Reacciona a esta noticia:
Este texto inédito de nuestro Fundador nos va mostrando el panorama cultural en el que se encontraba Gilbert Keith Chesterton en su Inglaterra natal —dominada por una visión positivista, economicista y anticlerical— y los grandes personajes que se le iban cruzando en su vida, que lo fueron conduciendo paso a paso, con seguridad y resolución, hacia su conversión a la fe católica.
Esperamos que este escrito del fray Aníbal motive a leer este destacado Testigo y Maestro contemporáneo de la Cultura Católica
Leamos entonces lo que escribía el padre Fosbery, confeso admirador del gran apologista inglés.
Un invierno, en medio de la bruma londinense, Chesterton caminaba por su querido Londres y se encontró con un compañero del Colegio San Pablo. Luego de darse un abrazo, ambos continuaron caminando y recordando aquellos hermosos días de sus años de adolescentes. Fue entonces cuando a su compañero de ruta se le ocurrió decirle a Chesterton: “¡Pero Gilbert, a nosotros nos enseñaron religión unos agnósticos!”. Chesterton aceptó su afirmación con la sonrisa de siempre y se despidieron. La afirmación de su compañero de colegio le llegó al alma. Fue como un balazo entre ceja y ceja.

Comenzados sus veinte años, se encontraba muy a gusto con su hermano Cecill, recorriendo los clubes ingleses. De repente, le llegó esta afirmación que le obligó a pensar si la Inglaterra que él conocía era la que se mostraba en los clubes con una mezcla de bohemia, crítica mordaz a lo religioso y afirmando enceguecidamente la primacía de la historia entendida como un progresivo intramundano recorrer por las ciencias matemáticas y naturales y las realidades económicas y puramente mercantiles de la Inglaterra que en el siglo XVI comenzó a construir la casa de Orange.
Chesterton nació el 24 de mayo de 1874 en Campden Hill y murió en 1936; quiere decir que el mundo estaba, en su nacimiento, muy alejado de los valores de aquella vieja Inglaterra católica que dejó de existir con la reforma de Enrique VIII, a quien el Papa había declarado, antes de dicho suceso, como Defensor Fidei de la fe católica.
La Inglaterra en la que Chesterton creció, vivió, y de la que recibió su influencia religiosa y cultural en la juventud, era una sociedad inficionada por el “modernismo de la ilustración” y con una Iglesia Anglicana totalmente sometida al Estado y, por tanto, incapaz de reconocer lo que ella fue (1).
La Reina Victoria había asumido como monarca en 1837 y gobernó durante 68 años. Al morir en 1901, había dejado el recuerdo de una monarquía progresista y feliz. La Inglaterra del mercantilismo y las dilatadas colonias estaba dando sus frutos. La Reina Victoria en esa época de modernismo había logrado darle a la nación inglesa una gran prosperidad, una inalterable paz y una gran extensión colonial con sus dominios.
Todo esto reflejaba un bien de superficie. Sin embargo, un enfrentamiento de fe y saber comenzaba a instalarse en los clubes que Chesterton y su hermano Cecill cotidianamente frecuentaban. Ellos se sentían muy a gusto con la bohemia intelectual, que generaba un humus de intelectualidad que los atrapaba. Recordando esos primeros años de juventud y adultez, el mismo Chesterton nos dice: “Lo que más me extrañaba es que mientras discurría mucho sobre el pensamiento, no pensaba nada” (2).
Es que Chesterton comenzaba a darse cuenta de que, en los clubes que se afanaban en mostrarse como centro de intelectualidad inglesa, todo lo que se pensaba o afirmaba “llegaba de segunda o de tercera mano de Nietzsche, Tolstoi, Ibsen o Shaw” (3). El ambiente de esos clubs era muy especial. Había en ellos una “agradable atmósfera” de polémica sobre todas las cosas, sin el menor sentido de responsabilidad que permita una definida conclusión (4). Entre los concurrentes, había gente inteligente; había algunos otros que tenían esenciales creencias tradicionales y profesaban un nacionalismo irlandés. De todos modos, al decir de Chesterton, “gran parte de esa intelectualidad parece estar desprovista de inteligencia” (5). Al debatir sobre los diversos temas que presentaban Nietzsche, Tolstoi, Ibsen o Shaw, se mostraba un profundo desprecio por la Iglesia, los sacerdotes y pastores y el cristianismo. Es lógico suponer que Chesterton y su hermano, cautivados por esa ideología, pensaran que el sacerdocio y el cristianismo “eran una superstición en vías de extinción” (6).
