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Leyendo un cuento con mis hijas pequeñas, descubrí que somos perros del Señor al servicio del Buen Pastor (memoria agradecida del cura Fosbery).
Por Pablo Gaete para hastadios.com – General Alvear, 21 de junio de 2026
La página del libro Animales de la granja que leo seguido con mis hijas pequeñas presenta una escena sencilla. Se trata de un pastor que cuida a sus ovejas, las guía, las protege y las conduce. Para cumplir esa misión cuenta con la ayuda de perros entrenados que escuchan su voz, obedecen sus órdenes y trabajan para que ninguna oveja se pierda. Es una imagen humilde, propia del mundo rural, pero que me ayudó a pensar profundamente la vocación de los laicos de Fasta.

Desde sus orígenes, la Orden de Predicadores ha sido representada simbólicamente por los Domini canes, los «perros del Señor». La tradición cuenta que la madre de Santo Domingo soñó antes de su nacimiento con un perro que llevaba una antorcha encendida en la boca y que iluminaba el mundo. La imagen expresa una verdad espiritual profunda, es decir, que todos los que nos consideramos dominicos estamos llamados a ser custodios de la verdad y servidores de la misión de Cristo.

El Padre Fosbery comprendió que ese carisma dominicano no estaba reservado únicamente a los frailes. Fasta nació precisamente para que los laicos participaran activamente de la misión evangelizadora de la Iglesia. Por eso podría decirse que los milicianos son, de algún modo, esos perros del Buen Pastor que colaboran con Él en el cuidado del rebaño. Recuerdo allá por el año 2016 estar ayudando al padre Fosbery a tipear su libro “Tras los pasos de santo Domingo” donde tenemos una conversación sobre la Orden de Predicadores y las diferencias y similitudes con Fasta y, a su vez, sobre Santo Domingo como fundador y las diferencias y similitudes con él como fundador. Rememoró con mucha nitidez su gesto alegre y sus palabras finales en esa conversación: “En Fasta quiero laicos predicadores”.
Volviendo al “cuento”. La imagen es especialmente sugerente porque el perro pastor no reemplaza al pastor. No toma decisiones por sí mismo ni conduce el rebaño según su propio criterio. Su grandeza consiste precisamente en escuchar, obedecer y servir. Del mismo modo, el laico de Fasta no anuncia una verdad propia ni busca construir un proyecto personal. Su misión consiste en escuchar la voz de Cristo y de la Iglesia para colaborar humildemente en la conducción de las almas hacia Dios.

En la ilustración del libro, los perros rodean a las ovejas para impedir que se dispersen. También esta es una tarea profundamente actual. Vivimos en una cultura que invita constantemente a la dispersión y está impregnada de relativismo, individualismo y pérdida del sentido trascendente. Esto empuja a muchos hombres y mujeres a alejarse del redil. Frente a esta realidad, el laico formado en el espíritu dominicano y miliciano está llamado a ser presencia evangelizadora en la familia, en la escuela, en la universidad, en el trabajo y en la vida pública. No para dominar, sino para acompañar. No para imponer, sino para iluminar. La misma página del libro muestra otro detalle significativo: el baño de las ovejas. Una vez al año, el pastor las sumerge en un líquido que elimina los parásitos y las enfermedades. La imagen recuerda que el amor auténtico exige también purificación. La misión no consiste únicamente en acompañar sino que exige ayudar a descubrir aquello que enferma el alma y aleja de Dios. El verdadero predicador anuncia la misericordia, pero también la verdad que sana y libera. Cada día que pasa, me doy cuenta de la importancia de la conversión cotidiana y profunda para vivir con autenticidad la propia vocación y misión.
El Padre Fosbery insistió muchas veces en que la misión del laico no es retirarse del mundo, sino santificarlo desde dentro (como la levadura dentro de la masa). El miliciano está llamado a vivir inmerso en la temporalidad para ordenarla según Cristo. Como los perros del pastor, trabaja en medio de los campos, entre caminos difíciles y situaciones complejas, pero siempre atento a la voz de quien lo envía.
