una pequeña pero significativa señal de alarma que da a entender cómo el conflicto ha entrado en una nueva fase, más peligrosa, en la que cualquier cosa puede suceder.

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