Educar para el vínculo: la deuda pendiente frente a la violencia adolescente

Nelson Santillan

Los ambientes seguros no se improvisan: se construyen entre todos, desde las casas y las escuelas

Por Sofía Rodríguez Barnes para Clarin.com, 6 de abril de 2026 (*)

Un hecho extremo ha vuelto a poner en agenda una pregunta incómoda: ¿Cuánto estamos invirtiendo en educar para vínculos no violentos, en detectar señales de sufrimiento y en promover comunidades seguras para intervenir antes de que el daño sea irreversible?

La semana pasada amanecimos con una noticia que nos estremeció. Un adolescente de 15 años ingresó armado a su escuela y disparó contra sus compañeros. Un chico de 13 años murió.

No se trata sólo de un hecho policial, esto nos obliga a mirar lo que hay antes. ¿Qué estamos viendo y qué estamos dejando de ver en los adolescentes? ¿Cuánto estamos invirtiendo, como adultos e instituciones, en educar para vínculos no violentos, en detectar señales de sufrimiento y en promover comunidades seguras para intervenir antes de que el daño sea irreversible?

¿Cómo llegamos hasta acá? No hay respuestas simples. No hay culpables únicos. Este caso no emerge de la nada: interpela a la escuela, a las familias y al Estado.

Frente a hechos así, suele aparecer el debate sobre la imputabilidad en menores o búsqueda de culpables. Sin reducir su complejidad y el carácter multifactorial del hecho, desde la mirada educativa ponemos el foco en un aspecto esencial: ninguna sociedad previene la violencia sólo endureciendo respuestas posteriores.

La prevención, y sobre todo la promoción de vínculos sanos empieza mucho antes.

Ante este panorama, ¿qué podemos hacer para educar en vínculos sanos?

Visibilizar la violencia vivida en la adolescencia: Los casos extremos no deben hacernos perder de vista las formas más frecuentes y naturalizadas de violencia entre adolescentes. Según UNICEF, la mitad de los estudiantes entre 13 y 15 años refiere haber vivido situaciones de violencia entre pares.

Con un cerebro aún en desarrollo y altamente influenciable por el entorno, los adolescentes están expuestos a escenarios que muchas veces desbordan sus recursos para procesarlos: acceso temprano a la pornografía, ciberacoso, sexting, extorsión y una hiperconectividad en las redes sociales.

Como adultos, podemos poner especial foco en cómo se tratan entre ellos, qué pasa en los grupos de WhatsApp, preguntar si hay situaciones que los incomoden. No dar por supuesto que, si no lo cuentan, no pasa.

Identificar señales de alerta: La violencia no irrumpe de golpe, se gesta en lo cotidiano, muchas veces en silencio. En la adolescencia reconocerla se vuelve más difícil: por vulnerabilidad propia de la edad, por falta de habilidades socioemocionales o por idealizaciones en los vínculos. Pero también porque, como adultos, muchas veces normalizamos señales que deberían alertarnos del riesgo al que están expuestos.

En este sentido, cobra importancia que aprendamos a identificar señales de alerta en adolescentes: retraimiento, irritabilidad, evitación social, insomnio, cambios bruscos de conducta o nerviosismo al recibir mensajes. Porque la violencia no solo se gesta en la presencialidad; también en la soledad del mundo digital.

Estar presentes como adultos referentes: En mi experiencia acompañando adolescentes, confirmó lo que múltiples investigaciones afirman: actualmente la principal fuente de educación sexual y emocional de los adolescentes es internet. ¿Y dónde estamos los adultos?

No se trata de tener todas las respuestas. Se trata de estar. Estar incluso en ese lugar incómodo donde no sabemos qué decir, pero igual elegimos quedarnos. No minimizar con un “ya se te va a pasar” porque a veces no se les pasa. Lo que no se nombra, crece en silencio. Cuando nosotros lo ponemos en palabras primero, facilitamos que ellos también puedan hacerlo. Animarnos a preguntar, habilitar la palabra. Mirar a los ojos para estar presentes.

Si nosotros no hablamos con ellos, alguien más lo va a hacer y no siempre alguien que les haga bien. Hay foros, grupos de WhatsApp, influencers y algoritmos listos para llenar ese vacío.

Que lo ocurrido no pase de largo. Que nos impulse a hablar más, mirar mejor y estar más presentes.

Porque la violencia no empieza con un hecho extremo, sino cuando los adultos dejamos de ver y de acompañar. Los ambientes seguros no se improvisan: se construyen entre todos, desde las casas y las escuelas. No hay mejor forma de cuidar que estar presentes y disponibles para conversar.

(*) Sofía Rodríguez Barnes es psicóloga, Magíster en Salud integral de la Adolescencia. Docente universitaria y coordinadora de la Diplomatura en Educación Sexual Integral de la Universidad Austral. Miliciana de Fasta Buenos Aires

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