Por eso, ser miliciano significa asumir una vocación profundamente dominicana, es decir, contemplar la verdad, vivirla en comunidad y transmitirla a los demás. Significa ser amigo de Dios y amigo de los hombres. Significa cuidar el rebaño sin apropiarse de él. Significa caminar delante cuando hace falta orientar, al costado cuando hace falta acompañar y detrás cuando hace falta sostener.
Todos nosotros como miembros de Fasta, por regalo de Dios, estamos llamados a ser esos fieles Domini canes que, guiados por el Buen Pastor, ayudan a que ninguna oveja se pierda y a que todos encuentren el camino que conduce a la Casa del Padre. Porque la grandeza del perro pastor no consiste en ser el centro del rebaño, sino en servir con fidelidad a quien lo conduce. Y esa fidelidad es, quizás, la forma más hermosa de la predicación. Y esto sucede (no nos equivoquemos, por favor) no por méritos propios sino porque Dios nos dió y nos da esta inmensa gracia. Sin dudas, el desafío es grande, difícil y hermoso pero el premio que nos espera, si así Dios lo quiere, es mucho más grande y hermoso. En última instancia, los perros del Señor van al cielo (si fueron buenos amigos y fieles servidores).
Entonces, recibimos este don, este regalo y nuestras primeras actitudes deberían ser de alabanza y agradecimiento. Ojalá podamos maravillarnos todos los días por esta hermosa vocación que Dios nos entrega. Ojalá podamos decir junto al autor del Apocalipsis: “Grandes y maravillosas son tus obras Señor, Dios omnipotente, justos y verdaderos tus caminos, ¡Oh Rey de los siglos! ¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo, porque vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, porque tus juicios se hicieron manifiestos” (Ap. 15, 34).
Por otra lado, en la segunda parte de estas palabras, quisiera vincular las reflexiones anteriores con una breve apreciación sobre el redil y rebaño de Fasta, es decir, la Ciudad Miliciana. Todos nosotros somos ovejas/perros/ciudadanos de esta Ciudad Sacral, Sapiencial, Apostólica y Organizacional. Creo que una de las intuiciones más originales y fecundas del Padre Aníbal Fosbery fue comprender que la vocación del laico cristiano no se agota en la vida privada ni en la práctica religiosa individual. El bautizado está llamado a ser protagonista de la historia de su Patria y Nación. Está llamado a construir la Ciudad de Dios en medio de la ciudad de los hombres. En este aspecto particular se puede ver la novedad suscitada por el Espíritu Santo dentro de la tradición espiritual y apostólica de la Orden de Predicadores. Lo viejo que continúa y lo nuevo que aparece.
La expresión “Construir la Ciudad de Dios en medio de la ciudad de los hombres” ocupa un lugar central en el lenguaje y vida de Fasta. Es la expresión primigenia y primordial que sintetiza magníficamente nuestro Carisma suscitado por Dios para nuestro tiempo y para nuestras geografías. En palabras del padre Fosbery: “no construir edificios sino construir esa misteriosa Ciudad que se apoya sobre el fundamento de los Profetas y los Apóstoles, donde Cristo es la piedra angular. Sobre este fundamento de Cristo, piedra angular, los Profetas y los Apóstoles, se va ensamblando y creciendo, este templo misterioso que se construye con las piedras vivas de nuestras vidas para alabanza de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo. Construir la comunidad de los que alaban, construir la comunidad de los que adoran a Dios, construir la comunidad de los que glorifican al Señor, construir la comunidad de los que se aman entre sí, construir la comunidad de los que se comprenden, construir la comunidad de los que se acompañan, construir la comunidad de los que saben que tienen que estar unidos, para que en esta unión de corazón pueda estar presente el Espíritu Santo que se prometió a la Iglesia en plural y no en singular. Construir en Dios. Construir en la gracia. Construir en el amor. Construir en el perdón. Construir en la alegría. Construir en la esperanza. ¡Qué hermoso, qué difícil pero qué hermoso desafío! Si no hubiera esa esperanza, ese amor y esa comprensión, no se hubiese podido fundar la Ciudad Miliciana.”
