Magisterio del Fundador: «El discernimiento del bien»

Nelson Santillan

La gran incertidumbre de Pilatos fue referida a la verdad (“¿Qué es la verdad?”; Jn 18,38). Pero quizá valdría la misma perplejidad frente al bien: ¿Qué es el bien? 

El Señor nos advierte respecto a los falsos profetas, que vienen vestidos como ovejas, pero que son lobos rapaces. ¿Cómo discernir el bien?, y nos da un criterio: por los frutos (cfr. Mt 7,15-20).

Este es el criterio evangélico para discernir el bien. Pero queda siempre la pregunta: ¿y qué es el bien? Y nosotros tenemos que volcar nuestro espíritu, nuestra mirada, sobre el Señor, sobre Dios. ¿Quién nos puede decir que es el bien, sino el Señor?

Tenemos que descubrir al bien desde el querer de Dios. Porque, en definitiva, todo lo que hizo Dios, ha sido bueno. Muy bueno: “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno” (Gn 1, 31).

El cristiano tiene que avanzar en la vida espiritual, tratando de discernir este bien, que es el bien de Dios, el querer de Dios en su vida. Y es por aquí donde va a dar los frutos buenos. En la medida en que se aparte de este querer de Dios, ya no podrá dar frutos buenos. 

De manera que, para discernir el Bien, tengo que discernir la voluntad de Dios en mi vida, y cumplirla. Y entonces, mi comportamiento, mis actos, expresarán este bien de Dios. 

No se trata de una simple formulación ética, se trata del cumplimiento de un proyecto, y de un destino. Y este proyecto, este bien de Dios sobre cada uno de nosotros, es nuestra santificación, y nuestra salvación. No hay otro bien.

Descubrir este querer de Dios en mi vida, y el modo como se ha ido dando en mi vida, es descubrir el bien de Dios. Y ahí puedo estar seguro y tranquilo de que los frutos que voy a producir van a ser buenos, porque estoy dispuesto a discernir el bien de Dios en mi vida. 

Los falsos profetas, suelen estar más adentro que afuera. Son esas tentaciones del espíritu, que a veces nos embargan, para tratarnos de seducir, desde cualquier realidad que ya no responde al bien de Dios en mi vida, sino al Demonio.

Son las tentaciones del espíritu que me apartan de querer cumplir la voluntad de Dios, y me seducen detrás de cualquier forma de idolatría, porque siempre para poder salir del bien de Dios, tengo que ser captado y seducido por alguna realidad que se transforma así en una idolatría, es decir, en una parodia del bien de Dios.

Y esa es mi lucha constante, la lucha con estos falsos profetas que invaden mi alma y mi espíritu, y me colocan frente a un falso discernimiento y opción.

Discernir y optar, discernir y optar. Y esta dialéctica del espíritu, enmarca el caminar de mi vida espiritual.

Tenemos que estar siempre atentos para poder discernir a estos falsos profetas que se infiltran en el espíritu. Es fácil discernir a estos profetas cuando están afuera, desde las perspectivas de la doctrina, y es fácil, porque se trata de una lectura de la inteligencia.

Es más difícil percibir a estos falsos profetas que se infiltran en el espíritu y generan sospechas, dudas, vacilaciones, incertidumbres. Y es ahí cuando hay que volver a creer, y volver a rescatar para mi vida el bien de Dios. Tengo que discernir a Dios en medio de esas incertidumbres del espíritu. Y tengo que responder con un acto de la voluntad, que es de nuevo ordenada hacia este bien de Dios. Entonces actúo en consecuencia.

No creo en las desviaciones de la inteligencia. Las desviaciones de la inteligencia son los frutos de una desviación anterior, que finalmente ha quebrantado el discernimiento, porque me he equivocado de bien (aunque es cierto que el bien lo presenta la inteligencia a la voluntad: “nada es querido si antes no es conocido”, dice el Filósofo).

La apostasía viene porque elegí otro bien distinto del que Dios quería para mí. Después entonces, resuelvo los temas doctrinales, pero cuando termino deformando la doctrina, es porque ya, adentro de mi corazón, los falsos profetas me han seducido con otro bien, que no es el de Dios.

Después busco conciliar la visión de la inteligencia con esta realidad interior de mi espíritu. En esto el hombre es muy sutil, encontrará los modos de auto comprenderse, y justificarse. Pero el quebranto vino de más atrás, de una realidad mucho más honda, de una tentación mucho más profunda, que hizo el maligno en nuestro corazón, y en nuestro espíritu.

Hay que estar vigilantes para no ser tentados, y para poder retomar siempre la respuesta fuerte, limpia, luminosa y recta, que me reclama el servicio del bien de Dios, y que se expresa como la voluntad de Dios, el querer de Dios en nuestras vidas, desde donde se apoya la respuesta de nuestra vocación, y consecuentemente de nuestra salvación.

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