La DPA invita a participar activamente del Domund 2026

Nelson Santillan

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La Iglesia celebra todos los años el Domingo Mundial de las Misiones (Domund). Es el día internacional en el que toda la Iglesia reza especialmente por la causa misionera y además organiza una colecta para cooperar con ella.

La Iglesia Católica, además de celebrar también el Mes del rosario, se dedica especialmente a despertar y avivar el espíritu misionero en todos los fieles a nivel mundial.

El mes de Octubre tiene un significado importante para la misión, ya que se descubrió el continente americano, abriéndose así un nuevo camino en la historia de la Evangelización. 

Durante este mes de octubre, la Dirección de Promoción Apostólica y Nuevas Fundaciones (DPA) invita a todos los miembros de Fasta a participar activamente de esta celebración universal: brindando subsidios, aportando material de reflexión e invitando a rezar especialmente por las fundaciones y colaborar con cada una de ellas. 

 

El Domund 2026: Un siglo de luz y misión en el corazón de la Iglesia

Cada año, cuando el calendario liturgico avanza hacia el penúltimo domingo de octubre, la Iglesia católica se detiene a contemplar una de sus dimensiones más fundamentales y constitutivas: su vocación misionera. Sin embargo, el Domingo Mundial de las Misiones de este año 2026 no es una edición más. Nos encontramos ante una efeméride de singular relevancia espiritual e histórica, ya que la celebración alcanza su centenario. Cien años han transcurrido desde que, en 1926, el Papa Pío XI acogiera la propuesta de la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe para instituir un día universal de oración y cooperación en favor de las misiones. Conocido popularmente en el mundo hispanohablante como el Domund, este hito representa el latido constante de un pueblo que se reconoce enviado a los confines de la tierra.

Para comprender la trascendencia del Domund en este año jubilar, es necesario dirigir la mirada al lema pontificio que guía la jornada: “Uno en Cristo, unidos en la misión”. A través de este lema, el Santo Padre nos invitar a profundizar en las raíces mismas del mandato evangelizador. La misión no nace de una estrategia organizativa, ni de una simple filantropía social, ni del entusiasmo aislado de algunos creyentes audaces. La labor misionera es la superabundancia de una vida recibida en la comunión. Solo cuando los cristianos permanecen íntimamente unidos a la persona de Jesucristo, como los sarmientos a la vid, la labor de testimonio se vuelve auténtica, fecunda y capaz de transformar las realidades más oscuras del mundo contemporáneo.

El mensaje de este centenario insiste de manera particular en la unidad. En un contexto global a menudo marcado por la fragmentación, el conflicto y la polarización, la Iglesia ofrece al mundo el testimonio de una fraternidad que trasciende fronteras culturales, lingüísticas y nacionales. Estar unidos en la misión implica reconocer que la responsabilidad de llevar el Evangelio no recae de forma exclusiva sobre los sacerdotes, religiosos o consagrados que parten a tierras lejanas, sino sobre la totalidad del pueblo bautizado. Cada comunidad parroquial, cada familia cristiana, cada movimiento de laicos y cada enfermo desde su lecho de dolor forma parte activa de esta gran cadena apostólica.

Orígenes e historia de una iniciativa centenaria

Para apreciar la profundidad de lo que celebramos en 2026, resulta revelador volver la mirada hacia los orígenes del movimiento misionero moderno. Durante el siglo XIX y principios del siglo XX, surgió en el seno de la Iglesia un renovado ardor por la evangelización en los territorios de África, Asia y Oceanía. Sin embargo, este impulso inicial carecía con frecuencia de un sostenimiento estructurado y universal. Fue la intuición visionaria de figuras como la beata Paulina Jaricot la que sentó las bases de lo que hoy conocemos como las Obras Misionales Pontificias. Paulina, una joven laica francesa, promovió una red de oración diaria y pequeñas microdonaciones entre los obreros de las fábricas de Lyon, demostrando que la ayuda a las misiones no era patrimonio de las grandes fortunas, sino el fruto del compromiso diario de la gente sencilla.

En 1922, el Papa Pío XI asumió estas iniciativas nacientes bajo la protección directa de la Santa Sede, elevándolas al rango de «Pontificias». Cuatro años más tarde, en 1926, el mismo pontífice firmó el decreto que establecía formalmente el Domingo Mundial de las Misiones para toda la Iglesia universal. Pío XI, a quien la historia recordará como el «Papa de las Misiones», comprendió con claridad que la labor misionera no podía considerarse una actividad secundaria u opcional de la vida eclesial, sino el termómetro real de la fe de toda la comunidad cristiana. Una fe que no se comparte corre el riesgo de debilitarse y extinguirse, mientras que la fe que se entrega y se transmite se fortalece y se renueva constantemente.

