El día que Santo Tomás dejó de escribir

Nelson Santillan

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Por Juan Carlos Bilyk adaptación «Sobre el silencio final de santo Tomás» (de Juan Ravasi)

En los primeros días del mes de noviembre de 1273, Santo Tomás de Aquino comienza a redactar su Tratado del sacramento de la Penitencia, que se encuentra en la tercera parte de su obra escrita más importante y conocida: la Suma Teológica. Así, dicta y escribe varias cuestiones, hasta el día 5 de diciembre donde llega a algunas preguntas sobre la Penitencia en general.

En la mañana del día siguiente, el 6 de diciembre de 1273, mientras celebra la misa por la Festividad de San Nicolás de Bari en la capilla del convento de Nápoles dedicada a ese santo, vive una profunda transformación. Durante la misa ha tenido algo muy recurrente él: cayó en éxtasis. Pero en esa oportunidad fue muy prolongado y derramó muchas lágrimas. Luego, como era su costumbre diaria, oye otra misa, pero a diferencia de las otras no ayuda en ella. Rarísimo en Tomás, por no decir insólito. Quieto, de rodillas, no hacía más que llorar, aunque no está triste.

Al regresar a su habitación, fray Reginaldo de Piperno —su fiel amigo, secretario y confesor—, y los ayudantes amanuenses (= “a mano”, o sea “escribientes”), se presentan ante Tomás para continuar el trabajo. Fray Tomás amablemente les dice que no puede continuar. Los escribientes dejan al Aquinate con su socio Reginaldo quien, asombrado, mira a su alrededor. Sorpresa. La mesa de trabajo de fray Tomás está vacía: los escritos, los papeles, las plumas, los tinteros están en un armario. Tomás está arrodillado en el suelo llorando. Fray Reginaldo le pregunta: “Padre, ¿por qué has abandonado un trabajo tan grande (se refería a la Suma Teológica), comenzado para alabar a Dios e iluminar al mundo?”. Tomás le contestó: “Reginaldo, no puedo”. 

Día tras día, se repite la conversación. Pasada una semana, Reginaldo, temiendo que la salud mental de su amigo estuviese en peligro debido a los ayunos y el esfuerzo intelectual grandísimo al que se sometía, le rogó que siguiera su gran obra. Pero Tomás exclamó: “No puedo. Todo lo que he escrito me parece paja [pasto seco] comparado a lo que he visto y me ha sido revelado”.

Y no volvió a escribir.

¿Tuvo Tomás durante ese éxtasis místico una especie de anticipo de lo que será la visión beatífica (no formalmente, sino un anticipo experimental, transitorio y oscuro —o sea por fe, no por visión— de la bienaventuranza celestial)? Y consecuentemente ¿tuvo un gozo indescriptible, por lo cual desbordó en llanto cuando concluyó esa experiencia? Después de todo, fue el mismo Tomás quien anteriormente había enseñado que “el amor a Dios es mejor que su conocimiento” (S Th I c.82 a.3). No sería raro, entonces, que habiendo pregustado el gozo que provoca la visión beatífica, abandonara su actividad intelectual. O también pudo ocurrir que, si bien no tuvo la visión de Dios “cara a cara” (1 Cor 13,12), haya experimentado lo suficiente como para comprender que todo lo que él había escrito y enseñado resultó ser nada comparado con lo que realmente Dios es y promete (como si hubiera dicho: “Me quedé cortísimo”). 

Y eso que nadie llegó más alto y más lejos que Tomás en el conocimiento de Dios.

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