Un lazo indisoluble bajo el manto de la Virgen: Fasta acompañó la fiesta del Rosario en el Convento de Santo Domingo

Nelson Santillan

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En una jornada de intensa devoción en la ciudad de Buenos Aires, Fasta acompañó a los frailes dominicos en la tradicional festividad mariana. La celebración renovó la histórica memoria del impulso apostólico del padre Aníbal Fosbery, quien acompañó el retorno de las procesiones del Rosario en Tucumán y en la capital del país, y puso de relieve una devoción secular que atraviesa la historia universal y patria.

En una jornada marcada por la devoción y el fervor comunitario, la ciudad de Buenos Aires celebró la fiesta de la Virgen del Rosario en el histórico convento de Santo Domingo. La comunidad de Fasta dio el presente y acompañó con entusiasmo a los frailes dominicos en esta festividad tan significativa para la identidad y la espiritualidad de la institución.

La Santa Misa fue el centro espiritual de la jornada. Presidida por el prior del convento, Fr. José María Cabrera OP, la eucaristía contó con la concelebración del Pbro. César Garcés, Presidente de Fasta, en un claro signo de fraternidad y comunión entre la Orden de Predicadores y la familia de Fasta. Durante la homilía, se destacó la figura de María como guía protectora y el valor del Santo Rosario como oración viva y arma espiritual para afrontar los desafíos de los tiempos actuales.

Al término de la celebración eucarística, los fieles salieron a las calles aledañas al templo en una emotiva procesión. Entre cantos, oraciones y pancartas, la imagen de la Virgen del Rosario recorrió el barrio de Monserrat custodiada por frailes, miembros de Fasta y numerosos vecinos que se sumaron a dar testimonio público de su fe.

Un corazón incondicional para la Madre de Dios

Esta fiesta cobra una resonancia aún más profunda al recordar el amor entrañable que el fundador de Fasta, profirió siempre a la Santísima Virgen. La participación activa de Fasta en estas manifestaciones públicas de fe no es un hecho aislado ni casual, sino el fruto maduro de una huella trazada por su fundador a lo largo de décadas de servicio pastoral.

Así lo rememoró el propio Fr. José María Cabrera OP durante los funerales del padre Fosbery al destacar la permanente fidelidad del Padre Aníbal a la Iglesia y su singular devoción mariana:

«Fray Aníbal fue siempre fiel a las enseñanzas y a las directivas de la Iglesia y es una característica también de él… La última que yo señalaría es la devoción especial a la Virgen del Rosario. En el año ’89, estando yo en Tucumán, propuse hacer la procesión de la Virgen por las calles de Tucumán. Hacía 20 años que no se hacía. Los frailes no se opusieron pero tampoco apoyaron. Aníbal no estaba en la reunión, estaba en El Corte. Pero hablando con él, me animó a lanzarme a lo que yo temía que pudiera ser un fracaso, y el mismo Aníbal vino con parte del Colegio Boisdron, con Fasta, para acompañar esa primera procesión que fue un éxito hasta el día de hoy».

Fr. José María Cabrera recordó además cómo esa misma audacia apostólica y ese fervor misionero se replicaron años más tarde en las calles porteñas:

«Aquí en Buenos Aires hacía más de 50 años, por lo menos, que la Virgen del Rosario no tenía procesión por la calle y comenzamos esa procesión en el año 2011. En este caso también fray Aníbal fue entusiasta con esta procesión y él mismo vino con los chicos del Catherina y acompañó desde un primer momento esa procesión. Y esa foto hermosa que pusimos en el Facebook del Convento de fray Aníbal al lado de la Virgen coronada con la corona pontificia —la Virgen del Rosario de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires— muestra en realidad una condición del corazón de Aníbal, que es su incondicionalidad para la Madre de Dios, para la Virgen del Rosario».

Orígenes de la devoción: Santo Domingo de Guzmán y la mística del Rosario

Para comprender en toda su magnitud el significado de esta festividad, es preciso remontarse a los orígenes mismos de la advocación de la Virgen del Rosario, íntimamente ligada a la fundación de la Orden de Predicadores en el siglo XIII.