Durante los cien años transcurridos desde aquel decreto inicial, el Domund ha acompañado las transformaciones más vertiginosas de la historia humana. Ha atravesado guerras mundiales, procesos de descolonización, crisis económicas, epidemias y profundos cambios culturales. A lo largo de todo este tiempo, la jornada no ha perdido un solo ápice de su vigencia original; por el contrario, ha sabido adaptarse a las necesidades cambiantes de cada época, manteniendo intacta su esencia: despertar la conciencia misionera de todos los fieles y encender en el mundo la llama del amor fraterno.

Los tres pilares de la jornada misionera

La dinamización del Domund en la vida parroquial y comunitaria se asienta tradicionalmente sobre tres pilares interconectados que constituyen el núcleo de su propuesta: la oración, la formación de la conciencia y la cooperación material.

En primer lugar, la oración constituye el motor insustituible de la actividad evangelizadora. En las semanas previas y durante la celebración del penúltimo domingo de octubre, las parroquias, comunidades de vida consagrada y colegios católicos intensifican sus momentos de adoración eucarística, los rosarios misioneros y las preces comunitarias. Se encomienda a Dios la vida y la protección de los miles de misioneros y misioneras —sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos— que desempeñan su labor en contextos de persecución, pobreza extrema, aislamiento geográfico o violencia estructural. La oración del Domund no es un mero formalismo, sino una verdadera comunión de los santos en la que se pide por el fruto espiritual de las semillas sembradas y por la fortaleza de las jóvenes Iglesias locales.

En segundo lugar, la formación y sensibilización ocupan un lugar prioritario. El Domund ofrece la oportunidad de dar a conocer las realidades geopolíticas, humanas y espirituales de los territorios de misión. Mediante testimonios de misioneros que regresan temporalmente a sus comunidades de origen, la difusión de materiales audiovisuales, publicaciones periodísticas y actividades pedagógicas en las escuelas, se busca romper el aislamiento individualista y ampliar el horizonte de la fe. Los creyentes descubren así que la Iglesia es una realidad viva y palpitante en todos los continentes, donde hombres y mujeres encarnan las bienaventuranzas en medio de situaciones humanitarias extremadamente complejas.

Por último, la cooperación económica representa la expresión concreta y tangible de la solidaridad cristiana. Las colectas que se realizan durante la misa del Domund en todas las parroquias y capillas del planeta están destinadas a integrar el Fondo Universal de Solidaridad, administrado por las Obras Misionales Pontificias. Este fondo equitativo garantiza que los recursos recaudados no se distribuyan según criterios de preferencia personal o cercanía geográfica, sino en función de las necesidades más urgentes de los llamados «territorios de misión».

El impacto real en las iglesias de frontera

Es necesario preguntarse qué destino tienen los aportes que la Iglesia universal moviliza a través del Domund. Detrás de cada contribución económica se esconden historias concretas de reconstrucción humana y espiritual. Las zonas catalogadas por la Santa Sede como territorios de misión comprenden hoy en día más de mil cien diócesis, predominantemente situadas en continentes como África, Asia, áreas rurales de Oceanía y extensas regiones de América Latina.

En estos lugares, las estructuras eclesiales nacientes carecen de la autonomía financiera indispensable para su sostenibilidad diaria. Los fondos canalizados a través de las Obras Misionales Pontificias permiten, en primer lugar, garantizar el sostenimiento básico de los agentes pastorales, la formación de los seminaristas en los seminarios mayores y la subsistencia de los noviciados religiosos locales. Gracias a esta ayuda, miles de jóvenes en países en desarrollo que sienten la vocación al sacerdocio o a la vida consagrada pueden recibir una formación académica, humana y espiritual adecuada sin que las limitaciones económicas resulten un obstáculo insuperable.

Sin embargo, el impacto del Domund trasciende de forma notable el ámbito puramente litúrgico o pastoral. En gran parte del mundo en desarrollo, la Iglesia católica es con frecuencia la única institución presente en los rincones más inaccesibles, donde el Estado o las organizaciones internacionales no logran llegar. De este modo, los recursos del Domund financian la construcción y el mantenimiento de escuelas primarias y secundarias en zonas rurales, dispensarios médicos, hospitales de campaña, comedores comunitarios para niños en situación de desnutrición, hogares para ancianos abandonados y centros de acogida para huérfanos o víctimas de la trata de personas.

La misión de la Iglesia en estos contextos no separa la proclamación del Evangelio de la promoción humana integral. Dar testimonio de Cristo significa sanar las heridas de los enfermos, alfabetizar a los desfavorecidos, defender la dignidad de las mujeres empoderándolas mediante proyectos productivos y ofrecer un refugio de paz a las comunidades azotadas por guerras civiles o fanatismos religiosos. Por consiguiente, la colecta del Domund constituye una obra de justicia y de caridad universal que beneficia a comunidades enteras, independientemente del credo o la condición social de sus habitantes.

