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Por Juan Ignacio Fernández Ruiz
Santo Tomás de Aquino muere el 7 de marzo de 1274, de camino al Concilio de Lyon. A mediados de febrero de ese mismo año escribe una Epístola dirigida al Abad de Montecasino, Bernardo Ayglier. El Aquinate guardaba desde su infancia un aprecio muy grande por aquella famosa abadía benedictina, pues allí había recibido su primera formación y la inquietud en su corazón por la pregunta “¿qué es Dios?”. Pese a ser un apasionado dominico, siempre se sintió deudor de su incipiente formación monástica, como se ve por las primeras líneas de la carta:
“Al reverendo padre en Cristo, señor Bernardo, por la gracia de Dios, el venerable Abad de Montecasino, su devoto hijo, fray Tomás de Aquino, siempre y en todo lugar pronto a la obediencia”.
¿Por qué razón santo Tomás le escribe una carta a Bernardo? Los monjes de Montecasino sufrían una profunda duda que les había suscitado un pasaje de san Gregorio Magno en sus Moralia in Iob (su comentario al libro de Job). El Abad Bernardo, al ver el desconcierto de sus hijos espirituales, y al no poder resolverlo por sí mismo, pide ayuda a un teólogo del calibre de Tomás de Aquino. Como santo Tomás se encontraba cerca de la zona (justamente en camino a Lyon), Bernardo quería que se acerque personalmente a la abadía, pero como era el tiempo litúrgico de la Cuaresma, el Aquinate se excusa por la exigencia del oficio divino y el ayuno. En lugar de desviarse de su camino, les despeja la duda por escrito mediante esta Epístola. Así, como él mismo dice, le será de provecho no solo a los hermanos presentes, sino también a los futuros que la lean.
¿Cuál era esa profunda duda? El pasaje en cuestión de Gregorio decía: “Dios Omnipotente conoce de antemano aquel tiempo en el cual se termina la vida de cada uno, y nadie puede morirse en otro tiempo distinto”. Básicamente: si Dios conoce el momento en el que me voy a morir, entonces me voy a morir en ese momento, pues si no me muero, Dios se equivoca en su conocimiento. Ahora bien, si no puedo morirme en otro tiempo distinto en el que Dios sabe que me voy a morir, entonces ¿está determinado de antemano el momento de mi muerte?, ¿no podría morirme en cualquier otro momento de modo contingente? Parece un dilema sin salida en la que ninguna opción es fácil de digerir: o Dios se equivoca o los sucesos históricos, como nuestra muerte, están determinados. El clásico y difícil problema de la conciliación entre la presciencia divina y los futuros contingentes.
El tema es muy complejo y no lo resolveremos en un “rincón” de formación… necesitaríamos toda una “mansión” formativa para eso (y quizás ni siquiera). Pero indiquemos algunas pinceladas de la solución que vislumbra santo Tomás en su carta.
- Todo suceso puede ser considerado bajo dos puntos de vista: en sí mismo o en comparación a Dios. En sí mismo considerado, el momento de nuestra muerte es contingente, no está determinado bajo necesidad. Es verdaderamente posible morirme (o que me pase cualquier otra cosa) en cualquier momento, y no en uno en particular. Considerado en comparación al conocimiento divino, los sucesos históricos caen bajo cierta necesidad. Pero se trata de una necesidad que no es absoluta, sino hipotética o condicional: si Dios conoce X entonces X sucede.
- Dios no conoce como conocemos nosotros: nosotros estamos sumergidos en el espacio-tiempo y, por eso, conocemos espacio-temporalmente. Por ejemplo: si yo conociera hoy, domingo 20, de modo cierto e infalible que mañana, lunes, me voy a ganar la lotería, entonces estaría determinado de antemano que me gane la lotería. Pero no conoce Dios las cosas así. Él está más allá del tiempo y, por eso, conoce las cosas extratemporalmente. Él no “pre”-ve el futuro, sino que lo “ve” en el mismo brotar del futuro, desde su eterno presente. Si seguimos con el ejemplo, sería semejante a la certeza e infalibilidad que tiene mi conocimiento respecto de mi ganancia de la lotería en el mismo instante en el que me la estoy ganando.
- Entonces, más que decir “Dios conoce de antemano que tal se va a morir” siguiendo el modelo de “sé que mañana voy a ganar la lotería” (lo que implicaría en ambos casos una determinación del futuro), habría que decir: “Dios ve que tal muere”, de un modo semejante a como yo sé que me estoy ganando la lotería mientras me la gano. Y aquí se salva, por un lado, la infalibilidad y certeza del conocimiento y, por otro, la contingencia del suceso.
- Es evidente que por el hecho de que conozco infaliblemente que me estoy ganando la lotería, mientras me la gano, no impongo ninguna necesidad a que eso suceda. Es verdadera la afirmación condicional o hipotética “si veo que me gano la lotería, no puedo no ganármela” (porque sería falso que, mientras veo que me la gano, no me la gane al mismo tiempo). Por eso concluye Santo Tomás: “Similarmente, no es posible que Dios preconozca que algo es futuro, y que aquello no suceda; y, sin embargo, no a causa de esto las cosas futuras suceden por necesidad”.
Concluye la Epístola: “Estas son, padre queridísimo, las cosas que he escrito obedeciendo a vuestro mandato para reconducir a los que yerran; palabras las cuales, si no le son suficientes, no cesaré de reescribir obedeciéndole. ¡Valga vuestra paternidad por mucho tiempo! Fray Reginaldo se encomienda a usted”.
Más allá de la complejidad del tema, queríamos rescatar dos puntos: lo primero, la total disposición y empeño de santo Tomás, hasta el final de su vida y a pesar de todo su desgaste físico, por consagrarse a la verdad y evitar el error, por conducir a los hombres a la claridad de la verdad. Lo segundo, no deja de ser curioso que justo un mes antes de morir el Aquinate medite, en esta carta, acerca del momento en el que Dios conoce que moriremos. Quizás Dios le había participado a santo Tomás el conocimiento de su muerte, motivo por el que no quiso ni seguir de camino al Concilio ni permanecer hospedado en lo de su sobrina, sino reposar en la abadía de Fossanova, un lugar religioso y consagrado a Dios, como quien sabe que, aunque podría haberse muerto en otro momento, se va a morir según la disposición de la Providencia y abandonado libremente a ella.
[Epístola completa aquí: (2) Ad Bernardum. Santo Tomás].






