«Animalitos de Dios» por Juan Carlos Bilyk

Nelson Santillan

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En esta encantadora época que estamos viviendo, llena de derechos para todos los gustos, nos gustaría compartir brevemente con nuestros lectores cómo poder involucrar dos virtudes cristianas, la justicia y la caridad, con el mundo animal en general, y con las mascotas en particular (1).

Es doctrina acorde a la justicia que no puede haber “derechos” sin “deberes” (u “obligaciones”), que comprometan a las personas en el recto uso de su libertad. Por esa misma razón no es certero pedir por los derechos de los animales, de los árboles, etc., porque si bien los seres animados e irracionales deben ser respetados, no es por cuanto posean derechos, sino porque son parte de nuestra realidad, y porque nosotros somos los “administradores y responsables” por la Creación que nos dio Dios gratuitamente (cfr. Gn 1, 27-29). 

Por ello la Iglesia nos invita a proteger a “la casa común” desde la práctica de una ecología integral, que contemple a la persona humana como “imagen de Dios”, con una dignidad superior al resto de las cosas creadas. Propiamente hablando, las creaturas irracionales no tienen “derechos”, del mismo modo que no tienen “obligaciones”, pues no son personas (y por lo tanto no son “imagen de Dios”). Y por eso mismo, aunque a algunos les caiga antipático, no hay cielo de perritos, gatitos, buitres o hipopótamos. Más bien somos nosotros quienes, así como tenemos derechos sobre ellos (lo cual no incluye de ninguna manera hacerlos sufrir, causarles daños por diversión, etc.), también tenemos responsabilidades. En el relato bíblico de la creación del mundo, Dios dice al hombre que someta la creación y domine sobre todos los animales, pero no que vaya y rompa todo (cfr. Gn 1,28). Por ello los animales deben ser respetados, porque son creaturas que integran el orden natural. Tratar con responsabilidad a cada ser, por lo que realmente es en esencia, contribuye al orden y a la belleza de todo cuanto existe. De lo contrario, se obra en contra del orden natural, y eso es injusticia. 

En cuanto a la caridad en relación con los animales, en razón de los excesos de todo tipo que se prodigan sobre ellos —cariño y cuidados, pero como si fueran personas; o abusos y maltratos, como si fueran objetos inanimados inútiles—, dejaremos la palabra al Magisterio que, en pocas líneas, pone las cosas en su justo lugar: “Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (Cf. Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (Cf. Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri. Dios confió los animales a la administración del que fue creado por Él a su imagen (Cf. Gn 2, 19-20; 9, 1-4). Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales, si se mantienen en límites razonables, son prácticas moralmente aceptables, pues contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas. Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos” (2).

Para concluir, no olvidemos cuánto cariño tenía nuestro Padre Fundador a Chango, el enorme pastor alemán que lo seguía a todas partes y que, pocos días después de la Pascua del cura, murió también él, como diciendo “tarea cumplida”. 

 

  1. Extraído y adaptado de “Nuestra vida en Cristo”, de María Laura Chabay y Juan Carlos Bilyk, MDA, 2017.
  2. CATIC 2416-2418

Imagen de apertura: El principal doliente del viejo pastor (de Edwin Landseer, 1967)

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