(por Juan Ignacio Fernández Ruiz)
Gracias a Dios conservamos un sermón que santo Tomás predicó hacia el final de su vida en la Solemnidad de Pentecostés. El título de este sermón, Emitte Spiritum, se toma de las primeras dos palabras latinas del conocido Sal 104 (103),30: “Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra”. Santo Tomás divide el pasaje en cuatro partes: 1. “Tu Espíritu”: la misma Persona enviada; 2. “Envía”: la misión o donación del Espíritu Santo por parte del Padre y del Hijo; 3. “Y serán creados y renovarás”: el efecto que produce el Enviado; 4. “La faz de la tierra”: lo que recibe este efecto. Entonces:
Primero, lo propio de esta Persona divina que se nos envía, es ser “Espíritu” porque “espíritu” implica cuatro cosas que son propias de esta Persona: 1. Algo sutil: el Espíritu Santo hace que nos elevemos por amor a las alturas de Dios (alejándonos de la pesadez del amor desordenado por lo mundano). 2. Impulso o movimiento: todas las cosas del universo son movidas y gobernadas por el Espíritu Santo. 3. Origen oculto: todas las cosas tienen un origen oculto, que es Dios, que hace existir a todas las cosas por amor, y este Amor es el Espíritu Santo. 4. Vida: el Espíritu Santo es Vida que da vida, Aquel por el que tenemos vida espiritual y somos santificados.
Y se pregunta santo Tomás: “¿cómo nos santifica?”. Su respuesta es que Él nos hace parecidos a Él, nos hace hombres y mujeres espirituales, como dice San Pablo (cf. 1 Cor 2,15). Es como el fuego, que hace que la madera que lo toca se vuelva como él y pueda ser fuego para otros. Así, el Espíritu Santo nos vuelve: 1. Sutiles (despreciando sanamente lo temporal). 2. Vivos: “la vida espiritual es vida por el Espíritu Santo”, dice santo Tomás. 3. Móviles de Dios: por los 7 dones somos dóciles a sus mociones. 4. Hacia nuestro origen oculto: nos conduce de nuevo hacia Dios, nuestro principio y fin, para estar unidos a Él.
Segundo, el Espíritu Santo es enviado o donado: 1. Sin necesidad de su parte, sino para nuestro beneficio, para que gocemos de Él y usemos sus frutos para bien de la Iglesia (¡Las personas son las únicas capaces de recibir el Don de Dios mismo!). El bien del hombre es este: “que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3), y el Espíritu Santo “examina todo a fondo, incluso las profundidades de Dios” (1 Cor 2, 10) y es enviado para hacernos conocer al Padre y al Hijo. 2. Sin cambiar de lugar, sino haciéndonos cambiar a nosotros, atrayéndonos hacia Él. 3. No como el esclavo que es enviado por su amo, sino libremente (“el Espíritu sopla donde quiere” Jn 3, 8), porque Él nos hace libres (“donde está el Espíritu del Señor, hay libertad” 2 Cor 3, 17). 4. Sin separarse del Padre y del Hijo, antes bien Él es Aquel por el que somos uno por el amor.
Tercero, el Espíritu produce un doble efecto.
- El de la creación: no solo nos produce en el ser de la naturaleza, sino que también nos recrea en el nuevo ser de la gracia. En el Espíritu hemos nacido de nuevo como hijos de Dios (cf. Jn 3,3.5; y en Gal 4,6 leemos: “Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba, Padre!»”), somos “creaturas nuevas” (2 Cor 5, 17). Si los judíos celebraban en Pentecostés que el Señor había dado la Ley a Moisés, nosotros celebramos que nos ha sido dada la gracia en Cristo, nuestra Nueva Ley.
Santo Tomás dice que esta recreación en la gracia consiste en cuatro cosas: 1. Caridad: así como lo primero que alguien obtiene cuando es creado es la vida, cuando alguien es recreado obtiene la vida sobrenatural, y esta vida es mediante la caridad: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos y hermanas” (1 Jn 3,14); “si no tengo amor, no soy nada” (1 Cor 13,2); y “la caridad de Dios se derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos es dado” (Rom 5,5). 2. Sabiduría: el que más ama a su amigo conoce mejor su corazón; así también, el Espíritu Santo hace que, por el amor familiar que nos da de Dios, tengamos una experiencia intelectual de Dios, percibamos quién es y qué quiere para nosotros. “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre os enseñará todo” (Jn 14,26). 3. Paz: “la sabiduría que viene de lo alto es… pacífica” (St 3,17); el Señor que nos da la paz nos entrega su Espíritu, que es Espíritu de paz, unidad y concordia. 4. Constancia y firmeza: el Espíritu nos hace perseverar hasta el final.
- El de la renovación, que consiste en cuatro cosas: 1. Purificación: el pecado es cierta vejez e inmundicia; la gracia nos lava y renueva. Esto viene del Espíritu Santo: “nos ha salvado… por el baño de la regeneración y de la renovación mediante el Espíritu Santo” (Tit 3,5). Por eso los Bautismos se suelen celebrar o en Pascua o en Pentecostés. 2. Progreso: el Espíritu renueva nuestras fuerzas en el camino. 3. Iluminación: “Os habéis despojado del hombre viejo… y os habéis revestido del nuevo, el que se renueva en el conocimiento (de Dios) según la imagen del que lo creó” (Col 3, 9-10). 4. Consumación: La renovación definitiva en la gloria, que conseguimos por el Espíritu Santo.
Cuarto, la “faz de la tierra” es el rostro de nuestra mente. Para que lo más profundo de nuestra alma reciba estos efectos de recreación y renovación del Espíritu Santo, enseña el Aquinate que debe ser: 1. Pura: “cuando ayunes… lava tu rostro” (Mt 6,17); debemos pedirle al Espíritu que cree en nosotros un corazón puro (Sal 51,12). 2. Descubierta: no cubierta con las tinieblas de la ignorancia y el afecto desordenado por las cosas terrenas: “nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor” (2 Cor 3,18). 3. Dirigida hacia Dios y el prójimo por la recta intención y el amor: “ahora vuelvo mi rostro hacia Ti” (Tob 3, 12); “no apartes tu rostro de tu prójimo porque así tampoco el rostro del Señor se apartará de ti” (Tob 4,7). “Por eso los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo mientras estaban juntos”, dice santo Tomás. 4. Estable y firme: Los Apóstoles recibieron el Espíritu permaneciendo fieles a la promesa de Jesús y no huyendo.
Le pedimos al Señor que vuelva el rostro de nuestra mente puro, descubierto, dirigido hacia Él y nuestro prójimo, y perseverante, para que nos done el Espíritu Santo de su Hijo y nos recree en la nueva vida de la gracia, la caridad, la sabiduría, la paz y la constancia, y nos renueve, purificándonos, haciéndonos progresar, iluminándonos con su sabiduría y llevándonos hacia la consumación de la gloria eterna.
¡Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra!





