Por Pablo Gaete, Mendoza, Mayo de 2026
Si le preguntamos a cualquier persona ¿quiénes son las personas más importantes de tu vida? La respuesta más probable sería mi esposo/a, mis hijos, mis padres o mis hermanos. En mi caso, mi respuesta sería esa. Las personas más importantes de mi vida son mi esposa, mis hijos, mi madre y mis hermanos…
¿Vos te lo has preguntado?
Y si tu respuesta es la misma que la mía. Te invito a que leas estos breves párrafos donde te explico ¿por qué hay que festejar a la familia?
Estoy convencido que las personas importantes de nuestra vida deben ser festejadas. Justamente el 15 de mayo se celebra el día Internacional de la familia. Nunca me olvido de la efeméride porque coincide con el cumpleaños de mi mamá. Este año, me pareció una buena oportunidad para expresar algunas ideas vinculadas con la vida familiar que me andan rondando la cabeza y el corazón. En primer lugar, quiero aclarar que el día internacional de la familia no se trata solo de una fecha conmemorativa, sino de un recordatorio. En medio de una cultura marcada por el individualismo y la fragmentación, la familia sigue siendo un bien esencial para la persona y la sociedad. Allí donde el mundo promueve vínculos débiles y provisorios, esta fiesta invita a valorar la permanencia, la entrega y la pertenencia. En este sentido, el 15 de mayo funciona como una suerte de contrapunto cultural. Frente a la lógica de la sociedad “líquida” descrita por Zygmunt Bauman, la familia aparece como un espacio de solidez. Celebrarla es afirmar que no todo es transitorio, que existen vínculos que no dependen únicamente del deseo cambiante, sino de un compromiso que se sostiene en el tiempo. Es reconocer que la verdadera libertad no se opone al vínculo, sino que se realiza en él. La familia es una escuela de humanidad. No es solo un ámbito privado, sino el primer lugar donde aprendimos a convivir, a respetar y a amar. En una cultura que muchas veces reduce la vida a la autorrealización individual, el día de la familia recuerda que la plenitud humana incluye necesariamente al otro (Cfr. Aristóteles, Política, Libro I, 1253a y Cicerón, De República, 1, 25).
La vida familiar enseña que el amor verdadero implica responsabilidad, paciencia y fidelidad, virtudes que ninguna sociedad puede darse el lujo de perder. Este festejo no debería limitarse a una celebración simbólica, sino convertirse en una invitación concreta a cuidar y fortalecer los vínculos familiares. En tiempos de incertidumbre, la familia sigue siendo un lugar de refugio y de crecimiento, un espacio donde la persona puede arraigarse y proyectarse. Celebrarla es, en definitiva, apostar por una cultura más humana, donde el amor no sea efímero, sino capaz de sostener la vida en todas sus dimensiones. En la cultura contemporánea se ha instalado una forma de mirar al hombre que privilegia la autonomía individual por encima de todo vínculo. La llamada posmodernidad, descrita por Zygmunt Bauman como una “modernidad líquida”, ha debilitado las estructuras estables. Lo permanente se vuelve sospechoso, los compromisos se perciben como cargas y la identidad aparece como algo siempre revisable. En este contexto, la familia resulta muchas veces incomprendida o relativizada. Sin embargo, lejos de ser una construcción cultural prescindible, la familia responde a una exigencia profunda de la naturaleza humana. El hombre no es un individuo aislado que luego decide vincularse. El hombre es, desde su origen, un ser recibido. Nadie se da la vida a sí mismo. Nacemos en una relación, crecemos en vínculos, aprendemos a hablar, a amar y a pensar en un ámbito familiar. Negar esta realidad en nombre de la autonomía absoluta conduce a una visión empobrecida del ser humano.
El individualismo contemporáneo propone una libertad entendida como autodefinición sin límites. Cada persona sería autora de sí misma, desligada de toda referencia previa. Pero esta idea, en apariencia liberadora, termina generando fragilidad. Cuando todo depende de la propia elección, sin anclaje en algo objetivo, la identidad se vuelve inestable y la vida se fragmenta. La libertad sin verdad se transforma en incertidumbre. La familia, en cambio, introduce una lógica distinta. La primacía del don y la pertenencia. En ella, el amor no se funda en la utilidad ni en la satisfacción inmediata, sino en el reconocimiento del otro como valioso en sí mismo. El vínculo familiar no es reversible a voluntad sin consecuencias. Amar verdaderamente implica una promesa, una permanencia y una historia compartida. Allí el hombre aprende que no todo depende de su deseo y que el otro no es un objeto, sino alguien con quien se construye.
La familia es el ámbito natural donde la persona se perfecciona. No solo satisface necesidades biológicas o afectivas, sino que forma en virtudes como la paciencia, la responsabilidad, la generosidad y la eutrapelia. En la vida familiar, el amor deja de ser un sentimiento pasajero para convertirse en un hábito estable de entrega. Aunque, a veces, sintamos el peso del esfuerzo sabemos que nunca nos “podremos ir” de nuestra familia sin habernos traicionado a nosotros mismos. La posmodernidad, al privilegiar lo inmediato, tiende a desconfiar de estos procesos largos. Prefiere vínculos flexibles, reversibles, “a medida”. Pero esta flexibilidad, llevada al extremo, impide la profundidad. Sin permanencia no hay historia, y sin historia no hay identidad sólida. La familia, precisamente, es el lugar donde el tiempo adquiere espesor (cfr. Byung Chul Han, el aroma del tiempo), donde se transmiten tradiciones, donde se guarda la memoria y donde el pasado ilumina el presente. Además, la familia cumple una función insustituible en la humanización de la sociedad. No es solo un asunto privado. En ella se aprende a convivir, a respetar y a compartir. Una sociedad que debilita la familia termina delegando en estructuras impersonales aquello que solo el vínculo personal puede ofrecer. El resultado suele ser una mayor soledad, a pesar de la hiperconectividad. El contraste se hace evidente en la experiencia cotidiana. El individualismo promete libertad sin límites, pero muchas veces produce aislamiento. La familia, en cambio, implica límites (horarios, responsabilidades, renuncias) pero esos límites hacen posible un bien mayor: la comunión. No se trata de una oposición entre libertad y vínculo, sino de comprender que la libertad se realiza plenamente en el amor comprometido.
Esto no significa idealizar la vida familiar ni ignorar sus dificultades. Las familias atraviesan conflictos, crisis y heridas. Pero precisamente en esas tensiones se revela su valor. Son espacios donde es posible aprender a perdonar, a recomenzar y a sostenerse mutuamente. En una cultura que tiende a descartar lo que no funciona, la familia enseña a permanecer. Festejemos a la familia, festejemos con nuestra familia, permanezcamos en familia.
General Alvear, 10 de mayo de 2026.






