Perú es un país donde la pobreza todavía existe, sobre todo en las regiones andinas y amazónicas, donde la democracia es frágil, la educación no ha llegado a todo el territorio nacional, la asistencia médica es deficiente o casi inexistente en las regiones más altas y remotas, hay mucha corrupción y demasiada polarización en la política, y es necesario reforzar el cuidado de nuestra casa común.
El Papa encontrará una nación con sus sufrimientos, pero también con sus esperanzas, donde la fe y la piedad popular son fuertes, donde se viven la solidaridad entre los más pobres y la resiliencia; aquí la gente no afronta pasivamente las dificultades y los problemas, sino que busca más bien mirar hacia adelante y construir un camino de desarrollo a través de la solidaridad. La llegada del Pontífice ha generado alegría y esperanza en todas partes y, aunque hay diferencias en el país, en este momento Perú está unido; como una gran familia que espera al Papa, un hermano, alguien que conoce su realidad y al mismo tiempo es el Vicario de Cristo. Todos quieren escucharlo, desean su bendición para sus familias, su trabajo y su futuro.
¿En qué ámbitos específicos ha desarrollado la Iglesia su actividad pastoral?
La Iglesia está presente en las periferias geográficas y existenciales, acompaña a quienes sufren, da voz a quienes no la tienen, se hace oír en la sociedad y está promoviendo el camino sinodal. Nos comprometemos para que la Iglesia escuche y dialogue más, esté más abierta a lo que el Espíritu Santo sugiere y dé más espacio a los laicos, a los jóvenes.
Cada día, la Iglesia se compromete en una evangelización integral y se esfuerza por reforzar la enseñanza de su Doctrina social. Los obispos se reúnen dos veces al año en Asamblea para reflexionar juntos, decidir qué hacer, intercambiar opiniones y transmitir un mensaje sobre la vida social, la pastoral, la liturgia y la catequesis. En resumen, buscamos renovarnos para responder a los desafíos del tiempo con el Evangelio y la Doctrina social de la Iglesia.
Sin duda, las palabras del Papa, su visita y los acontecimientos que viviremos con él nos darán un nuevo impulso. Estamos llamados a desarrollar un programa misionero y pastoral completo en respuesta a las realidades que nos interpelan, como la migración, la pobreza y la corrupción, pero también la solidaridad. La presencia del Pontífice será importantísima, porque él es nuestro pastor, nuestra guía, y nos ayudará a estar unidos, a orientarnos hacia el bien común y la construcción de la paz con justicia, a mejorar la formación de sacerdotes, obispos y laicos, y a ser una Iglesia cercana a todos, pobre para los pobres, atenta a la Creación.
¿Cuál es hoy la relación de los laicos con la Iglesia en Perú?
Ante todo, existe una gran devoción popular que se expresa de diversas maneras, pero esta devoción es algo que une a las personas en todo el país. Por ejemplo, en el sur, se celebran grandes procesiones o peregrinaciones una vez al año, aunque muchos de los que participan en ellas no van a Misa todos los domingos. Para los peruanos, la Iglesia es una institución en la que tener confianza, sienten su cercanía, aprecian su obra social, en particular en el ámbito de la educación y de la sanidad.
Sobre todo, la ven como un lugar de escucha, esperanza y oración, que promueve el sentido de familia y de pertenencia a la comunidad. Aunque el ideal al que aspiramos no siempre corresponde a lo que realmente somos y, en algunos casos, en las redes sociales circulan contenidos negativos que influyen negativamente en el pensamiento de los individuos, tenemos la esperanza de poder progresar. Por lo tanto, es esencial cultivar el pensamiento crítico y el compromiso con la fraternidad y la solidaridad.
La mayoría de las personas cree en la Iglesia, a pesar de sus carencias, escucha y aprecia sus enseñanzas y, en muchos lugares, participa en las celebraciones religiosas anuales, vistiendo ropa tradicional, cantando, bailando o de otras maneras. Es evidente que las personas tienen una relación con Dios y se comprometen en actividades de voluntariado, pero la oración sigue siendo insuficiente y es necesario intensificarla y profundizar la comprensión de la opción preferencial por los pobres y la solidaridad hacia ellos, así como el cuidado de la casa común.
Usted es originario de la provincia de Cotabambas, una de las tres provincias altas de Apurímac, donde a finales de los años 60 llegaron los misioneros agustinos italianos. Hoy, ¿qué etapa está viviendo esta región?
En los Andes de Apurímac, a 3.000-3.500 metros sobre el nivel del mar, los agustinos italianos llegaron en un período muy difícil: había terrorismo, y se dedicaron totalmente a los pobres, a la educación de los niños, a garantizar, en la medida de lo posible, el acceso a la asistencia sanitaria y al desarrollo humano integral. Hicieron muchísimo. Hoy las cosas han cambiado; sí, ha habido progresos, las carreteras han mejorado un poco.
