“José, Hijo de David” (Mt 1, 20)

Nelson Santillan

Por Sofía Molina de Castro

Un padre en la fe

En las lecturas del día 19 de marzo, esto es, durante la Solemnidad del san José, el apóstol san Pablo, en el capítulo 4 de su carta a los cristianos de Roma, se refiere a la promesa que Dios hizo a Abraham en el Antiguo Testamento: “Levanta los ojos, y desde el lugar donde éstas, mira hacia el norte y el sur, hacia el este y el oeste, porque toda la tierra que alcances a ver, te la daré a ti y a tu descendencia para siempre.” (Gn 13, 14-15).

Pablo nos recuerda que Abraham fue un varón justo y un padre para todo el Pueblo que surgió de su simiente. Plantea que es padre de todos nosotros ante Dios, en quien él creyó. Me hizo acordar mucho a la figura de san José, quien creyó en aquello que le fue revelado y supo confiar en Dios cuando asumió la misión que Él le encomendó. Reflexionando pensaba que también podemos ser hijos de san José, quien tuvo fe en la promesa de Dios, así como la tuvo Abraham según leemos en el libro del Génesis.

La Casa de David

La promesa sobre la descendencia se repite varias veces en la Historia de la Salvación, como por ejemplo en la primera lectura (2 Samuel 7), donde tenemos como protagonista al Rey David, quien recibe una profecía de Natán en la que se habla de un hijo salido de sus entrañas: Dios afianzará su realeza porque él edificará una casa en Su Nombre, Dios será un Padre para él, y él un hijo (ref. 2 Sam 7,5-16).

Uno puede pensar que se refiere al mismo hijo de David: Salomón, quien edificó una casa para Dios, el templo de Jerusalén, y recibió el don de la sabiduría; pero al mismo tiempo cayó en la infidelidad tolerando cultos paganos y promoviendo santuarios para otros dioses. Entonces, ¿la profecía es sobre Salomón?

San Agustín en la Ciudad de Dios, reitera varias veces que la promesa sobre el Reino es una referencia a la Jerusalén Celestial, y que las profecías que en algún modo se cumplieron en Salomón, se cumplen de modo definitivo en Cristo. Dice Agustín: “Quien piense que esta gran promesa tuvo su cumplimiento en Salomón se encuentra en un grave error” (Agustín de Hipona, Ciudad de Dios, Libro XVII, Capítulo VIII, 2). Y lo justifica diciendo que, así como Salomón construyó el templo, fue arrastrado hacia la idolatría.

La sombra del padre

Algo que a mí me gusta mucho de la exégesis bíblica es entender cómo el Antiguo y el Nuevo testamento se iluminan mutuamente y ahora podemos leer la historia de los patriarcas, reyes o profetas en clave cristológica. Y a partir de esto me puse a pensar: Si este Hijo prefigura a Cristo ¿Podría esta promesa también haber sido hecha para san José?

En la lectura del Evangelio, se nos revela que José es Hijo de David (ref. Mt 1, 20), que él y Jesús forman parte de su descendencia. Tal vez podemos leer esta promesa como si alguna vez hubiera sido hecha a José, quien desde el silencio supo ser un hombre justo que leyó los signos de Dios en su vida para ser el custodio del Hijo de Dios y su Madre. Tal vez también fue custodio de esta promesa en su corazón, no lo sabemos; pero sí sabemos que todas las palabras de la profecía de Natán se cumplieron en José y su hijo Jesús.

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