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Detrás de los trofeos y la gloria, hay otra conquista menos visible pero más profunda: la de una generación que entendió que ser papá también es una forma de entrega y legado.
Por el padre Pedro Giunta Lange
Un triunfo evidente
Para que algo pase desapercibido, muchas veces tiene que ser, paradójicamente, demasiado evidente. La frase suele atribuirse a G. K. Chesterton; no es seguro que sea suya, pero su ingenio la vuelve verosímil. Y, en cualquier caso, funciona como una buena puerta de entrada para lo que sigue.
En medio de la conmoción por el triunfo de la Selección en Qatar, se produjo una verdadera saturación de imágenes. Nuestras retinas y pupilas, parecían agitarse, incluso fatigarse, ante una catarata incesante de escenas que reclamaban ser vistas, retenidas, compartidas, bajo los flashes, las luces blancas y el brillo casi irreal del Lusail Stadium. Muchas de ellas quedaron grabadas a fuego en la memoria y en el corazón de los argentinos. Pero, en esa sucesión vertiginosa, hubo una en particular: silenciosa, potente, casi obvia en su sencillez, y precisamente por eso, corría el riesgo de pasar inadvertida.
Envueltos en la emoción que unía continentes, en esa confluencia de lágrimas entre los que estaban allá y los que alentaban desde acá, Thiago Messi, Mateo Messi y Ciro Messi deambulaban por el campo de juego con una serena alegría y una libertad desarmante. Su vínculo con el trofeo contrastaba con el significado que toda la nación le atribuía. En ellos, el contacto con la copa no expresaba solemnidad, sino una curiosidad genuina: la miraban de cerca, la tocaban sin apuro, la rodeaban como si fuera un objeto familiar, casi propio. Aquella imagen entrañable, que muchos conservan intacta en la memoria, más cercana al juego que a la épica, nos ofrecía la punta de un ovillo que conducía a algo mucho más profundo. Era el origen revelador de un hilo invisible que vinculaba otras imágenes, recuerdos y frases que armonizaban en un mismo tono. Las pistas para descubrir otro de los tesoros que laten en el alma de la Scaloneta: la paternidad.
Padres de la Selección
En la selección de Scaloni, la paternidad no aparece como tema, sino como atmósfera: se filtra en gestos mínimos, en escenas que no buscan explicación pero terminan diciendo mucho. Ya en los vestuarios de Brasil, durante la Copa América, en el marco de la recordada arenga de Lionel Messi, comenzaban a aparecer las pistas de este tesoro: “el Dibu fue papá, no pudo ver a su hija, no pudo hacerle upa”. La frase impactaba: no era aguerrida, pero tampoco desentonaba. Era doméstica, y sin embargo cargaba de profundidad y sentido el momento.
Tiempo después, en el Mundial de Qatar, tras la sufrida clasificación por penales ante Países Bajos, Lionel Scaloni buscó a su hijo mayor, Ian Scaloni, en la tribuna. El niño bajó al campo de juego y ambos se fundieron en un abrazo largo, contenido, en el banco de suplentes. Una imagen que anudó gargantas en todo el mundo. Frente a esa escena, algunos intentaron explicarla desde categorías externas, como si hiciera falta nombrar “nuevas masculinidades” para entenderla. Pero no había demasiado para explicar: era apenas una invitación a contemplar la belleza de la paternidad.
Y esto sigue. En una entrevista en 2023, Pablo Aimar dejaba ver una escena mucho más desafiante que cualquier gol: la dificultad de hablar con un hijo de 18 años. Contaba que, en medio de ese vínculo a veces esquivo, los partidos del Mundial se habían vuelto una excusa mínima pero valiosa para encontrarse en algo compartido. Lo celebraba sin grandilocuencias: aunque fueran intercambios breves, incluso torpes, había ahí un puente. Después de la derrota ante Selección de Arabia Saudita, ese puente se volvió todavía más evidente. “¿Cómo estás?”, le escribió. “Mal”, respondió su hijo. Y en esa sequedad, tan propia de la edad, Aimar entendía algo más profundo: que si el Mundial se terminaba, también se le iba ese pequeño terreno de diálogo. “Tenía en la cabeza: se me acaba este ratito de conversación”, confesó, como quien advierte que, a veces, la paternidad se juega en esos instantes mínimos donde casi no se dice nada, pero igual se está presente y se juega todo.
Algo de ese mismo lenguaje breve, casi austero, aparece también en otra escena pero mucho más explícito, esta vez en la serie Ángel Di María: Romper la pared. Allí, en la previa de la final de la Copa América 2021, Aimar comparte otro intercambio con su hijo que, con el tiempo, se volvería inolvidable. “El día antes, mi hijo Agustín me escribe: ‘Estoy cagado pero tengo fe’. Y enseguida agrega: ‘1 a 0 di maria’”, recuerda. Así: en minúscula, sin acentos, con esa mezcla de temor e ingenua esperanza tan propia de un adolescente. Horas después, en el Maracaná, el gol de Ángel Di María terminaría confirmando aquella intuición. Aimar se tatuó en su brazo “1-0 di María” junto a un pequeño corazón rojo como recuerdo permanente del vínculo con su hijo.