Cuando decimos ciudad de los hombres no se trata simplemente de un espacio geográfico ni de una organización humana. La ciudad es la expresión de la convivencia de los hombres en la historia, el ámbito donde se desarrollan la cultura, la educación, la política, la economía, el arte, la familia y todas las realidades temporales que configuran la vida de un pueblo. En ese lugar nos encontramos y en ese lugar somos perros del Señor por vocación y mandato divino.
Para el Padre Fosbery, la construcción de la Ciudad en la ciudad es una consecuencia directa de la Encarnación (Cfr. su libro “La Cultura Católica”). El Hijo de Dios asumió la naturaleza humana y entró en la historia para redimir al hombre entero y todas sus obras. Por eso, el cristiano no puede permanecer indiferente frente a la cultura ni refugiarse en una espiritualidad aislada del mundo. La gracia no destruye la naturaleza sino que la eleva, la perfecciona y la ordena hacia su fin.
El laico de Fasta recibe una misión particular dentro de esta tarea. Su lugar propio no es principalmente el templo, sino la temporalidad. Allí donde vive, trabaja, estudia, enseña, gobierna, investiga o emprende, está llamado a hacer presente el Reino de Dios. Su vocación consiste en iluminar las realidades temporales con la luz de la verdad y orientarlas hacia el bien común. Construir la Ciudad en la ciudad significa, entonces, mucho más que participar en actividades apostólicas. Significa formar familias sólidas, educar con sabiduría, ejercer las profesiones con honestidad, promover la justicia, defender la dignidad humana y generar una cultura abierta a la verdad, al bien y a la belleza. Significa asumir la responsabilidad de transformar desde dentro las estructuras de la sociedad para que reflejen mejor el orden querido por Dios.
Sin embargo, el Padre Fosbery insistía en que ninguna transformación auténtica de la ciudad puede realizarse sin una profunda vida interior. Antes de transformar el mundo, el cristiano debe dejarse transformar por Cristo. La construcción de la Ciudad comienza en el corazón del hombre. Una sociedad justa requiere hombres justos. Una cultura verdadera exige hombres que amen la verdad y la busquen incansablemente. Una sociedad que quiera ser cristiana necesita santos.
Por eso, la misión del laico de Fasta se sostiene sobre tres pilares inseparables: espiritualidad, formación y apostolado. La espiritualidad nos permite vivir unidos a Dios, la formación nos da los criterios para comprender la realidad y el apostolado nos impulsa a actuar eficazmente en la historia. Cuando estas tres dimensiones se integran armónicamente, surge el miliciano capaz de asumir su responsabilidad histórica.
La construcción de la Ciudad en la ciudad tampoco es una tarea individual. Se realiza en comunidad. El Padre Fosbery veía en la amistad una de las fuerzas más transformadoras de la vida social. La Ciudad cristiana no se construye desde el aislamiento ni desde la competencia, sino desde la comunión. La amistad crea vínculos, genera confianza y permite que la verdad sea anunciada de manera creíble.
Hoy, frente a una cultura marcada por el relativismo, la fragmentación y el consumismo, el desafío de construir la Ciudad en la ciudad se vuelve más urgente que nunca. Nos lo recuerda hermosamente el papa León XIV en su encíclica Magnifica humanitas: “La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad… Cimentados en Cristo, la piedra viva, experimentamos la acción poderosa y misteriosa del Espíritu Santo, y creemos que todo esfuerzo humano auténtico por cooperar con Él en pro del bien será bendecido por el Padre celestial, en quien ponemos nuestra esperanza.”. En fidelidad a Jesucristo y al sucesor de Pedro, el laico de FASTA está llamado a ser testigo de esperanza. No desde la nostalgia de un pasado perdido, sino desde la certeza de que Cristo sigue siendo el Señor de la historia.
