León XIV exhorta en Cuaresma a apagar pantallas y recuperar el silencio para escuchar a Dios

Nelson Santillan

Desde el Palacio Apostólico, tras celebrar la Misa en una iglesia cercana a la estación Termini, el Papa propuso gestos penitenciales muy concretos para este tiempo litúrgico.

(ACI/InfoCatólica) En el primer domingo de Cuaresma, León XIV exhortó a los fieles a vivir estos cuarenta días como un verdadero itinerario de conversión, sostenido por la oración, el ayuno y la limosna. En su reflexión, el Pontífice insistió en la necesidad de renovar la relación con Dios y de combatir, con decisiones concretas, la dispersión que impide escuchar la voz divina.

Durante el rezo del Ángelus dominical, el Papa formuló una invitación directa y práctica a cortar con el ruido que invade la vida cotidiana: «Apaguemos un poco los televisores, la radio y los smartphone. Meditemos la Palabra de Dios, acerquémonos a los sacramentos; escuchemos la voz del Espíritu Santo, que nos habla al corazón, y escuchémonos unos a otros».

El Santo Padre se asomó para el rezo dominical a la ventana de su estudio privado en el Palacio Apostólico del Vaticano tras haber celebrado la Misa en una iglesia situada a escasos metros de la estación Termini, en un barrio modesto de la capital italiana donde conviven romanos de toda la vida con inmigrantes llegados de todo el mundo.

En su exhortación cuaresmal, León XIV pidió además que este tiempo penitencial no se reduzca a propósitos abstractos, sino que se traduzca en caridad concreta y atención real al prójimo: pidió dedicar tiempo «a los que están solos, especialmente a los ancianos, a los pobres y a los enfermos». Unido a ello, animó a practicar una renuncia efectiva a lo innecesario para socorrer a quienes sufren carencias: «Renunciemos a lo superfluo y compartamos lo que ahorramos con quienes carecen de lo necesario».

Al explicar el significado de la Cuaresma, el Papa la definió como «un itinerario resplandeciente en el que, con la oración, el ayuno y la limosna, podemos renovar nuestra colaboración con el Señor para hacer de nuestra vida una obra maestra irrepetible». En esa misma línea, señaló que este camino permite «eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido causar» y comprometerse a «hacerla florecer con toda su belleza hasta alcanzar la plenitud del amor, que es la única fuente de felicidad verdadera».

Al comentar el Evangelio del domingo —que presenta a Jesús guiado por el Espíritu hacia el desierto— León XIV puso el acento en la realidad de la prueba. Recordó que allí el Señor «siente el peso de su humanidad» tanto «el hambre a nivel físico» como «las tentaciones del diablo a nivel moral». Con esa mirada, advirtió que también en la vida diaria se libran combates interiores que no deben minimizarse.

En particular, el Pontífice alertó sobre el modo en que la tentación puede presentarse bajo apariencias seductoras y promesas de atajos: «Existe el riesgo de que nos desanimemos o de que nos dejemos seducir por caminos de satisfacción menos agotadores, como la riqueza, la fama y el poder». Y constató que esas propuestas, lejos de dar plenitud, son engaños que dejan el alma empobrecida: no son más que «pobres sucedáneos de la alegría para la que fuimos creados y que, al final, nos dejan inevitable y eternamente insatisfechos, inquietos y vacíos».

Con el fin de concretar la penitencia cuaresmal, León XIV recordó una enseñanza de san Pablo VI: «La penitencia, lejos de empobrecer nuestra humanidad, la enriquece, purificándola y fortaleciéndola en su camino hacia un horizonte ‘que tiene como término el amor y el abandono en el Señor’». En esa misma perspectiva, insistió en la necesidad de simplificar la vida diaria para abrir espacio al encuentro con Dios.

Citando a san Agustín, el Papa concluyó con un llamado a una vida cristiana que una humildad, caridad y obras concretas: «nuestra oración, hecha con humildad y caridad, acompañada del ayuno y las limosnas, de la templanza y del perdón; practicando el bien y no devolviendo mal por mal, alejándonos del mal y entregándonos a la virtud, llegará al Cielo y nos dará la paz».

Finalmente, León XIV confió a la Virgen María el camino cuaresmal del pueblo fiel, pidiendo su asistencia maternal en medio de las pruebas: «A la Virgen María, Madre que siempre asiste a sus hijos en la prueba, le confiamos nuestro camino cuaresmal».

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