Magisterio del Fundador: «La presencia política y social de Fasta»

Nelson Santillan

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Este mensaje del Padre Fundador sorprende, no tanto por su contenido —que no deja de ser iluminador—, sino por la fecha en que fue dado…

Apertura del Curso de Dirigentes de Fasta, 1974

Queridos amigos:

En este momento debemos hacer algunas reflexiones que no tienen otra intención que la de hacer un aporte específico a la tarea en la que estamos empeñados.

Fasta, tanto por razón del fin que se propone (formación integral del hombre como portador de valores eternos), como de los medios y objetos de que se vale (comunidad de personas, actividades recreativas, culturales, deportivas; formación religiosa etc.), no puede afirmarse, ni en su existencia ni en su desarrollo, con una autonomía que la separe del cuerpo social. Ella nace y crece en una comunidad política y de allí el esfuerzo legítimo por definir, por un lado, los límites de esa autonomía y, por otro, determinar las pautas de su interacción en la comunidad. De ahí que respetando este sentido se pueda definir a Fasta como “Una escuela de jóvenes y adultos que quieren ser y servir a la Nación”.

El primer punto de referencia que percibimos para descubrir la integración del cuerpo social, es el servicio del bien común. Y su fin particular es la búsqueda y transmisión de la verdad.

Hay un interés nacional que salvar, y este debe ser explicitado. La tarea positiva que hay que desarrollar para ponerse en camino de descubrimiento, compromete a toda la comunidad. Tenemos que participar en la reconstrucción nacional. Esta reconstrucción implica darle a Fasta su verdadera “autonomía”. Fasta debe ser libre tanto frente a los grupos como frente a los individuos para que se constituya en una institución, que al mismo tiempo puede abarcar al niño, al joven y al hombre en su dimensión individual y social. Trascendente misión ésta que reclama, por un lado, la capacidad creacional que siempre nace de las fuerzas auténticas del espíritu y, por otro lado, la renuncia a toda ligereza, despreocupación, arbitrariedad o capricho.

Fasta debe enriquecerse y estar al servicio del país concreto y real. Debe abrirse a todas las situaciones y circunstancias. Debe traspasar su “torre de marfil”, puesto que la comunidad necesita de sus respuestas a los problemas fundamentales del joven y del adulto. Y Fasta se las puede dar con su Organización Juvenil y sus Comunidades de Base.

La sociedad tiene la tendencia a considerar a las organizaciones juveniles e incluso de mayores, como clubes totalmente aislados de la vida social. 

Quede bien claro que la integridad de Fasta en la comunidad política debe fundamentarse en ese hondo sentido de respeto a la autonomía propia de Fasta, que pone al servicio del bien común del país, sin más limitaciones que las que resultan de la naturaleza de las cosas y de la finalidad trascendente de transmitir sus creencias. Todo intento de esclavizar a Fasta a un partido político será repugnante. El hombre es libre, conduce y construye la historia. En todo caso no el historicismo sino la historicidad enmarca la acción de Fasta en el tiempo. Y esto debe darse no solo a nivel individual sino también en el ámbito social, allí donde parecieran tocarse los extremos de la dialéctica: liberación y dependencia. No sea cosa que por una legítima búsqueda de liberación de “afuera”, quedemos esclavos de los de adentro.

Esto es lo importante: que Fasta esté integrada dentro del proceso histórico que vive la República, no es misión sino de la misma Fasta. Pero muchas veces pareciera olvidarse que si bien Fasta debe cumplir un deber nacional, existe recíprocamente un deber nacional para con ella. Este deber nacional no se limita únicamente a darle asistencia financiera: se trata de promoverla, afianzarla, integrarla al quehacer nacional, teniendo en cuenta que Fasta exige cuidados esmerados. Se hace imprescindible darle el máximo de estabilidad sin perjudicar el crecimiento de su espontaneidad. Deberes de flexibilidad y complejidad que deben ser reglamentados, respetados, protegidos, para salvar las manifestaciones multiformes y diversas con los que se alcanza, no ciertamente una estéril uniformidad, sino una rica y fecunda unidad en la diversidad. Desde este punto de vista Fasta no puede ser “apolítica”. Pero tampoco puede “politizarse”. Es precisamente en esta perspectiva donde el delicado engranaje de engarce de Fasta en el medio puede romperse fácilmente en manos de temperamentales, emotivos o mal intencionados.

Se trata, en definitiva, de encontrar en Fasta, en ella misma, su armonía interior, su principio de cohesión entre los diferentes niveles sin esperarlo de nadie: “providente”.

La espiritualidad que confiere la militancia católica no puede confundirse con la que pudiera conferir la política. Es de otro orden. Fasta debe tener la personalidad que proviene de su propia competencia y se ejercita en sus propias vivencias. La integración se logra con la fuerte convicción de estar sirviendo a un destino común por las vías del respeto, la comprensión y el diálogo. Crear los canales adecuados para esta comprensión y este diálogo, tanto en el dominio de la vida interna de Fasta como en el de su integración con la comunidad, es otra de las tareas a la que debemos abocarnos.

Los hombres de Fasta como tal, deben tomar conciencia de la dimensión inmensa de su misión, y la necesidad imperiosa del fortalecimiento interior individual y colectivo, para después, concomitantemente, poder actuar. Y esta acción, como hemos podido observar, va más allá de las simples fronteras de nuestra propia institución e incluso del país.

A mi juicio hay tres áreas del problema a abarcar:

1º) El crecimiento de las necesidades formativas en extensión, y la necesidad de profundidad personal de los dirigentes en el mismo campo.

2º) La constante modificación de posibilidades educativas y la necesidad espiritual como base firme para que nosotros nos sintamos seguros y transmitirla a los demás.

3º) La necesidad de vivir cada día en relación más estrecha con los demás, de acuerdo con unas bases comunes de trabajo y convivencia, de adaptarse al carácter multitudinario y técnico de la sociedad actual y a la insoslayable exigencia de libertad que fluye inevitablemente de la condición de persona que el hombre tiene.

Lo legítimo de esta aspiración no nos exime de señalar que nuestra Fraternidad es, de hecho y de derecho, lo menos elitista que pueda pretenderse. No existen trabas de ninguna especie para poder llegar hasta ella. Año a año crece el número de los que se incorporan a los Rucas. Pero ¿se ha salvado el problema por eso? ¿Se trata tanto de incorporar al joven a Fasta o de preparar a los jóvenes para esa vocación? Las nivelaciones positivas son siempre las que se hacen para arriba y no para abajo. En este punto cabe una mayor integración entre los diferentes niveles.

Pero además no sólo crece el número de milicianos, crecen los conocimientos, la religiosidad y, crece el tiempo necesario para formarse. ¿Puede esto solucionarse únicamente desde una perspectiva cuantitativa? Más milicianos, más tiempo, más Rucas… ¿Qué decir de la necesidad cada vez más acuciante frente al número, de incentivar una formación más personalizada?

El cambio vertiginoso provocado por el desarrollo técnico-científico, interpela a la misión educativa sobre las tareas de transmitir los valores espirituales que hacen a todos los hombres y a todo el hombre.

Y, por último, decir que Fasta busca formar hombres que puedan salvar el valor imperecedero del hombre considerado como persona.

Amigos: el desafío de los tiempos es claro. También son claros sus riesgos y consecuencias. A Fasta le aguarda quizá lo más difícil, por la excelencia de las tareas y misiones a encarar.

Sólo queda pedir a Dios su Gracia, y confiar en ustedes para que sirviendo a Dios y a la Patria puedan cumplir con su misión.

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