Asimismo, a medida que vamos creciendo como milicianos, como Domini canes, como perros del Buen Pastor vamos asumiendo de modo creciente el compromiso de contemplar, construir, sostener y proteger la Ciudad Miliciana. Somos perros guardianes del misterio de Dios en el mundo. El cura Fosbery lo expresa de modo maravilloso: “En tiempos tan difíciles como los que vivimos, en medio de tantos ataques a la Iglesia que vamos percibiendo de diversas formas, en estos modelos de sociedad laica que ya están instaurados, ya no hay sociedad católica, ya no hay cultura católica, ya no hay comportamiento católico. Hay un modelo laico de sociedad que se impone con los medios de comunicación, con las leyes del Estado que corrompen los comportamientos, corrompen las instituciones, quebrantan las actitudes dignas, que ensucian la dignidad del hombre y de la comunidad. En medio de esta sociedad que tenemos que vivir, en medio de la historia profana que van urdiendo los hombres de nuestro tiempo, que desgraciadamente han llegado al poder y manejan el poder y corrompen y quebrantan, y no miran a Dios. En medio de esa realidad nosotros tenemos que proteger a la Ciudad Miliciana. Además de la oración, con nuestras actitudes. Tener el coraje y la valentía de estar presente cuando hay que estar presente. Tener el coraje y la valentía de dar testimonio cuando hay que dar testimonio. Y también tener el coraje y la valentía de incorporarnos en aquellos espacios que por ahí se nos abren para que ahí, en el medio del fragor y del desatino, aparecer –si Dios nos abre una camino- y meternos y dar testimonio y mostrar que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros y mostrar que hay otra historia, de redención, de salvación y de esperanza que se diferencia de la historia profana.”
Construir la Ciudad en la ciudad es, en definitiva, colaborar con la obra de Dios en el tiempo, es ser perro del Buen Pastor. Es hacer visible en las realidades humanas algo de la verdad, la bondad y la belleza del Reino que esperamos. Es asumir la misión de ser discípulos y misioneros en medio del mundo. Y es comprender que cada acto de fidelidad, por pequeño que parezca, contribuye a edificar esa Ciudad en la ciudad que encontrará su plenitud definitiva en la Jerusalén Celestial.
Se acercan los 40 años de la fundación de la Ciudad Miliciana y ya se palpita el júbilo de los corazones milicianos. Como expresa de modo poético el padre Fosbery en su oda a Fasta del año 2002: “Una alegría inmensa se expandió en las carpas; el viento venturoso del Espíritu dilató los corazones y las almas; y empezó a edificarse la Ciudad Miliciana, sin murallas, sin fronteras, sin distancias. Entonces percibimos que nuevos aires de Fasta proclamaban la hondura del mensaje en el único Verbo que nos salva.”
Para ir terminando, hace algunos días me pidieron que le de una charla a quienes se preparan para oficializarse en Fasta. El tema que me propusieron fue “La oficialización en el Magisterio del Fundador”. Dicha tarea me puso en contacto nuevamente con varios textos del padre Fosbery y con su autobiografía “Vocación y misterio”. Sinceramente, se me llenó el corazón de nostalgia. Creo que es bueno, de vez en cuando, hacer memoria de todos los dones recibidos. No obstante, creo que es bueno pasar de la nostalgia estéril a la nostalgia fecunda, es decir, cuando el recuerdo agradecido de un bien recibido impulsa a vivir mejor el presente y a proyectarse hacia el futuro. Estas palabras, que no tienen nada de original, son el impacto en mi espíritu de todas las enseñanzas recibidas y que hoy quiero compartir con los miembros de la Ciudad.
Faltan sólo dos días para el 23 de junio, cuando recordamos el natalicio del padre Fosbery. Que el Mundial no nos distraiga de hacer memoria agradecida y comprometernos con nuestra vocación y misión en la Iglesia y en el mundo. Hoy quiero evocar el rostro misericordioso de ese dominico inmenso que es Fr. Aníbal Fosbery O.P. y le pido que, junto a Santo Domingo, Santa María Magdalena, Santo Tomás de Aquino, Santa Catalina de Siena, todos los santos dominicos y los milicianos que nos aguardan junto a los luceros, intercedan todos ellos ante el Padre por cada uno de nosotros, por toda la Ciudad Miliciana y la Iglesia toda.
¡A tus órdenes!
Mil. Pablo Gaete
General Alvear (Mendoza), 21 de junio de 2026.






