El padre Francisco, capellán del colegio Carlo Acutis de Bariloche, fue entrevistado por el sitio El Cordillerano. En la entrevista abordó temas de la Iglesia, la Eutanasia, el aborto y la fecundación In Vitro. La entrevista completa.
El término eutanasia alude a la intervención médica deliberada para poner fin a la vida de un paciente y así evitar el sufrimiento físico cuando no hay perspectivas de cura.
A partir de su aprobación en Uruguay, y de diversos proyectos que aguardan ser tratados en el Congreso argentino, el tema es protagonista de diversas discusiones.

Desde la religión católica, la opción es rechazada. “La vida humana vale en sí misma, más allá de las circunstancias, porque no hay grises en esto. Se defiende o empiezo a decir cuáles son las excepciones, y tengo que legislar sobre eso, con cierta ingenuidad, creyendo que no hay negocio de por medio, porque a la salud —pública y privada— le conviene que haya más camas libres”, dice el sacerdote Francisco Lazzaro, capellán de FASTA Bariloche.
El religioso, oriundo de San Juan, llegó a la ciudad en febrero, tras permanecer seis años en Mar del Plata (también ha estado en Tucumán, así como en España -puntualmente, en Valencia y Barcelona-).

En el marco de la temática de la eutanasia, Lazzaro recuerda que el domingo 23 de noviembre se celebró Cristo Rey, y la lectura del Evangelio fue sobre Jesús en la cruz, junto a dos ladrones a su lado. Uno, el Mal Ladrón, que no lo reconocía, instándolo a bajar de la cruz, salvarse y salvarlos también a ellos; el otro, el Buen Ladrón (Dimas), rebatiendo a aquel criminal, diciéndole que ellos habían actuado mal, pero que Jesús era inocente, para después dirigirse al propio Jesús y pedirle que, al llegar a su reino, se acordara de él, a lo que Cristo respondió que ese mismo día estaría allí, en el cielo. “Creo que es una linda imagen sobre el tema del sufrimiento de la eutanasia, porque, en la última etapa, a veces le pedimos a Jesús que nos quite el sufrimiento, porque no lo soportamos y queremos bajarnos de la cruz, pero es como salvar las papas en el momento. La verdadera petición es la del Buen Ladrón, pedir la vida eterna, el Reino de Dios”, sostiene el sacerdote.
“La vida es ser humilde o ser soberbio. Es decir, vivo con la humildad de aceptar la realidad, a las personas y a mí mismo, o con la soberbia de creer: ‘Yo domino todo’”, considera el religioso, para después afirmar: “No se puede ser un dios de la vida”.