Es que, en la Inglaterra Victoriana de entonces, la labor de la inteligencia era obrar nuevos y profundos cauces a los estudios de la Historia y las Ciencias de la Naturaleza. Lo importante era aplicar la matemática a la naturaleza y, por medio de este método científico, se podía transformar el cosmos y ponerlo al servicio de la felicidad del hombre. No se necesitaba ni rezar ni contemplar. Lo importante era la acción. Un afiche de la época trataba de publicitar lo siguiente: “en vez de rezar, regar”. La investigación histórica había destruido muchos supuestos logros científicos de la antigüedad cristiana, y, por otra parte, las ciencias de la naturaleza, con sus modernos descubrimientos, se fortalecían afirmando que no puede darse ninguna excepción a las implacables y determinantes leyes de la naturaleza. De esta forma, quedaba rechazado todo tipo de acción milagrosa o todo tipo de presencia de lo sobrenatural. La acción real era algo así como una muestra de fatalismo cósmico. Ese era, y no otra, la concepción propia del universo y el ambiente que el modernismo, siguiendo la filosofía del pensamiento y el iluminismo ateo a modo de moderna “ilustración” envolvían la vida social y el pensamiento de los intelectuales que frecuentaban los clubes de la Inglaterra de ese entonces.
No en vano el papa León XIII, en la encíclica Aeterni Patris, afirmaba que el modernismo era el responsable de todos los males e inmoralidades de la sociedad contemporánea. Así se manifestaba León XIII: “Los diversos principios sobre las cosas divinas y humanas emanados hace tiempo de los escritos de los filósofos, se introdujeron en todos los órdenes de la sociedad, recibidos por el común sufragio de muchos” (7).
El iluminismo o “época de las luces” abarcó una larga realidad histórica que comenzó a manifestarse en el siglo XVIII y que continuó presente en los estados laicos de la llamada postmodernidad y del gramscismo contemporáneo. Este secularismo inmanentista y supuestamente progresista afectó de modo muy particular a Francia, Alemania e Inglaterra con dos guerras de cincuenta millones de muertos. Con sus principios fundados en el poder de la razón, intenta explicar todas las cosas a partir de un puro racionalismo fundado en las Ciencias de la Naturaleza y buscando, a su vez, explicar desde la razón todas las actividades del hombre. En la esfera social y política, se afirmaba un despotismo ilustrado; en la esfera científica y filosófica, el conocimiento de la naturaleza para llegar, por las aplicaciones matemáticas, al dominio y transfiguración de la misma; en la esfera de lo moral y/o religioso, apuntando a establecer una “religión natural” instalada en todos los hombres, tal como lo intenta mostrar Marilyn Ferguson en su libro “La Conspiración de Acuario” (1991), al igual que en el “Mundo de Acuario Hoy” (1998).
Este ambiente de modernidad, iluminismo e ilustración era el que frecuentaban Chesterton y Cecil en los clubes ingleses. Pero como Dios lo había elegido como apóstol y profeta de su tiempo, las cosas no quedaron así, sin más. Chesterton se topó, sin buscarlo, con un sacerdote muy especial, el Padre Conrad Noel, quien lo ayudó a pensar nuevamente las cosas, pero no como lo hacían los pseudointelectuales que frecuentaban los clubes e influían de modo evidente en los hombres comunes que, asombrados y admirados de tanta ilustración, se entregaban a esa suerte de bohemia intelectual, no solo en Inglaterra, sino también en otros países como la Argentina.
Las conversaciones con el padre Conrad Noel fueron, poco a poco, sacando a Chesterton y a su hermano Cecill del ambiente oscuro y equivocado de la clase intelectual inglesa. Si bien él no era católico, su esposa Francis Blogg -originalmente anglicana—, con quien contrajo matrimonio en 1901, también ayudaría a su conversión final, no poniendo dificultades a su posterior incorporación a la Iglesia Católica.
