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por Belén Coni de Ríos (1)
Es frecuente escuchar la rivalidad que existe entre franciscanos y dominicos. Sin embargo, santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís han compartido fraternalmente una misma realidad social y cultural, y han sido instrumentos de la Providencia para la conversión y evangelización de su tiempo y de los tiempos que vendrían.
Señala Chesterton, en su libro “Santo Tomás de Aquino”, que “La verdadera diferencia entre Francisco y Domingo –que no resta mérito a ninguno de los dos- es que Domingo se encontró abocado a una enorme campaña para la conversión de los herejes, mientras que Francisco tuvo sólo la tarea más sutil de convertir a seres humanos”. Y agrega: “Es una vieja historia decir que, aunque necesitemos a alguien como Domingo para convertir a los paganos al cristianismo, necesitamos aún más a alguien como Francisco para convertir al cristianismo a los cristianos”.
Lo cierto es que ambos fundadores fueron cruciales para la vida religiosa de la Europa del siglo XII.
“La leyenda dorada”
Santiago de la Vorágine fue un fraile dominico y arzobispo de Génova hacia fines del siglo XIII. Fue el compilador de “La leyenda dorada”, una suma de hagiografías organizada según el calendario litúrgico que se expandió por la cristiandad y tuvo gran influencia en la literatura religiosa y en el arte cristiano. En la vida de santo Domingo, nos trae esta anécdota:
“Por los días en que santo Domingo estaba en Roma pidiendo al papa que confirmara su Orden, una noche, hallándose el santo en oración, tuvo un éxtasis durante el cual vio a Cristo suspendido en el aire en actitud de arrojar sobre el mundo tres lanzas que tenía en sus manos. De pronto la Virgen, su Madre, acudió corriendo junto a su Hijo y le preguntó: «¡Hijo mío!, ¿qué vas a hacer?». Él le contestó: «Voy con estas tres lanzas a destruir la tierra, porque está corrompida por los tres vicios de la soberbia, la lujuria y la avaricia». Entonces la Virgen se arrojó a los pies de Cristo y le habló de esta manera: «¡Hijo mío queridísimo! Ten compasión de la humanidad y perdónala; aplaca tu justicia con tu misericordia». Cristo replicó: «Pero Madre, ¿es que no ves cómo me ofenden, sin cesar?». La Virgen insistió: «¡Hijo mío! Modera tu indignación y espera un poquito más. Mira; voy a proporcionarte un siervo fiel, un intrépido luchador que va a emprender una campaña a tu favor por toda la tierra. El conseguirá vencer al mundo y someterlo a tu dominio. En esta empresa le ayudará un compañero, un siervo tuyo verdaderamente fiel y leal a tu causa, y entre los dos desempeñarán esta importante tarea». Cristo le respondió: «Está bien, Madre; tu presencia y tus palabras me han aplacado. Pero quisiera que me presentaras a esos dos sujetos a que acabas de aludir y a los que quieres encomendar la realización de tan difícil como trascendente misión». Seguidamente la Virgen presentó a santo Domingo ante su Hijo. El Señor, al verlo, hizo este comentario: «En efecto, éste es verdaderamente siervo mío y luchador aguerrido y valiente; estoy completamente seguro de que pondrá gran empeño en hacer lo que has dicho». Seguidamente la Virgen presentó ante su Hijo a san Francisco, y Cristo hizo de él el mismo elogio que había hecho de santo Domingo […] santo Domingo se fijó atentamente en san Francisco, a quien no conocía porque nunca anteriormente lo había visto. Al día siguiente de la relatada visión, estando santo Domingo en una iglesia, vio en ella a un individuo e inmediatamente, sin necesidad de cambiar palabra alguna con él, lo reconoció: era el mismo sujeto presentado la noche anterior por la Virgen a Cristo. Entonces, sin más, se dirigió a él, lo abrazó, lo besó reverentemente y le dijo: «Tú eres mi compañero; conmigo recorrerás el mundo. Establezcamos entre nosotros un compromiso de colaboración, seamos fieles a él y no habrá adversario que pueda vencernos». Luego santo Domingo refirió a san Francisco detalladamente la visión que la noche antes había tenido. A partir de aquel momento no hubo entre ellos más que una sola alma y un sólo corazón en el Señor. Uno y otro mandaron a sus hijos que pusiesen sumo empeño en que sus respectivas Ordenes viviesen perpetuamente unidas en un abrazo de religiosa amistad” (2).
Esta amistad espiritual que los unió en la misión y que vino de lo alto ha quedado plasmada en el arte sacro y en la más elevada literatura. El Dante, en el Canto 12 de El Paraíso, presenta a ambos santos hermanados por la misión y unidos para siempre en la tarea de sostener a la Iglesia. El amor de caridad que los une se ve expresado en el detalle de que es santo Tomás de Aquino quien alaba a San Francisco, y San Buenaventura quien exalta a Domingo. Ambos son presentados como ángeles, uno lleno de amor ardiente, el otro como luz doctrinal.

“El encuentro de San Francisco y San Domingo”
Por su parte Fra Angélico, en su obra pictórica titulada “El encuentro de San Francisco y San Domingo” (de 1429, imagen precedente), ha dejado plasmado el episodio del encuentro entre los dos santos relatado en “La Leyenda Dorada”. No fue el único en retratar este glorioso momento, pero sí fue el primero (3). El cuadro trae tres planos bien marcados: en el Cielo, Jesús, Juez de vivos y muertos, sentado en su trono al cual cubre completamente. Vestido de rojo, porque es verdadero Hombre, y con el manto azul, porque es verdadero Dios, rodeado de rayos de luz dorada que muestra su gloria infinita. La Virgen, también sobre las nubes, pero más abajo. El celeste de sus vestidos nos recuerda que, aunque criatura, es más grande que todas las criaturas, porque participa, por gracia, de un modo único de la gloria de Dios. En este caso, Ella es la omnipotencia suplicante, y ha arrebatado la misericordia al Justo Juez.
Más abajo, en un primer plano, la Iglesia, y delante de Ella, Francisco y Domingo, tomados de las manos y con sus nimbos unidos por detrás de sus cabezas. La estrella de santo Domingo está adentro de la Iglesia, brillando en la oscuridad, señalando de ese modo la luz de la Fe con la que Domingo que debe iluminarla. Ambos, mirándose a los ojos con la caridad fraterna, y ambos descalzos, significando la pobreza mendicante. Sus discípulos, unos pasos más atrás, son los testigos mudos de la escena.
Y lejos, muy lejos, pequeña y solitaria, la ciudad de los hombres. Aquella que se beneficiará para siempre de la Misericordia de Jesús, que ha enviado a predicar a Domingo y a mostrar la grandeza de la santa pobreza en Francisco.
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- Pequeño homenaje a la amistad de estos grandes santos en la Fiesta de San Francisco (que se celebra hoy, 4 de octubre).
- Santiago de la Vorágine, La leyenda dorada, tomo 1, Alianza Editorial, Alianza Forma, Madrid, 1999, págs. 443-444. (puede encontrarse en: https://www.traditio-op.org/biblioteca/JacoboVoragine/Flos_sanctorum_o_La_leyenda_dorada_Voragine_OP_Tomo_I.pdf)
- Otra obra muy hermosa es la que abre este artículo, de José del Castillo, titulada “Abrazo de San Francisco de Asís y Santo Domingo Guzmán” (ca. 1784). Y hay muchas más.






