«Los efectos del amor según santo Tomás» (II Parte)

Nelson Santillan

por Juan Ignacio Fernández Ruiz

Retomamos entonces con lo que veníamos desarrollando en nuestro artículo anterior (https://hastadios.com/el-rincon-formativo/los-efectos-del-amor-1/).

El cuarto efecto del amor es el celo. Santo Tomás dice que el celo proviene de la intensidad del amor. Esta intensidad en el movimiento hacia el otro produce que uno excluya o repela todo aquello que contraría o repugna al amado. De más está decir que no se trata de una posesividad tóxica, que aleje al otro de lo que le hace bien (“celo de envidia” lo llama el Aquinate), sino al contrario: amar al otro con tal cuidado que solo procuremos su bien y alejemos todo lo que le haga mal. El falso celo es el que no deja que el otro se desarrolle; el amor que nutre este celo es egoísta, es decir, más que intenso es débil, porque nace de la inseguridad. El celo verdadero se nutre de un amor fuerte, seguro, que no necesita doblegar al otro al propio favor, sino que respeta al amado en su singularidad, pero sin ser indiferente ante aquello que le puede hacer mal (malas influencias, decisiones, ambientes, circunstancias, dichos, acciones, etc.). 

Pasemos al quinto efecto: si amamos un bien que es conveniente a nuestra naturaleza, este amor produce nuestra perfección y mejora (en cambio, si amamos un bien que no nos conviene, esto nos lastima y deteriora). “Por eso —dice santo Tomás— el hombre mejora y se perfecciona de modo máximo por el amor de Dios, pero se lastima y deteriora por el amor del pecado” (S Th I-II, q. 28, a. 5, c.).

En sexto lugar, el Doctor Angélico menciona cuatro efectos juntos: “licuefacción o derretimiento del corazón”, “fruición o gozo”, “languidez” y “fervor o hervor”. La licuefacción se opone a la “congelación o dureza del corazón”, que en otro pasaje santo Tomás, siguiendo a san Gregorio Magno, coloca como una de las hijas del vicio capital de la avaricia: el avaro, por su deseo desordenado de poseer y retener riquezas, tiene el corazón duro, frío, congelado, impenetrable, compacto, lo cual le impide amar a las personas y dejarse conmover por ellas. En este contexto, santo Tomás llama a esta dureza del corazón “inhumanidad”. El que tiene un “corazón de piedra” no puede compadecerse con los demás y se vuelve un animal cruel y despiadado. El amor, en cambio, ablanda el corazón, lo derrite, para que esté apto para recibir al amado. 

La presencia del amado en el interior del amante produce gozo, alegría y paz. Nuestro afecto, ante la presencia interior del amado en él, descansa, reposa, se aquieta o sosiega. Al contrario, si el amado está ausente o si vemos que el amado sufre males, sentimos un dolor en el pecho, una intranquilidad y angustia interior. La languidez es la tristeza por la ausencia del bien del otro. Y esto provoca un intenso deseo por conseguir la presencia del amado o por buscar su bien: esto es el fervor. “Fervor”, etimológicamente, viene de “hervor”, porque lo que hierve, por la intensidad de la temperatura, ebulle fuera de sí mismo hacia el amado.

Finalmente, Santo Tomás sostiene que todas nuestras acciones son efectos del amor. Todo lo que hacemos se nutre en su raíz de algún amor hacia algún bien. De allí que sea tan central para la dirección de nuestra vida preguntarnos cuál bien amamos, qué amor tenemos, hacia dónde (a qué, a quién) estamos orientando nuestro afecto. El amor es la clave de bóveda sobre la que descansa el peso de todas nuestras obras. El amor que verdaderamente unifica toda nuestra persona hacia nuestra máxima perfección es la amistad o caridad con Dios. Por la caridad, amor sobrenatural que implica la presencia del Espíritu Santo (Amor divino del Padre y del Hijo) en nuestro interior, nos unimos a Dios como a nuestro fin último, estamos en Él y Él inhabita en nosotros, salimos fuera de nosotros mismos hacia Él y nuestro prójimo, procuramos celosamente rechazar el pecado, buscamos fervorosamente su presencia, nos gozamos en Él, se derrite nuestro corazón y hacemos todo lo que hacemos para llegar algún día a verlo cara a cara, tal como nos enseña san Pablo Apóstol: “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí. En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor” (I Cor 13,12-13).

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