Tras una grave malformación en la columna que lo dejó dos años postrado. Diario Uno entrevista a Juan Pablo Martín, seminarista de Fasta, que peregrinó 31 días de Luján a Brochero.
Juan Pablo Martín tenía 12 años cuando su vida cambió de golpe. Hasta ese momento, su mundo giraba en torno a dos sueños que parecían convivir sin conflicto: jugar al fútbol y, quizás algún día, ser sacerdote. Estaba por empezar a entrenar en Godoy Cruz, incluso había cambiado de turno en la escuela para poder dedicarse de lleno. Pero un diagnóstico inesperado alteró todo.
“Me encontraron una malformación genética en la columna. Era algo muy grave. Me dijeron que tenía que operarme urgente, que incluso podía quedar en silla de ruedas”, recuerda hoy, a los 22 años.
El miedo no era una idea abstracta. Era concreto, inmediato. La recomendación fue tajante: viajar a Buenos Aires y operarse cuanto antes. “Me acuerdo que fui a ver al doctor Abel Albino y me dijo ‘tenés que ir ya, porque esto no es algo que se pueda dejar pasar’. A partir de ahí empezó todo”.
La primera cirugía salió bien. Había alivio, expectativas, ganas de volver a una vida normal. Pero el proceso dio un giro inesperado cuando, en plena recuperación, una de las placas de titanio colocadas en la columna se rompió.
“Fue por hacer un movimiento brusco, sin querer. Y ahí tuve que volver a operarme. Ese fue el golpe más duro”, cuenta.
Dos años postrado y la recuperación que hoy agradece: «Caminar es un don»
Lo que vino después fue un tiempo suspendido. Dos años postrado, sin poder ir al colegio, con escolaridad en casa y un aprendizaje que iba mucho más allá de los contenidos.
“Tuve que aprender a caminar de nuevo. No me podía levantar del piso, no me podía mantener en pie. Fue un proceso larguísimo. En total, la recuperación llevó entre cinco y seis años. Volver a lo básico, a lo que uno da por hecho”, reflexiona.
En ese período, hubo algo que lo atravesó de manera particular: la imposibilidad de correr.
“Eso me dolía mucho. A mí me encanta correr. Y no poder hacerlo me hizo pensar muchísimo. Porque uno da por sentado que puede moverse, que puede caminar, que puede salir. Pero cuando no podés, entendés realmente lo que significa”, continúa.
Esa experiencia dejó una marca profunda, que hoy se traduce en una certeza simple pero contundente: “Caminar es un don que no todos valoramos”.
El acompañamiento fue clave. Su familia, sus amigos, los docentes que iban a su casa, los médicos. Todo eso estuvo. Pero cuando mira hacia atrás, Juan Pablo identifica algo más.
“Ese día hicimos el último tramo y se sumaron más de 100 personas a caminar con nosotros. Familias, gente que habíamos conocido en el camino. Fue muy emocionante”.
En Villa Cura Brochero los esperaba el pueblo, las sierras, la historia. Y también una escena que difícilmente pueda olvidar.
“Cuando llegamos, estaba la banda del Regimiento tocando el Himno. Estaba todo el pueblo. Y nosotros con la Virgen peregrina y la reliquia del Cura Brochero. Fue imposible no emocionarse”.
En ese instante, todo se unió.
«Se me vinieron a la cabeza mis años postrado y toda mi historia», dijo Juan Pablo
“Se me vinieron a la cabeza mis años postrado. Los médicos, mi familia, mis amigos. Todo el esfuerzo para volver a caminar. Y al mismo tiempo, cada rostro del camino, cada historia, cada encuentro”.
“Solo pude agradecer. A Dios, a la Virgen, a Brochero. Por haberme acompañado siempre”, reflexiona con emoción.
La peregrinación terminó, pero algo quedó abierto.
“Esto no fue solo un recorrido geográfico. Fue un camino interior. Un encuentro con mi historia, con la fe, con la cultura de nuestro pueblo. Y siento que no termina en nosotros, que todo lo que vivimos tiene que seguir dando fruto”.
Juan Pablo lo dice sin grandilocuencias. Con la calma de quien atravesó algo que lo transformó.
Tal vez por eso, cuando vuelve a esa palabra que lo acompaña desde chico, no necesita explicarla demasiado.
Caminar, para él, ya no es solo avanzar. Según reitera, es solo agradecer.







Hermoso testimonio. Gracias ☺️