León XIV a los obispos de América Latina: «Corazón en el cielo y pies en el camino»

Nelson Santillan

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Con santo Toribio de Mogrovejo como modelo, el Santo Padre León XIV pide a los obispos latinoamericanos volver a lo esencial: pastores cercanos a su pueblo, fieles a Cristo, entregados a la oración y dispuestos a cargar con las fatigas de su misión.

Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano

Con motivo del tercer centenario de la canonización de santo Toribio de Mogrovejo, patrono de los obispos de América Latina, el Papa León XIV dirigió una carta a los obispos del continente en la que propone contemplar el ministerio episcopal a la luz de la vida y el testimonio del santo arzobispo de Lima.

El Pontífice, acogiendo la petición del Episcopado peruano, recuerda también su propia experiencia de servicio episcopal en el Perú. «Allí conocí de cerca la fe de un pueblo del que recibí mucho y comprendí mejor lo que significa ser pastor», escribe en la carta firmada en el Vaticano el martes 8 de septiembre de 2026, fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María. Esa experiencia, añade, lo acercó de manera particular a santo Toribio, quien llegó desde lejos a una tierra que terminó haciendo suya mediante la caridad pastoral.

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Un pastor que sale al encuentro de su pueblo

En sus palabras, difundidas a pocas semanas del viaje apostólico del Santo Padre a Uruguay, Argentina y Perú, del 6 al 17 de noviembre, León XIV toma como punto de partida el rito de recepción de un obispo en su Iglesia catedral. En los distintos gestos de esa celebración encuentra una verdadera escuela para el ministerio episcopal y una clave para comprender la figura de santo Toribio.

El primer gesto tiene lugar en la puerta de la catedral. El obispo entra en una comunidad que ya posee una historia de fe y en la que el Espíritu Santo está actuando. Para el Papa, esta imagen recuerda que el pastor está llamado a entrar en la historia concreta de un pueblo y a conocerla de cerca.

Así lo hizo santo Toribio, señala León XIV, recorriendo las comunidades y procurando que el Evangelio pudiera ser anunciado en las lenguas locales. De ahí surge una invitación concreta a los obispos: conservar toda su fuerza a la visita pastoral, acercándose personalmente a las comunidades, escuchando a la grey y buscando especialmente a quienes pocas veces tienen la posibilidad de acercarse al obispo.

«El ministerio de un sucesor de los apóstoles exige vivir con el corazón en el cielo y los pies en el camino», expresa el Pontífice.

La cruz y el precio de permanecer junto al rebaño

Otro de los gestos de la recepción episcopal es la entrega del crucifijo, que el obispo besa. Para León XIV, ese signo contiene una promesa de entrega y recuerda que el pastor está llamado a permanecer junto a su pueblo también en las horas difíciles.

El Pontífice agustino vincula este gesto con la vida de santo Toribio, quien prolongó aquel beso a la cruz «a la carne sufriente del Señor» mediante sus viajes y fatigas, su defensa de los indígenas, la corrección de abusos y su cercanía a los pobres y sufrientes.

En este contexto, León XIV advierte sobre la tentación de anteponer la comodidad, el temor o los intereses personales al bien de los fieles. «El mercenario calcula lo que puede perder; el pastor sabe que algo de sí habrá de entregar para permanecer fiel», afirma, evocando el Evangelio de san Juan.

Antes que pastor, discípulo

El agua bendita recuerda al obispo que antes de ejercer el ministerio pastoral es discípulo y bautizado. El Papa subraya así que la santidad del pastor no puede darse por supuesta: quien recibe el encargo de santificar continúa necesitando ser santificado.

La referencia a santo Toribio aparece nuevamente como criterio de renovación. El arzobispo de Lima pudo exigir una vida eclesial más fiel al Evangelio porque comenzó por someterse él mismo a esa exigencia. León XIV exhorta por ello a los obispos a cuidar su vida interior y mantener la conciencia de ser discípulos necesitados de conversión.

«Los obispos pasan; Cristo permanece»

Ante el Sagrario, el obispo se arrodilla y adora al Santísimo. Para León XIV, este momento expresa una verdad fundamental: «Los obispos pasan; Cristo permanece».

El Sucesor de Pedro invita a hacer de la adoración eucarística una prioridad pastoral. Pide ofrecer a los fieles tiempos y espacios para permanecer ante Jesús y alentar la adoración prolongada.