Ahora nos concentramos principalmente en ayudar a los ancianos porque los jóvenes se trasladan a las ciudades y muchos se quedan solos; además, son necesarios otros tipos de servicios y programas sociales para el desarrollo humano. La sociedad peruana ha cambiado; estamos progresando tecnológicamente, pero falta humanidad y sentido de comunidad; hay más egoísmo. Hoy, sobre todo en las ciudades, las personas tienen una casa, a veces un automóvil, pero están perdiendo su vida social, su sentido de comunidad; se están aislando. Falta solidaridad y colaboración por el bien común.
Debemos comprometernos para que las nuevas tecnologías, que también son positivas, no dividan ni alejen a las personas, puesto que conllevan riesgos, como afirmó León XIV en Magnifica humanitas. Todavía hay mucho por hacer en Apurímac, persiste el problema de la asistencia sanitaria, que no llega a todos; la educación todavía no está a un nivel óptimo; son deficientes los servicios de apoyo para los ancianos, persisten fuertes desigualdades sociales y faltan oportunidades de trabajo.
Monseñor Estrada Herrera, usted es un religioso agustino y su vocación nació precisamente en Apurímac. ¿Cómo maduró?
Mi familia es muy católica; mis padres iban a Misa todos los domingos y me transmitieron su fe. Además, donde vivía, estaban los misioneros agustinos, los únicos encargados de la atención pastoral en la zona. Una vocación es una llamada. Sentía en mi corazón que algo estaba sucediendo, así que pedí ayuda a los frailes agustinos y a otros para tratar de comprender. También recé mucho para comprender cuál era mi camino. Los agustinos fueron para mí un espejo, un ejemplo, también para todos.
Observaba su trabajo, los escuchaba predicar, los veía ayudar a muchas personas, anunciar el Evangelio y estar al lado de los más pobres. Esa manera de dedicar su vida a la misión, de entregarse completamente a los demás, me inspiró, así que pensé que quizá podría hacer lo mismo, y entonces recé, mi madre rezó, mi familia rezó. Decidí, por tanto, entrar en el seminario y, gracias a Dios, con la ayuda de muchos agustinos, muchos italianos, familiares y amigos, continué mi camino. También León XIV me ayudó mucho en el discernimiento.
Monseñor Estrada Herrera, usted conoció al hermano de congregación Robert Prevost en Trujillo, ¿qué recuerda de aquellos años?
Cuando entré en el seminario, después de los estudios de filosofía, en Apurímac, apenas terminado el noviciado, fui a Trujillo para estudiar teología. Era 1996/97 y, en aquel entonces, el padre Prevost era el responsable de la formación. Recuerdo que éramos muchos —de Iquitos, Chulucanas, Piura, Cuzco, de varias partes de Perú— estudiando, profundizando cada uno en su propia vocación. El padre Prevost fue mi profesor y director de estudios y también lo vi comprometerse como párroco. Era como un hermano para mí —porque formábamos parte de la misma comunidad—, un amigo, una guía. Sobre todo, siempre sabía escuchar.
Se interesaba por cómo estaba, por lo que tenía que decir. Y recuerdo en particular su paciencia. Juntos visitamos varias ciudades del país. Nos exhortaba a ser buenos misioneros, buenos párrocos y hermanos. Se preocupaba por el bienestar general de los seminaristas. Muchos se fueron, quedamos pocos, gracias al apoyo que recibimos, al estímulo a la oración, al estudio y al trabajo pastoral. Prevost siempre animaba a todos.
¿Cuál es la enseñanza más valiosa que recibió del hermano de congregación Prevost?
Ante todo, la enseñanza agustiniana que anima a cultivar la vida interior y la oración. La oración que conduce a encontrar a Dios, no solo en la búsqueda personal, sino también en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en los presos. Prevost era una persona que escuchaba sin prejuicios y que siempre buscaba el bien de todos. Pero la lección más importante era la que repetía siempre a todos: dondequiera que vayáis en misión, no llevéis a Dios, sino encontrad a Dios en las personas más pobres.
Hoy, ¿dónde y cómo está comprometida la familia agustiniana en Perú, la masculina y la femenina?
Nosotros, los agustinos, estamos presentes en Cuzco, en Apurímac, en Lima, Trujillo, Chiclayo, en la Selva, en Iquitos, en la Amazonía, en Chulucanas y en Piura. En Perú tenemos una provincia y tres vicariatos, y también hay religiosas que siguen la Regla de San Agustín comprometidas en diversas localidades. Somos muchos. A veces nos reunimos todos.
También trabajamos juntos y colaboramos. Las monjas agustinas se dedican principalmente a la educación; están al lado de los pobres y de los huérfanos y están involucradas en el trabajo pastoral y en diversos proyectos sociales.
Usted es secretario general del CELAM, el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño, y por tanto tiene una mirada amplia sobre los países que visitará León XIV, es decir, Uruguay, Argentina y Perú. ¿Cuál es el clima de espera?
Las personas están muy felices, emocionadas y llenas de esperanza por la visita del Papa. En Uruguay y en Argentina hay un gran entusiasmo; se están preparando con mucha fe, con la oración y a través de programas e iniciativas sociales. Hay efervescencia, alegría, en resumen.
