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Hace 650 años, el 13 de septiembre de 1376, el papa Gregorio XI partió de Aviñón e inició el viaje que lo llevaría de regreso a Roma. Fue persuadido a tomar esta histórica decisión por una joven monja sin cargo ni poder político: Catalina de Siena. Hoy, su monumento en Roma vuelve a ser objeto de atención: los turistas lo fotografían desde una perspectiva en la que la santa parece besar la cúpula de la Basílica de San Pedro.
Padre Łukasz Bankowski – Ciudad del Vaticano
El 13 de septiembre de 1376, Gregorio XI abandonó Aviñón. Fue el último pontífice de ese período, conocido en la historia como el «Cautiverio de Aviñón». Desde principios del siglo XIV, los sucesores de San Pedro habían residido a orillas del Ródano, no en Roma. Su regreso no estaba garantizado. Italia estaba sumida en el conflicto, y algunos cardenales franceses y miembros del séquito papal se oponían a la partida del Papa de Aviñón. El propio Gregorio XI dudó durante mucho tiempo antes de tomar la decisión, y fue entonces cuando desempeñó un papel extraordinario Caterina Benincasa, una terciaria dominica de Siena, una mística que no ostentaba ningún cargo eclesiástico ni figuraba en la política.
La mujer que le dijo al Papa: «Regresa»
Catalina escribió a Gregorio XI con extraordinaria franqueza. Lo persuadió de que debía superar su temor y regresar a Roma. Sin embargo, no se limitó a las cartas. En junio de 1376, llegó a Aviñón y habló personalmente con el Pontífice. «Ven, ven, ven», insistió, animándolo a regresar. Para Catalina, esto no era una cuestión de cálculo político. Había vinculado el regreso del sucesor de Pedro a Roma con la necesidad de renovar la Iglesia y restaurar la paz. Su determinación ha sido recordada, a lo largo de los siglos, por varios Papas. Pablo VI destacó el papel de Catalina para superar las dudas de Gregorio XI y la resistencia de su entorno. Benedicto XVI declaró que Catalina había instado al Papa a regresar a Roma «con vigor y eficacia».
El 13 de septiembre de 1376, el Papa partió de Aviñón. Llegó a Roma unos meses después, el 17 de enero de 1377. Su decisión no solo estuvo motivada por la política y la diplomacia eclesiástica. La voz de esta monja sienesa también fue importante, pues tuvo el valor de decirle: «Regresa».
«Dulce Cristo en la tierra»
Catalina llamó al Papa «el dulce Cristo en la tierra». Sin embargo, se dirigió a él con firmeza, exigiéndole valor y determinación. Su amor por el papado no significaba guardar silencio ante los problemas de la Iglesia. Al contrario, exigía su reforma y conversión. La historia de esta joven sienesa, que habló con gobernantes y Papas, no terminó con el regreso de Gregorio XI. Catalina fue posteriormente proclamada santa, patrona de Roma y Europa, y Doctora de la Iglesia.
La estatua que «besa» la cúpula
Seiscientos cincuenta años después, Catalina sigue contemplando el Vaticano de una manera especial. Su estatua se alza cerca del Castillo de Sant’ Angelo, en la Via della Conciliazione. Recientemente, las fotos tomadas desde la perspectiva adecuada se han vuelto populares en las redes sociales. La figura inclinada de la santa está dispuesta de tal manera que Catalina parece estar besando la cúpula de la Basílica de San Pedro. Es una curiosidad fotográfica, pero a la vez un símbolo sumamente preciso. La mujer que hace 650 años convenció al sucesor de Pedro de que su lugar estaba en Roma, hoy parece estar besando la cúpula en las fotos tomadas por peregrinos y turistas.