El papel del laicado y el desafío de los nuevos contextos

Al celebrar este centenario en el año 2026, la Iglesia se enfrenta también al desafío de reinterpretar la naturaleza de la misión en un mundo radicalmente transformado en comparación con el de 1926. En aquel entonces, la misión se concebía predominantemente como un movimiento geográfico unidireccional: desde una Europa y América del Norte sociológicamente cristianas hacia los continentes de África, Asia y Oceanía. Hoy en día, la geografía de la fe se ha reconfigurado de forma profunda.

Nos encontramos ante un dinamismo circular de la misión. Europa y el hemisferio occidental experimentan un proceso acelerado de secularización, donde grandes sectores de la población han perdido el contacto con la tradición fe cristiana. Al mismo tiempo, las Iglesias más jóvenes de África, Asia y América Latina florecen con un dinamismo espiritual notable, siendo ellas mismas generadoras de vocaciones sacerdotales y misioneras. No es raro encontrar hoy en día sacerdotes y religiosas procedentes de Nigeria, India, Filipinas o Brasil sirviendo en parroquias desiertas o comunidades envejecidas del continente europeo. Esta reciprocidad pone de manifiesto que la misión no es un patrimonio geográfico, sino un estado permanente de la vida eclesial.

Por otra parte, la figura del misionero ha experimentado una evolución sumamente enriquecedora. Si bien la vocación sacerdotal y religiosa continúa siendo el pilar histórico sobre el que se apoya la evangelización de frontera, el papel de los laicos ha cobrado una relevancia sin precedentes. Cada vez son más las familias, jóvenes profesionales, médicos, educadores y técnicos laicos que deciden entregar años de su vida o consagrarse de manera definitiva a la labor misionera en territorios de primera evangelización o en proyectos de desarrollo comunitario. El Domund 2026 reconoce y alienta con especial énfasis esta vocación laical, recordando que todo bautizado posee una dignidad profética que lo capacita para llevar el aroma del Evangelio a sus ambientes cotidianos, a sus profesiones y a las periferias de la sociedad.

Asimismo, las dinámicas contemporáneas exigen habititar la misión en los nuevos continentes digitales y culturales. Los entornos virtuales, las redes sociales y las plataformas de comunicación masiva se han convertido en plazas públicas donde las nuevas generaciones buscan sentido, respuestas a sus angustias existenciales y espacios de autenticidad. La labor Misionera en 2026 exige no solo presencia física en los desiertos geográficos, sino también presencia comprometida en las encrucijadas culturales de nuestro tiempo, proponiendo el mensaje cristiano con un lenguaje cercano, comprensible y profético.

Memoria agradecida y mirada hacia el futuro

Llegar a los cien años de una iniciativa pastoral como el Domund exige realizar un ejercicio de memoria agradecida. A lo largo de esta centuria, millones de personas anónimas han entregado sus vidas en silencio. Es el momento de recordar a aquellos misioneros que partieron de sus casas sin billete de vuelta, aprendieron lenguas complejas, respetaron y asumieron la cultura de los pueblos que los acogieron y entregaron sus huesos a la tierra que eligieron para servir. Muchos de ellos sufrieron el martirio, abrazando la cruz hasta el último aliento en contextos de persecución o intolerancia.

Pero la memoria histórica no debe convertirse en una mirada nostálgica hacia el pasado, sino en un impulso renovador hacia el futuro. La celebración del Domund 2026 interpela a la Iglesia contemporánea sobre su estado de salud espiritual. Una Iglesia que se encierra en sus propios problemas internos, que se paraliza por la autorreferencialidad o que se limita a administrar el pasado, es una Iglesia que corre el riesgo de enfermar. La salida misionera, la audacia de romper los esquemas prefijados para buscar a los más alejados, es el mejor antídoto contra la apatía y el desánimo pastoral.

El Papa, en su mensaje para esta jornada centenaria, renueva la llamada a volver a la fuente de la alegría del Evangelio. Un Evangelio que no se impone mediante la fuerza o el proselitismo, sino que se propone mediante la atracción, el testimonio vibrante y el servicio humilde. El Domund 2026 es, en definitiva, un himno a la esperanza. En medio de un mundo hostigado por la incerteza y las sombras, la labor de los misioneros nos demuestra que el amor sigue siendo la fuerza transformadora más poderosa de la historia.

Al celebrar este siglo de vida, el Domund reafirma que la llama de la fe permanece encendida cuando se comparte. Cada oración pronunciada, cada gesto de solidaridad material ofrecido en las comunidades parroquiales durante este mes de octubre, se convierte en un ladrillo con el que se edifica la Iglesia del mañana. La jornada nos invita a renovar nuestro propio bautismo, a no tener miedo de salir al encuentro del hermano y a proclamar, con renovado entusiasmo y unidos en la misión, que el mensaje de Jesucristo sigue siendo una buena noticia de salvación, dignidad y paz para la totalidad de la familia humana.

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