Incluso, Ángel Di María, quien ya no integra el plantel de la selección, le había contado a Olé, en la previa a su primer Día del Padre durante el Mundial de Brasil 2014, cómo atravesó uno de los momentos más duros de su vida: el nacimiento prematuro de su hija, con apenas seis meses de gestación, en una lucha incierta entre la vida y la muerte. Aquellos días en neonatología, marcados por la fragilidad y la espera, lo transformaron en silencio. Su hija, Mía, logró salir adelante después de semanas críticas, y desde entonces su historia quedó ligada a esa experiencia límite que, lejos de quebrarlo, le dio una fortaleza distinta. No era ya solo el futbolista que buscaba rendir en la cancha, sino un padre que había aprendido a mirar lo esencial.
En distintas entrevistas, Lionel Messi ha dejado ver que, lejos de la figura inaccesible que podría sugerir su carrera, en su casa ocupa un lugar profundamente cotidiano: el de un padre presente. Ha contado que disfruta de lo simple: llevar sus hijos al colegio, compartir la rutina. Y que sus hijos también lo “bajan a tierra”. En esa misma línea, deja entrever que su historia familiar sigue abierta, en construcción: “Nos gustaría tener un bebé de nuevo. No estamos en la búsqueda, pero vamos a ver si llega la nena”, dice, con esa sencillez que lo caracteriza. Y al momento de definirse, lo hace sin grandilocuencias: “Creo que soy buen padre. Intento involucrar a mis hijos los valores que me enseñaron a mí de chiquito”.
La belleza de la paternidad
Son varios los miembros jóvenes de la Scaloneta que han sido papás en el último tiempo. Sin embargo, hace unos meses, durante el partido de la selección argentina contra Zambia en La Bombonera, “La araña” entonó el Himno Nacional con su hijo Amadeo de tres meses en brazos. La foto que recorrió el mundo: un jugador joven, en la cima de su carrera, sosteniendo la vida mientras representa a su país. Hay algo profundamente simbólico ahí, casi una síntesis del cambio época que enfrentamos. Esa foto de Julián Álvarez, quien valora explícitamente el vínculo con su propio padre, nos regala una esperanzada belleza de la paternidad en una Argentina que enciende alarmas frente a la vertiginosa caída de la natalidad.
Ahora bien, la paternidad no es algo principalmente biológico: es algo esencialmente espiritual. El solo hecho de engendrar no me convierte en padre. ¿Cuántos varones tienen gestos, actitudes o roles paternales sin haber engendrado? ¿Cuántos abuelos han terminado siendo figuras paternas de sus nietos? ¿Cuántos jóvenes y niños han encontrado fuerza paternal más allá de su familia de sangre?
Apasionante y necesario es el regalo de un buen padre. Porque sin padre se desdibuja el legado: la historia empieza y termina con cada uno. Sin padre falta misericordia, porque necesitamos un amor que sostenga a pesar de la debilidad y el fracaso. Sin padre, la libertad se hace demasiado pesada, porque necesitamos un guía que nos ayude a recorrer el camino de la vida. Sin padre, la fraternidad se debilita, porque nos cuesta reconocernos como hermanos.
La paternidad nos coloca frente a una tensión existencial: vivir para entregarme o vivir para conservarme. El hijo siempre consume la vida del padre: su atención, su energía, su tiempo, sus afectos, incluso su dinero, su ropa y el combustible del auto.
Para el teólogo francés Jacques Philippe, la paternidad supone dos elementos centrales: un amor incondicional y una palabra de autoridad.
Un amor incondicional, “un amor que lo puede todo”, un “amor fuerte”; un amor que remueve obstáculos y no solo es refugio. Un amor que anticipa el amor de Dios Padre, como describe el apóstol Pablo en la primera carta a los Corintios: “todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta” (1 Cor 13, 7).
Una palabra de autoridad es una palabra que ayuda a crecer. Autoridad viene del latín augere, que significa aumentar. El padre es alguien que abre el camino de la vida para ayudar a madurar. Invita a lanzarse a la vida: su palabra transmite confianza y audacia—“Dale, vos podés”.
Desde esta perspectiva, la paternidad se convierte en un verdadero desafío de los tiempos actuales. Ya en su momento, Charles Péguy se refería a los padres como “esos grandes aventureros del mundo moderno”. Este apasionante desafío no excluye la conciencia de la fragilidad personal de un padre y, como si fuera poco, dibuja con mayor claridad los riesgos del mañana.
Por eso, el filósofo Fabrice Hadjadj señala que la aventura paternal es la apertura al futuro en su precariedad. Sin embargo, la experiencia de un hombre que ha intentado ser un buen padre es algo que carga de sentido la existencia, probablemente más que la Copa del Mundo.






