Por Juan Ignacio Fernández Ruiz
¿Qué nos pasa cuando amamos? ¿Qué se produce en nosotros gracias al amor?
Podríamos pensar que alguien tan “racional” como Tomás de Aquino no tendría mucho que enseñarnos sobre estas preguntas, pero —para nuestra sorpresa— comprobaríamos que estamos muy equivocados. Santo Tomás fue una persona que amó mucho: a la verdad, a sus hermanos de la Orden, a su padre Santo Domingo, a su familia, a los santos, a la Iglesia, a la Eucaristía, a Jesucristo presente en ella, a Dios mismo en su Trinidad de Personas. Contemplando este amor, él supo entender como nadie cuáles efectos podemos experimentar cuando amamos a alguien. El Aquinate identifica seis:
El primer efecto es la unión. Siguiendo a Dionisio, el Aquinate enseña que el amor es una “fuerza unitiva”. Hay dos tipos de unión entre el que ama y el amado: una, según la realidad; otra, según el afecto. El amor hace que nos movamos a desear y buscar la presencia y unión real con el amado. Estar con el otro, compartir la presencia del amigo, conversar, simplemente pasar tiempo juntos sin buscar nada a cambio, solo afirmando al otro en su bondad (Josef Pieper decía: “Amar a alguien es decirle: ¡qué bueno que existas!”), eso es lo que hace en nosotros el amor. Además, el amor mismo consiste en una unión o conexión afectiva con el amado. Con o sin la presencia física del otro, si se trata de alguien que amamos, el amor produce que estemos unidos con él por el afecto y el corazón. Hay una presencia del amado en la interioridad afectiva del amante, como les decía san Pablo a los Filipenses: “Los llevo en el corazón” (Flp 1,7).
Esto nos lleva al segundo efecto: la mutua inhesión, que el que ama esté en el amado y que el amado inhiera en el amante, es decir, a una “presencia interior” recíproca. Como dice san Juan: “el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,16). No se trata solamente de una inherencia cognitiva del amado en el amante, o sea, que el amado more en lo profundo de mis pensamientos y que estos se dirijan a conocer sus entrañas, sino en una compenetración afectiva, según la cual el amado está radicado en mi interior y desde allí produce una resonancia en la voluntad y la sensibilidad del amante. Esta resonancia, que Santo Tomás compara con una suerte de grabado, impresión o sello que el otro deja en nosotros, es como una especie de metal afectivo, que se siente atraído e impulsado hacia el amante como hacia un imán.
Cuando amamos, lo que amamos está adentro nuestro, en nuestro corazón, y esa presencia es dinámica, pues hace que nos veamos impelidos hacia el amado y hacia la búsqueda de su bien. El otro me dinamiza interiormente, su presencia me motiva, hace que me mueva. Y esta movilización no se contenta con un contacto superficial del otro, con un deslizamiento, una resbalada, sino que solo se sacia cuando alcanza a tocar lo recóndito de las entrañas del amado, las que el amado mismo me tiene que desvelar libremente.
El tercer efecto es el éxtasis. El amor produce que salga de mí mismo, que me dirija hacia el amado y habite en él. Santo Tomás utiliza la expresión “padecer éxtasis”. No se trata entonces de una acción de salir de mí, sino de un padecer, un recibir: el otro hace que yo me coloque fuera de mí, el otro me atrae hacia él. Por eso decimos a veces que el amor nos pone locos, “excéntricos”, es decir, “fuera del centro” o, más bien, podríamos decir que el amor hace que nuestro “centro” de gravitación “esté fuera” de nosotros: en el que amamos. Cuando uno pierde el centro de gravitación se cae, por eso en inglés se dice to fall in love: enamorarse es caerse en el amor, “estar en el amor” o en el amante. Como dice el Doctor Angélico: “En el amor de amistad, el afecto de alguien sale absolutamente de sí mismo, porque quiere el bien para el amigo, y obra (para ello), como teniendo cuidado y providencia de él, a causa del mismo amigo” (S. Th. I-II, q. 28, a. 3, c.).
Continuaremos con los tres efectos restantes, en la próxima entrega.






