Abrazar la vida al final del camino: El valor incalculable de acompañar la fragilidad humana

Nelson Santillan

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En un emotivo conversatorio organizado por la Universidad FASTA y el Hospice Mar del Plata, especialistas en bioética, medicina paliativa y acompañamiento humano llamaron a construir una cultura del cuidado frente al descarte, reafirmando que la dignidad de la persona humana permanece intacta hasta la muerte natural.

En tiempos donde la cultura dominante suele rendir culto a la productividad, la juventud eterna y la independencia absoluta, enfrentarse al tramo final de la existencia se percibe a menudo como un tabú o una carga insoportable. Sin embargo, el reciente conversatorio «Abrazar la vida al final del camino», realizado en el auditorio de la Universidad FASTA, propuso una mirada radicalmente distinta: comprender el final de la vida no como una derrota del sistema de salud, sino como una valiosa oportunidad para desplegar la compasión, la solidaridad y el amor auténtico.

La actividad, impulsada conjuntamente por el Centro Integral de Estudios de la Familia (CIEF) de la universidad y la Asociación Civil Hospice Mar del Plata, reunió a destacados profesionales para reflexionar sobre las dimensiones antropológicas, médicas y comunitarias de la atención a pacientes en situación terminal.

La dignidad humana no se pierde con la enfermedad

La apertura académica estuvo a cargo de la Dra. Julia Elbaba, especialista en neumonología y magíster en bioética, quien profundizó en los fundamentos de la dignidad ontológica de la persona. Desde la concepción antropológica que concibe al ser humano como una unidad indisoluble de cuerpo y alma (corpalma), Elbaba remarcó que el valor de una vida no fluctúa en función de su salud, estatus social o nivel de autonomía.

«La dignidad es inviolable e intrínseca; pertenece a la persona por el solo hecho de serlo. No disminuye con el sufrimiento ni con la fragilidad más extrema», afirmó la especialista. Asimismo, advirtió sobre la tentación de aislar el dolor corporal de la historia personal, señalando que cuando alguien enferma, sufre la persona en su totalidad. Por ello, el reto de la comunidad y del equipo médico es ser «buenos samaritanos» que ayuden al paciente a encontrar sentido y esperanza aun en medio de la adversidad.

Cuidados paliativos: Una respuesta integral y científica frente al sufrimiento

A su turno, el Dr. Ariel Cherro, especialista en clínica médica y cuidados paliativos, desmitificó los prejuicios que aún rodean a la disciplina. Cherro explicó que la medicina paliativa aborda al paciente y a su familia como una única unidad de tratamiento, procurando aliviar las cuatro dimensiones del sufrimiento: física, psicológica, social y espiritual.

«Los cuidados paliativos ni aceleran la muerte ni la prolongan artificialmente a través del encarnizamiento terapéutico; respetan el curso natural de la enfermedad y cuidan la vida con intensidad hasta el último instante», sostuvo Cherro. Durante su exposición, presentó además el concepto de dolor total —desarrollado históricamente por la pionera Cicely Saunders— para ilustrar cómo la pérdida del rol social, la incertidumbre económica y la angustia existencial amplifican el malestar físico.

Respecto a debates éticos contemporáneos como la sedación paliativa, el profesional aclaró que se trata de un recurso ético y proporcionado de la práctica médica habitual destinado a disminuir la conciencia cuando existen síntomas refractarios e intolerables, diferenciándolo categóricamente de cualquier acción orientada a acortar la vida.

El modelo Hospice: «Ser pesebre en tiempos de intemperie»

El testimonio práctico y conmovió al auditorio llegó de la mano de la Dra. Natalia Otarán, presidenta del Hospice Mar del Plata, quien compartió la labor diaria que realiza esta institución dedicada a albergar y cuidar de forma gratuita a enfermos terminales en situación de vulnerabilidad social.

Otarán enfatizó que un hospice no es un hospital ni un geriátrico, sino «un hogar que se transforma en familia» para quienes atraviesan la etapa final sin recursos económicos o redes de contención. Apoyados decisivamente por el trabajo abnegado de voluntarios formados, el hospice busca devolver la paz, la alegría y el sentido a vidas fuertemente marcadas por la pobreza y el dolor.

«El deseo de adelantar la muerte casi nunca aparece cuando la persona se siente querida, aliviada y acompañada. El verdadero fracaso de la sociedad no es la enfermedad, sino la falta de cuidado. Frente a la intemperie del abandono, debemos ser como un pesebre que abrigue y acoja», expresó Otarán.

Un llamado a la civilización del cuidado

La jornada concluyó con un llamado convergente a la responsabilidad comunitaria. Como recordaron los disertantes citando los compromisos antropológicos e históricos del cuidado humano, la grandeza moral de una sociedad se mide por su capacidad para proteger a los miembros más vulnerables de la comunidad.

Garantizar que la etapa final de la vida sea un tránsito pacífico, humano y rodeado de afecto no es una utopía inalcanzable, sino un imperativo ético que exige la integración de la excelencia científica, la vocación de servicio y el amor fraterno.

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