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«Adversidades Humanas…» es un artículo escrito por el Padre Fundador para la primera época de la Revista Stylo. Nótese no solo la habitual vigencia del contenido, sino además cómo, por aquel entonces, Fr. Aníbal escribía bajo el nombre religioso que había elegido para sí.
De Bernardo Fosbery para Stylo 23-08-1969
«Hoy estoy profundamente triste. Estoy triste por mi generación que se encuentra vacía de toda substancia humana (…) Siglo de la publicidad (…) de regímenes totalitarios, de ejércitos sin clarines ni banderas ni misas por los muertos. Odio mi época con todas mis fuerzas. El hombre muere en ella de sed. ¡Ah! mi General, no hay más que un problema, uno solo en el mundo, uno solo en el mundo: devolver a los hombres una significación espiritual. Hacer llover sobre ellos algo que se parezca a un canto gregoriano».
Estamos en 1940 en medio del fragor de las batallas. Antoine de Saint-Exupéry tiene 43 años y envía esta carta a un general amigo (1). Tremenda confesión de un hombre que con «seis mil quinientas horas de vuelo bajo todos los cielos del mundo» capta, con su riquísima sensibilidad de poeta, el drama del hombre de hoy. Han pasado 30 años (2). ¿Estamos mejor? ¿Estamos peor? ¿Hay alguna esperanza?
En principio podemos decir que hace apenas unos pocos días hemos llegado a la luna. Pero también que hemos esclavizado un poco más a Checoslovaquia. Hemos aplaudido a Amstrong, Aldrin y Collins. Pero no hemos podido hacer nada en Praga (3).
¿Y entonces qué?
Aumentan los falsos ídolos. Estamos creando una sociedad de tensiones y el hombre en el medio, sufriendo el refinado martirio de Tupac-Amaru. Podríamos hablar de una verdadera desintegración.
Desde el momento que «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14), la naturaleza humana, desintegrada por el pecado volvió a recrearse en la gracia de Dios. Alcanzó su punto culminante de perfección y tuvo un nombre: Cristo.
Como los ángeles en el cielo, la humanidad recibió gozosa la llegada de su Salvador. Por fin los falsos ídolos eran reemplazados por el Dios verdadero a quien se adora en Espíritu y en verdad.
Después, el drama de la libertad: aceptación o rechazo de una buena nueva demasiado silenciosa para que creamos en ella.
«Mi reino no es de este mundo», dijo el Señor (Jn 18,36). ¿Y entonces para qué sirve? ¡A construir un reino aquí en la tierra donde nos toca vivir! Comienza el proceso de la desacralización.
Se dan las bases sobre las que se construirá el mundo que nos hará feliz: Ciencia-Técnica-Progreso-Evolución. No cabe otra verdad fuera del ámbito físico-matemático. No cabe otra praxis fuera de la tecnificación. No cabe otra esperanza que no sea la de la continua evolución que se llama progreso. En una palabra: PODER. Poder para dominar la naturaleza. Poder para construir un mundo tecnificado donde todo está previsto, hasta el pie con el que el hombre pisará la luna. Quizá ese paisaje selénico duro, solitario, polvoriento, desierto sea símbolo del «lugar» que el hombre está buscando a su existencia ajena de espíritu, ¿No sería mejor destruir todas las computadoras y volver a vivir soportando pacientemente los ritmos normales de la naturaleza y su tiempo?
Demasiada prospectiva para un presente vacío de humanidad. Y lo difícil del momento no nos exime de buscar soluciones. Nuestra vocación miliciana nos obliga a vivir comprometiendo en nuestra existencia todas las fuerzas del espíritu. No somos revolucionarios, ni violentos, ni iracundos. Creemos en la fuerza de la Verdad, de la Justicia y del Bien, porque creemos en Aquel que dijo: «No temáis, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
«Los gozos y las esperanzas, tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuántos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (…) La Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia» (4).
Esta solidaridad con la historia que nos toca vivir ha de ser el fundamento primero de nuestra actitud. Una solidaridad nacida del amor. Pablo VI, en un discurso pronunciado el 7 de diciembre de 1965, con motivo de la promulgación de la Constitución Apostólica Gaudium et Spes decía: «El humanismo laico y profano ha aparecido en toda su terrible estatura y, en un cierto sentido, ha desafiado al concilio. La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión –porque tal es– del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo».
Simpatía, es decir, una suerte de relación afectiva, por aproximación, por contacto. Encarnados en el tiempo no podemos ser «profetas de calamidades» al decir de Juan XXIII, sino esperanzados anunciadores de la Buena Nueva del Señor: «En el presente orden de las cosas, en el cual parece apreciarse un nuevo orden de relaciones humanas, es preciso reconocer los arcanos designios de la providencia divina, que, a través de los acontecimientos y de las mismas obras de los hombres, muchas veces sin que ellos lo esperen, se llevan a término, haciendo que todo, incluso las adversidades humanas, redunden en bien para la Iglesia» (5).
En el estado actual de los acontecimientos humanos, en el que la humanidad parece entrar en un nuevo orden de cosas, hay que reconocer más bien los misteriosos planes de la divina Providencia, que se realizan sucesivamente mediante la obra de los hombres y, con frecuencia, más allá de sus expectativas, disponiendo sabiamente todo, incluso las adversidades humanas, para el bien de la Iglesia.
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- «Carta al General X» (Lettre au général X), redactada en julio de 1943. El destinatario de la misiva era el general francés René de Chamard.
- Y en nuestro caso, debemos sumarle casi 30 años más. Y aún así sigue vigente su contenido.
- Sucesos históricos cruciales de aquel año en que fue escrito este texto.
- Gaudium et Spes, 1
- Discurso en la apertura solemne del Concilio Vaticano II, 4 (11 de octubre de 1962).






