«La misericordia de Dios»: un diálogo entre Tomás y Catalina

Nelson Santillan

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Por Sofía Molina de Castro

Nosotros, por ser cristianos, vemos la misericordia como el hilo conductor de toda la Historia de Salvación, cuyo punto máximo se refleja en la encarnación del Verbo. Por este motivo, hoy voy a hacer un breve recorrido por el pensamiento de dos autores dominicos (Doctores de la Iglesia) que nos pueden iluminar un poco sobre el estudio de este asunto.

Por un lado, tenemos a santo Tomás de Aquino, teólogo del siglo XIII, que vivió el apogeo de la escolástica medieval, que se destaca por su amplia teología sistemática. En este caso analizaremos algunos artículos de su Suma Teológica. En segundo lugar, presentaré a santa Catalina de Siena, mística del siglo XIV, quien desarrolló la doctrina de Jesucristo como Puente, y la vida espiritual como celda interior. 

Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás habla de la misericordia como pasión (tristeza por el mal ajeno) (1) y como virtud, ya que es una afección regida por la razón (2). Pero ¿cómo puede ser Dios misericordioso si ésta es una pasión, y la única pasión presente en Dios es el gozo y el amor? El Aquinate plantea que la misericordia se puede atribuir a Dios en grado sumo en cuanto a sus efectos, es decir, desterrar la miseria ajena del corazón.

Santa Catalina de Siena

Luego de la introducción doctrinal de la misericordia en santo Tomás de Aquino vamos a ver qué dice Catalina de la misericordia. Un pasaje del Diálogo (que mantuvo Dios Padre con nuestra santa), nos puede explicar lo que habla Tomás:

Después del pecado de Adán, el gran Médico, mi Hijo, vino y curó al enfermo, bebiendo Él mismo la amarga medicina que el hombre no podía beber por su misma debilidad. Así hizo Él, soportando, con la grandeza y fortaleza de la Divinidad unida con vuestra naturaleza, la amarga medicina de la penosa muerte de cruz, para curaros y daros vida a vosotros, débiles niños a causa del pecado (3).

Aún en una muerte de Cruz, Cristo mismo (en su divinidad) mantiene la grandeza y fortaleza del Hijo de Dios. Ser misericordioso no lo hace mísero, sino que lo hace resplandecer de amor por el pecador; su misericordia no es consecuencia de su tristeza por nuestro pecado, sino que nace de un conocimiento de nuestra miseria, a partir del cual obra para desterrarla de nuestro corazón.

Conclusión

Vemos cómo la misericordia no es contradictoria a la justicia ni a la grandeza de Dios, ya que el libre y voluntariamente, sin otro motivo más que su Amor, decide desterrar la miseria de nuestro corazón por medio del Sacrificio y la Resurrección de su Hijo Unigénito.

Desde un punto de vista más teológico-sistemático (como es en Tomás), o desde una perspectiva más espiritual (como en Catalina), siempre llegamos a la misma conclusión: Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo Único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida Eterna (Jn 3, 16).

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  1. S Th I, q. 21, art. 3.
  2. S Th II-II, q. 30, art. 3
  3. El Diálogo de la Divina Providencia, parte II, capítulo 1

 

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