MAGISTERIO DEL FUNDADOR (V)
Homilía de la Santa Misa celebrada en la Casa de Formación Aquinas (2ª edición, San Miguel de Tucumán, 1986) con ocasión del cierre del año académico.
VOCACIÓN AQUINATENSE
Nadie puede poner otro cimiento que no sea Cristo Jesús, sobre el cimiento del Señor construimos la Ciudad, y nadie pretenda traicionar esta fundamentación ni tergiversar su sentido. Construimos sobre el Señor y eso es lo único que importa. Poco interesa después lo que podamos asentar en el cimiento. La Ciudad crecerá e irá creciendo afirmada en el corazón de cada uno de nosotros. No hay otro modo de hacer presente a Cristo cimentado en nuestra Ciudad Miliciana que no sea haciéndolo vivir de un modo consciente y creciente en nuestros corazones.
Cada uno de nosotros somos responsables de la Ciudad, cada uno la sostiene con la fuerza de su espíritu y sostenida en la intimidad de su corazón, cada uno con la generosidad de su entrega ira construyendo.
Allí no hay acepción de personas porque lo único que el Señor busca es nuestro corazón, es nuestro amor y entonces entiendo que en el apocalipsis el Apóstol nos diga que veía cielos nuevos y tierra nueva (cfr. Ap 21,1).

Construyendo la Ciudad en nuestros corazones, abiertos a la fe del único Dios que salva, ninguna adversidad podrá voltearla, por difícil que sean las circunstancias, la Ciudad se mantendrá inhiesta, levantada, sobreelevada; será nuestro fervor, será nuestro amor, será nuestro esfuerzo, será nuestra entrega, lo que hará viva y permanente la Ciudad del Señor en medio de los hombres.
Esta Jerusalén que nos alegra cuando la descubrimos en la Ciudad del Señor a donde hemos sido convocados y dentro de la Ciudad este pequeño reducto que es el Aquinas; este pequeño colegio que se muestra como una pequeña semilla de mostaza que irá creciendo a través de los tiempos hasta convertirse en un frondoso arbusto que de sombra a los corazones agobiados de los peregrinos de la Ciudad. Aquí lentamente va creciendo el fermento de la Ciudad Miliciana, es invisible, pero está, no me pidan que lo muestre o lo describa, porque sabemos que todos lo conocemos y percibimos, sabemos que aquí está el espíritu del Señor, insuflando la fuerza nueva para que de aquí se puedan transfigurar los cielos y la tierra.

Esa es nuestra vocación y el Aquinas tiene esta misión transfigurante de la realidad, nosotros decimos que “nuestra Ciudad se construye allí donde se debate la realidad del hombre, de su tiempo, de su historia”. Allí queremos estar nosotros, no como signo de transformación, no nos importa transformar las cosas, en todo caso nos importa transfigurarlas, y desde allí con la fuerza de este Espíritu del Señor, que año a año convoca a algunos a esta vocación de servicio en la “caridad de la verdad”, desde allí ha de surgir la fuerza transfigurante del espíritu de Ciudad en la ciudad. Y entonces nosotros transfiguraremos, no tanto por el poder de un talento o una inteligencia -que podría llevarnos al pecado de la presunción o la soberbia-, transfiguraremos por que seremos capaces de trasmitir, desde la humildad de nuestro corazón, la presencia viva del Espíritu del Señor que hemos sabido albergar en este año de aquinate.
El Espíritu del Señor, que nos tiene que haber hecho amar la verdad de Dios sobre toda otra verdad, nos tiene que haber dado la fuerza interior para poder proyectar esa verdad como luz permanente que transfigura toda otra realidad, en la medida que sean capaces de acercarla a la verdad de Dios.
Este Espíritu del Señor que nos enseñó a percibir que esta verdad de Dios no es una verdad de la razón, tampoco una simple verdad del corazón, es una verdad de Dios que se manifiesta y se expresa como signo sacramental, como realidad visible e invisible que está y no está, que no termina de entregarse porque siempre hay una expectativa escatológica a donde esta verdad nos lleva cuando se manifiesta como signo de salvación, como sacramento, como verdad santificante.
Este Espíritu de Dios que nos hizo percibir esa verdad de Dios se nos comunica como expresión del culto a Dios, porque no hay otro modo más excelente y más exquisito con que yo pueda relacionarme con Dios que no sea el de darle culto. Culto en el interior de nuestros corazones, culto en la oración confiada, vacilante y perseverante de nuestro balbuceante lenguaje hecho en lo recóndito del corazón, cuando cerramos la puerta de nuestra alcoba. Pero también oración expresada públicamente cuando sentimos esta suerte de vocación gratuita de pertenecer a la Ecclesia, al Cuerpo Místico del Señor, a la Asamblea de los que creen, de los que aman, de los que esperan.
Verdad de Dios que es cultual y que santifica como signo, no salva simplemente como idea, como concepto.
El Espíritu de Dios que además nos hizo descubrir que esa verdad nunca se entrega como gracia de salvación, sino en una comunidad, porque es una verdad que salva en comunión, nos ha hecho descubrir aquí en el Aquinas, que no podemos salvarnos si no es insertos en una común-unión de hermanos que sienten lo mismo, que esperan lo mismo, que quieren lo mismo.
Que este Aquinas, que esta vocación aquinatense sirva para darle fuerzas a toda la Ciudad Miliciana y ustedes que terminan la tarea y se incorporan a sus rucas, llevan esta misión permanente e irrenunciable que no podrán desvirtuar por ningún motivo, porque dice el Evangelio que al que más se le da, cuando traicione todo lo se le dio se le va a quitar (cfr. Mt 25,14-30; Lc 12,48) y entonces ustedes tendrán que hacer que estos talentos de gracia y de misericordia de Dios fructifiquen en el misterio de la fe.
Entregados con humildad, con amor, con caridad, con actitud de servicio para que puedan ser fieles a la consigna permanente de nuestra Ciudad Miliciana “Vale quien sirve”, que aprendieron a decir cuando eran muy niños en los campamentos de escuderos, y “Servir es un honor”, que siguieron diciendo después en el paso de los días, tendrán que mostrar con sus vidas y su fidelidad que esto que proclamaron de niños y de adolescentes ha pasado a ser en ustedes una consigna definitiva.
¡Que así sea!
(Aclaración: se realizaron 3 ediciones del Colegio de Formación Aquinas en San Miguel de Tucumán, entre los años 1985 y 1987, que duraron un año lectivo universitario, y luego 2 de menor extensión, en Buenos Aires y en San Martín de los Andes).
Una cura de Juan Carlos Bylik