Téngase en cuenta que, por un lado, como señala en su autobiografía, eran con su hermano, dos hombres muy rudos que frecuentaban y se habían adherido a ese ambiente intelectual de los clubes ingleses. Al comienzo, todo les parecía de muy buen gusto y les divertía escuchar las muchas diatribas y refutaciones que los miembros del club hacían de los sacerdotes y pastores de las iglesias católica y anglicana. Chesterton no era un filósofo ni un teólogo católico. Por lo tanto, no fueron las refutaciones superficiales y ligeras que él escuchaba sostener entre los miembros de los clubes, sino que lo motivaba a polemizar el método, las ideas o contenidos filosóficos y religiosos que sostenían y que llegaban de la mano de algunos herejes que no eran ingleses. También polemizaba acerca de las iglesias protestantes, que se hallaban en una muy peligrosa situación, al haber incorporado a los contenidos dogmáticos y morales de la crítica teológica. Por otro lado, el hecho de que los sacerdotes católicos como el P. Noel y otros que fue conociendo, se veían como mejor formados y preparados, filosófica y teológicamente que los contertulios que frecuentaban los clubes y se burlaban sarcásticamente de ellos (8).
Si bien Chesterton seguiría aun pensando que el cristianismo era un mito o una superstición, estos hechos que percibió del ambiente de los clubes ingleses, que solía frecuentar, comenzaron de la mano del padre Conrad Noel a golpearlo fuertemente. En la indagación de esas realidades, comenzó su camino a la conversión, sin que lo motivara, en principio, ninguna razón dogmática o doctrinal. Le dolía ver a una Inglaterra cultural y religiosamente reducida a las ciencias de la naturaleza y al mercantilismo pragmático. Años después, su amigo Hilaire Belloc confirmará sus intuiciones en sus largos diálogos cotidianos, y en el libro que va a dedicar a Gilbert Chesterton en 1934, titulado la “Historia de Inglaterra”. El trabajo de Belloc ratificó lo que Chesterton de alguna manera percibía. Recordó, entonces, cuando aquel compañero del colegio San Pablo le señaló, caminando por la ciudad de Londres, que a ellos les habían enseñado religión unos agnósticos.
Así, Chesterton empezó a considerar dos Inglaterras: una la que fundó el Imperio Romano y luego, cuando el Imperio se convirtió oficialmente al cristianismo, la Inglaterra Católica; la otra Inglaterra, la que comienza a aparecer con el advenimiento de la Reforma y la Iglesia Anglicana, en el siglo XVI. Cuando Belloc se plantea la historia de Inglaterra, según el mismo lo expresa, “debe, ante todo, aclarar el «cómo» y el «por qué»” y agrega: “La misión de la Historia es enseñar a la gente cómo Inglaterra ha llegado a ser lo que es, de cómo vino, y cómo se hizo el país, de que forma parte y que causas motivaron los cambios de una fase a otra, hasta el comienzo de nuestra propia época” (9). Lo que Chesterton percibió –y luego Belloc lo confirmó– fue ese pensamiento, es decir, el paso de la Inglaterra Católica a la Inglaterra Anglicana. Y no olvidemos que el cambio de una religión a otra supone el cambio de una cultura.
Si bien el libro de Belloc se editó en 1934, es decir dos años antes de la muerte de Gilbert, su amistad con él lo transformó en su cotidiano asesor histórico, y permitió que Belloc le dedicara a Gilbert su libro con una escueta dedicación en latín: Idem sentire de republica (10). Esta comunión de sentimiento sobre Inglaterra le abrió a Chesterton el camino para su futura conversión. Y como lo que iba descubriendo del catolicismo lo transformaba en profunda convicción, le permitió hablar y escribir como católico, aunque aún no estuviera aún incorporado a la Iglesia Católica. La razón no fue especulativa. Chesterton aguardaba que antes se convirtiera su esposa (11), quien siempre le dio el espacio ideal para polemizar con los herejes. Así, en 1905, publicó justamente Herejes, y allí habló sobre Nietzsche, Shaw, H. G. Wells, entre otros. Fueron cuarenta y siete personajes con quienes polemizó tanto en este libro como en Ortodoxia (de 1908).
—————————————————————————————-
- Cfr. Chesterton; Autobiografía; Edit. Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1969; pág. 148
- Ib., p. 145
- Ib., p. 153
- Ídem
- Ídem
- Ídem
- León XIII, encíclica Aeternis Patris, edit. Editrice Vaticana, 4 de agosto 1879
- Cfr. Autobiografía, p. 149
- Belloc, H; Historia de Inglaterra; edit. La nave, Madrid, 1934
- Esta expresión, originalmente de Cicerón, se traduce como: “Tener el mismo pensamiento sobre los asuntos públicos» (N. del R.)
- Aunque finalmente fue Chesterton quien dio primero el paso y se convirtió a la Iglesia Católica Romana en 1922. Ella no lo hizo de inmediato. Frances fue recibida formalmente en la Iglesia Católica el 1 de noviembre de 1926, cuatro años después que su marido (N. del R.)