El Obispo de Roma relaciona esta propuesta con la solicitud de santo Toribio por acercar a todos a Cristo y expresa su convicción de que la presencia del Señor, acogida y adorada con fidelidad, sostiene aquello que las fuerzas humanas no alcanzan y abre caminos que ninguna planificación puede prever.

La unidad en Cristo y la fidelidad a la fe

El beso del altar lleva al Papa a reflexionar sobre la comunión eclesial. Santo Toribio, recuerda, sirvió a una Iglesia «inmensa y plural», procurando mantenerla unida. También hoy, afirma León XIV, corresponde a los obispos velar para que la diversidad de sus diócesis encuentre en Cristo su unidad.

Desde la cátedra episcopal, por otra parte, el obispo recibe la misión de enseñar una fe que no se ha dado a sí mismo. Su enseñanza debe permanecer unida a la comunión de la Iglesia, al Sucesor de Pedro y al Colegio Episcopal.

En referencia a santo Toribio, el Papa recuerda la recepción del Concilio de Trento, los concilios provinciales, los sínodos diocesanos y su labor catequética como expresiones de su deseo de transmitir íntegramente la fe y hacerla accesible a quienes tenía delante.

La paternidad episcopal comienza por la cercanía

El texto dedica también una atención especial a la relación entre los obispos y sus sacerdotes. El Papa interpreta el gesto mediante el cual el clero y los fieles manifiestan obediencia y reverencia como una responsabilidad para el obispo y, al mismo tiempo, como una llamada a ejercer una verdadera paternidad.

Prevost recuerda que santo Toribio cuidó la formación de los sacerdotes, fue exigente en la admisión a las órdenes, visitó a su clero y sostuvo la disciplina eclesiástica.

A los obispos latinoamericanos les pide estar cerca de sus sacerdotes, cuidar especialmente los seminarios y los primeros años del ministerio y favorecer una fraternidad real. «La paternidad episcopal se reconoce muchas veces cuando un sacerdote sabe que puede llamar con confianza a la puerta de la casa episcopal», escribe.

Escuchar antes de hablar

Otro de los acentos de la misiva aparece en el orden mismo de la liturgia. Después del Evangelio, el obispo dirige por primera vez la palabra a su pueblo. Antes ha recibido, escuchado y permanecido en silencio ante el Santísimo.

Para León XIV, ese orden contiene una enseñanza para el ministerio: antes de anunciar la Buena Nueva, el pastor está llamado a la oración y a la escucha de la Palabra.

El Papa pide que ninguna urgencia pastoral relegue la oración y anima a los obispos a reservar el tiempo necesario para escuchar la Palabra y preparar con esmero la predicación. La vida de santo Toribio, añade, fue una predicación prolongada y creíble porque el Evangelio había modelado primero su existencia.

Una existencia puesta en las manos de Dios

En la última parte de su misiva, el Santo Padre contempla el ofertorio como una imagen de la vida episcopal. En la patena, afirma, pueden colocarse el trabajo, los proyectos, las decisiones, las personas confiadas al pastor, sus preocupaciones y sus esperanzas.

El fruto último, sin embargo, pertenece a Dios. La fecundidad del ministerio nace del sacrificio de Cristo, actualizado sacramentalmente en la Eucaristía, y el obispo está llamado a unir progresivamente su propia existencia a esa ofrenda.

Una «constelación» de pastores santos

El Papa amplía finalmente la mirada más allá de santo Toribio. «A lo largo de los siglos y en distintas regiones del continente, dice el Pontífice, se ha ido formando una verdadera constelación de obispos que la Iglesia venera como santos y beatos».

Entre ellos menciona a san Antonio María Claret, san Ezequiel Moreno, san Rafael Guízar y san Óscar Romero, así como a los beatos Juan de Palafox, Jacinto Vera, Mamerto Esquiú, Enrique Angelelli, Jesús Jaramillo y Eduardo Pironio.

León XIV invita a profundizar en el ministerio y los escritos de estos pastores y a darlos a conocer en las Iglesias particulares, especialmente como ayuda para la formación de seminaristas y sacerdotes. «Los santos siguen formando santos», recuerda, citando la Carta a los Hebreos.

El mensaje concluye confiando a Santa María de Guadalupe el deseo de los pastores de vivir con renovada fidelidad la misión recibida. El Papa recuerda que, en los albores de la evangelización del continente, María quiso servirse de Juan Diego para llevar su petición al obispo, invitando también hoy a los pastores a permanecer atentos a la acción de Dios, que puede manifestarse por caminos imprevistos y a través de quienes menos cabría esperar.

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