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Por el padre David Pérez Paso especial para hastadios.com (*)
Haciendo honor a mi nombre, que significa en hebreo “el amado”, “el mimado”, he tenido la enorme gracia de estar presente en la misa que ha presidido el Papa León XIV en la Sagrada Familia para inaugurar y bendecir la Torre de Jesús, la más alta del templo de Gaudí. Ha sido, sin duda, un acontecimiento de la historia de la Iglesia.

Estar allí, junto al Santo Padre, junto a los reyes de España, y también junto a numerosos cardenales, obispos y sacerdotes, y miles de fieles, fue vivir las palabras de Cristo: “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Juan 12,32). Esto es lo que ha pasado con esta torre tan elevada (y con esta basílica), que desde tantos puntos de la ciudad se vislumbra. Vienen desde todos los puntos del mundo para ver, fotografiar y conocer la historia de este “Evangelio escrito con piedra”. Esto que significa la torre lo hemos vivido realmente con la eucaristía. El propio Papa lo dijo (en catalán) en la homilía: “la basílica nos abre sus puertas como si fueran sus brazos, para reunirnos a todos en torno al mismo altar”.
Todo el día ha estado marcado por la presencia de Gaudí. Se cumplían justo cien años de su muerte, y se notaba que esta fiesta era también un homenaje a él. El Papa lo llamó «arquitecto ardiente de fe», y es verdad: rezó antes de la misa ante su tumba, y al terminar la noche unos drones dibujaron su rostro en el cielo de Barcelona, hasta dar paso a aquella frase suya: «Primero el amor, después la técnica», tan pertinente en este tiempo que estamos viviendo con la inteligencia artificial.

De la homilía me quedo con una invitación muy sencilla: alzar la mirada hacia Cristo, porque mirándole a Él aprendemos a mirar el mundo con ojos nuevos. Y la idea que más me ha gustado ha sido que “la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo. No habitamos, pues, una obra inacabada, sino un templo aún en construcción. Su imperfección no es un defecto, porque da testimonio de un deseo; no significa una carencia, sino que expresa una promesa que queremos honrar con coherencia. Nuestra gratitud se convierte entonces en compromiso, al tiempo que cooperamos en el proyecto de Dios, es decir, en la construcción a la que Él mismo nos llama”.

Terminada la liturgia, salieron en procesión hacia la fachada de la Natividad los reyes de España, autoridades políticas, todos los obispos y, finalmente, el Papa León. Yo estaba, justo, al borde del pasillo por el que desfilaron todos, así que pude saludar a algunos obispos conocidos y amigos de Fasta. Desde esa fachada se realizó la bendición de la torre. Y allí, en la fachada del Nacimiento, a la derecha de la puerta lateral, el Papa descubrió una placa que queda para siempre como testimonio de lo vivido. Se suma a la de san Juan Pablo II, de 1982, y a la de Benedicto XVI, de 2010.

En definitiva, gracias a Dios. A pocos días de cumplir 48 años, me ha regalado vivir en persona este momento de la historia de mi ciudad y de la Iglesia. Me fui a casa orgulloso del Papa que tenemos y muy agradecido a Dios por el don de la fe y por mi vocación sacerdotal y por poder vivir la fe en esta madre: la Iglesia.

¡A tus órdenes!
David Pérez Pazo
(*) el padre David es sacerdote de Fasta y originario de la comunidad de Fasta Barcelona