—Cuando escucha el término “eutanasia”, ¿con qué otra palabra la relaciona? ¿Qué le viene a la mente?
—La primera palabra que me viene a la cabeza es muerte, porque la sociedad, ante el dolor, el sufrimiento y —precisamente— la muerte, no sabe cómo reaccionar; le tiene miedo a todo eso, o lo quiere apartar, o no descubre el verdadero sentido de lo que significa la vida. Después está el concepto real de lo que es la eutanasia, como en ley que tristemente se aprobó en Uruguay hace cuarenta días, donde se la vincula con una “buena muerte”. La muerte es una realidad. Buena o mala, se da. Puede verse de dos modos, desde la fe o fuera de ella. Desde la fe, la muerte es un paso a la vida eterna, la vida verdadera. Y, como paso a la vida verdadera, todo tiene sentido. Se trata, entonces, de cómo uno se pare frente a la vida.
—El problema radica, hasta para el creyente, en cómo se produce, en qué condiciones, la última etapa de la vida.
—Exacto, pero antes de cómo se da esa última situación, hay que hablar de cómo se da la vida, porque para hablar de muerte tengo que hablar de vida. Entonces, si yo digo que una persona tiene vida, ¿esa vida es dada o recibida? O sea, si la vida humana es sagrada por su misma dignidad, es porque se ha recibido. La vida de cualquier persona es un don recibido; nadie se da la vida a sí mismo, sería hasta ridículo pensarlo. La humanidad ha recibido una vida, y ahí cambia todo, porque yo no puedo usar y ser dueño de la vida del otro ni de la propia. Ese es el punto. Por ejemplo, en los argumentos que se dieron en Uruguay, así como en el resto de los lugares donde han aprobado la ley, como Países Bajos, Canadá y España, entienden que son dueños de la vida. Ahora, si uno descubre que la vida es dada, que uno no es dueño de hacer lo que quiera… Porque en el tránsito hay sufrimiento, claro, pero la vida no termina en ese sufrimiento, sino que es un paso hacia la vida eterna, y ahí aparece la fe. Hay momentos que, aunque sean duros, debemos transitarlos como un paso hacia la eternidad. Estamos en una sociedad donde cuesta mucho el sufrimiento y pasarla mal. Todo es inmediato, los jóvenes no quieren aceptar el sufrimiento, y si se les da una norma, dicen que no. Un matrimonio que tal vez va mal, en vez de pelearla para salir adelante, ahí nomás lo quiebran, porque no pueden sufrir uno con el otro. Estamos en una sociedad de lo fugaz. Es cierto que la muerte conlleva un sufrimiento, pero también hay que aceptar, y vuelvo al tema, lo que es la dignidad de la persona. La vida es un don recibido. Hemos llegado al punto de ser dioses de nosotros mismos, y eso me parece triste. Creo que la eutanasia se relaciona mucho con el concepto del aborto.
—¿Ve el mismo trasfondo conceptual en los casos de aborto y eutanasia?
—Sí. Aunque, con la mano en el corazón, debo decir que el aborto es mucho más grave, porque agredir al bebé es más cruel, ya que esa persona no puede defenderse. Pero el hecho es el mismo; la vida humana es sagrada porque es dada, desde el principio, desde la concepción, desde el momento cero, hasta el final, hasta que se muere naturalmente… Acá se abren muchos temas para tratar. Por ejemplo, me ha tocado recibir un llamado de alguien se estaba por suicidar. Fui a ayudar… ¿Por qué no dejamos que se suicide si lo ha decidido una persona adulta? Porque entendemos que está pasando por un momento difícil, en que hay que hacer todo lo posible para ayudarle. La persona de la que hablo, cuando fui a acompañarla, me dijo: “No sé por qué llegué a hacer eso”. Estaba pasando por un estado depresivo, que es una enfermedad; no era muy consciente de lo que hacía.
—Igualmente, en un caso así, si una persona lo llama, es porque existe el deseo de que alguien la salve…
—Sí, estaba ese deseo. En otros casos, no. Me ha tocado conocer situaciones de gente que se ha suicidado con pastillas o ahorcado por una infidelidad de la otra parte o por atravesar algún inconveniente económico muy grave, y ahí ni siquiera existía ese deseo… Había una situación muy dura para esas personas, donde se las podría haber acompañado… Nos tenemos que ayudar, ese es el tema. Y en el contexto de la enfermedad, se habla de eutanasia. Ahí es cuando tenemos que aparecer nosotros, que no somos dueños de la vida del otro ni de la propia, sino, que estamos desde la humildad, criaturas que recibimos la vida y nos tenemos que ayudar. Es decir, ante la enfermedad, ante estas situaciones duras y difíciles, incluso terminales, nadie es dueño de culminar con la vida del otro ni con la propia, jamás. Porque no soy Dios. En el aborto, también se juega a ser Dios, diciendo: “Este no tiene que nacer”. Se trata de un retroceso de la humanidad.
—Si a una persona le dicen que tiene una enfermedad terminal, y no quiere vivir ese trayecto, sea corto o largo, porque le comunican que será doloroso, que sufrirá, ¿qué le diría —más allá de la promesa de la vida eterna— para que no decidiera acelerar la muerte? ¿Por qué no debería tomar esa determinación?
—Al sacar la vida eterna, es mucho más difícil, obviamente, debido a que deja de existir esa esperanza… Pero le podría decir que me dé la posibilidad, si es alguien a quien conozco, de poder amarlo y cuidarlo hasta el último momento, y no sacármelo de encima; que me dé la oportunidad de vivir en paz y poder decir: “Hice todo por amor contigo hasta el final”. En la enfermedad o en el dolor, muchas personas, si es que no tienen una vida de fe, pueden llegar a solicitar la eutanasia, pero no pueden decirme a mí que me convierta en verdugo. Jamás.
—¿Lo de convertirse en verdugo apunta al médico? O sea, ¿si un médico es creyente no tendría que aceptar concretar una eutanasia?
—Si un médico es creyente no debería aceptar, por su propia vida. No se le puede imponer que sea verdugo. Además, fuera de la religión, desde la misma humanidad, un médico tiene el juramento hipocrático, defender y cuidar siempre la vida. Por eso no puede hacer un aborto y no debería hacer una eutanasia. El médico es el que cuida la vida, no el que atenta contra ella.
—¿Qué pasa cuando se desconecta a una persona de una máquina que la está manteniendo?
—La Iglesia es profundamente humana. No hay nadie que ame tanto a la persona como la Iglesia. Sería desproporcionado para una persona, para la familia y para todos, incluso por los costos, mantenerla con una máquina. Está bien que la desconecten. Hablamos de casos con medios desproporcionados, donde ya hay un enseñamiento terapéutico, fuera del orden natural. Es más, si alguien está enfermo y sufre, la Iglesia ve bien que se le den todos los calmantes, morfina o lo que sea, para que no sufra. Eso es una cosa; distinto es que yo activamente haga una acción para meter un veneno o no darle alimento a alguien para que muera. Ahí es cuando el hombre se está transformando en el asesino, en el verdugo de otro hombre.
—¿Qué dice la Iglesia sobre la fecundación in vitro? ¿Se opone con los mismos argumentos que presenta frente al aborto y la eutanasia?
—En la fecundación in vitro, la manipulación está fuera del orden que ya está dado, entonces la persona nuevamente busca ser Dios, quiere diseñarlo todo. Si médicamente se puede ayudar al hombre y la mujer para que naturalmente puedan concebir, perfecto, pero los modos artificiales ya no son algo ético ni moral.