La visita del Papa es un bien para todos, creyentes y no creyentes. Aquí en América Latina se sienten muy cercanos a León XIV, como demuestran las fotos que retratan a Prevost cuando vivía en Perú entre la gente de Chiclayo y de otros lugares y que han dado la vuelta al mundo. Para los latinoamericanos, el Papa es uno de ellos, alguien que ha recorrido sus calles, incluso en las zonas más difíciles, alguien que conoce su realidad y su cultura y aprecia y disfruta la cocina local.
¿Cómo se ha preparado la Iglesia para la visita del Papa?
Se han organizado diversos encuentros en varios países. En Perú, por ejemplo, se constituyó una Comisión Nacional, compuesta por obispos, laicos y comisiones diocesanas, que ha trabajado en la liturgia, la logística y la organización a varios niveles.
También nos estamos preparando espiritualmente; hemos profundizado algunos discursos del Papa, la Exhortación apostólica Dilexi te y la Encíclica Magnifica humanitas, para comprender mejor su pensamiento y su mensaje, lo que está diciendo a la Iglesia. Además, la Conferencia Episcopal Peruana ha publicado varios materiales de apoyo para la reflexión y la preparación.
Monseñor Estrada Herrera, personalmente, ¿cómo está viviendo este momento de espera?
Es una emoción profunda, indescriptible, algo que solo se puede experimentar. Creo que el Papa está volviendo a casa, a su pueblo, e imagino que su corazón rebosa de alegría.
Al mismo tiempo, me vienen a la mente los caminos que hemos compartido, cuando yo era seminarista, durante mi formación sacerdotal y después como obispos. Estoy tan feliz de poder encontrarlo de nuevo, de sentir en él la voz de Dios que nos dice cómo afrontar los desafíos de hoy en América Latina, cómo escuchar y responder al grito de la tierra y de los pobres, cómo promover la unidad a todos los niveles y cómo ser constructores de paz y de desarrollo humano integral.
Biografía de Monseñor Lizardo Estrada Herrera
Primeros años y educación
De origen quechua[2], nació el 23 de septiembre de 1973 en el distrito y provincia de Cotabambas, en la Región Apurímac del Perú. Cursó sus estudios en el Colegio San Martín entre 1980 y 1985 y en el Colegio San Agustín de Cotabambas entre 1986 y 1990. Estudió filosofía en el Seminario Nuestra Señora de Cocharcas de Abancay entre 1991 y 1993 y teología en el Seminario San Carlos y San Marcelo de la Arquidiócesis de Trujillo entre 1997 y 2000.
Estrada Herrera emitió sus primeros votos en la Orden de San Agustín el 16 de mayo de 1998 y realizó su profesión solemne el 27 de mayo de 2001. Fue ordenado sacerdote el 7 de agosto de 2005 en la catedral del Señor de la Exaltación de Chuquibambilla, Apurímac.
Obtuvo una licenciatura en teología moral en la Pontificia Academia Alfonsiana de Roma, donde estudió entre 2001 y 2003. Estudió pedagogía en el Instituto Juan Pablo II de Trujillo entre 2006 y 2007 y obtuvo una licenciatura en educación por la Universidad Católica de Trujillo en 2009. También obtuvo doctorados en educación en el Perú y en teología pastoral por la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia. En 2020 realizó un curso sobre doctrina social de la Iglesia y pastoral social en el Centro Bíblico Teológico Pastoral para América Latina y el Caribe del CELAM.
Sacerdocio
Después de su ordenación sacerdotal, se desempeñó diversos cargos pastorales, educativos y administrativos en el Perú. Entre 2004 y 2005 fue profesor del Instituto Superior Pedagógico de Tambobamba, en Apurímac. Entre 2005 y 2006 fue vicario parroquial del Señor de la Exaltación en Chuquibambilla, ecónomo de una comunidad agustiniana y profesor de religión en el Colegio Túpac Amaru de Cusco. Entre 2006 y 2009 fue profesor de teología moral en el Seminario Arquidiocesano San Antonio Abad de Cusco.
Monseñor Estrada Herrera también se desempeñó como profesor de ética filosófica y formador de novicios en el Seminario Agustiniano Fray Diego Ortiz, vicario parroquial de Santa Rita de Casia y director ejecutivo del Hospital Santa Rita de Cusco. Entre 2013 y 2016 fue vicario regional y superior mayor de los Padres Agustinos del Vicariato de San Agustín de Apurímac. Entre 2013 y 2017 fue prior del Convento Agustiniano Fray Diego Ortiz y promotor y director general del Colegio San Agustín de Hipona de Cusco.
Monseñor Estrada Herrera Entre 2015 y 2018, fue miembro del Consejo Presbiteral y del Colegio de Consultores y se desempeñó como vicario episcopal para la Vida Consagrada de la Arquidiócesis del Cusco. Fue párroco de Santa Rita de Casia en Cusco entre 2017 y 2018. Posteriormente se desempeñó como vicario episcopal para la Vida Consagrada de la Arquidiócesis de Trujillo y presidente de la Federación de Agustinos de los Vicariatos del Perú.