Según la tradición histórica de la Iglesia, en el año 1208, Santo Domingo de Guzmán se encontraba en el sur de Francia intentando combatir las doctrinas cataras y albigenses que amenazaban la integridad de la fe en la región de Languedoc. Apesadumbrado por la escasez de frutos apostólicos frente a la expansión de la herejía, el santo castellano se retiró a la oración profunda en el bosque de Boulogne, cerca de Toulouse.

Fue allí donde la Santísima Virgen se le apareció, sosteniendo en sus manos el Santo Rosario. La Madre de Dios le reveló esta oración como un «arma celestial» y la medicina espiritual para sanar las almas y convertir los corazones descarriados. Le encomendó predicar la meditación de los misterios de la vida, muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo, combinada con la recitación del Salterio de la Virgen (compuesto por el Ave María y el Padre Nuestro).

Santo Domingo abrazó esta revelación como el eje central de su predicación. La Orden de los Frailes Dominicos asumió desde sus inicios la misión de propagar esta práctica, convirtiéndose en los custodios históricos y divulgadores por excelencia del Santo Rosario en todo el orbe católico.

Lepanto y la institución universal de la fiesta

El acontecimiento histórico que consolidó la devoción a nivel universal aconteció en el siglo XVI. Ante la amenaza del Imperio Otomano sobre la cristiandad europea, el Papa San Pío V —religioso dominico— promovió la formación de la Liga Santa y convocó a toda la Iglesia a rezar el Santo Rosario por la salvación del continente.

El 7 de octubre de 1571 se libró la célebre Batalla de Lepanto en el golfo de Patras. A pesar de la inferioridad de condiciones materiales, la flota cristiana obtuvo una victoria decisiva. En ese mismo instante, San Pío V, por revelación divina, tuvo conocimiento del triunfo naval en Roma y atribuyó de inmediato el milagro a la intercesión de la Santísima Virgen invocada a través del Rosario.

En gratitud por esta intervención celestial, el Pontífice instituyó la fiesta de «Nuestra Señora de las Victorias», fijando su celebración el 7 de octubre. Poco tiempo después, su sucesor, el Papa Gregorio XIII, modificó el nombre de la festividad a su denominación actual: Fiesta de Nuestra Señora del Rosario.

La Virgen del Rosario en la historia argentina: Reconquista y Defensa

En el suelo argentino, la advocación del Rosario hunde sus raíces en los albores mismos de la evangelización criolla. Con la llegada de los primeros frailes dominicos al Río de la Plata a finales del siglo XVI y la posterior construcción del convento de Santo Domingo en Buenos Aires, la devoción mariana impregnó profundamente la identidad cívica y religiosa de la ciudad.

La imagen que hoy preside el altar del convento porteño posee una significación patriótica excepcional. Durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, el templo de Santo Domingo se transformó en un baluarte decisivo de la resistencia. En el marco de la Reconquista y posterior Defensa de Buenos Aires frente a las tropas británicas, Santiago de Liniers y los jefes criollos encomendaron el destino de la patria naciente al patrocinio de la Virgen del Rosario.

Tras la rendición de los invasores, las banderas capturadas a los regimientos británicos fueron depositadas a los pies de la imagen de la Virgen en el Convento de Santo Domingo, donde permanecen custodiadas hasta el día de hoy como testimonio histórico del amparo de la Madre de Dios en las horas más aciagas de la patria. Por esta razón, la sagrada imagen es venerada bajo el título de Nuestra Señora de la Reconquista y Defensa de Buenos Aires y fue coronada pontificiamente en 1908 con la presencia de las más altas autoridades eclesiásticas y civiles de la Nación.

Una tradición viva que se renueva

La historia de la Virgen del Rosario no es un capítulo cerrado del pasado, sino un torrente vivo que sigue moldeando la vida de la Iglesia en el presente. La iniciativa impulsada por Fr. José María Cabrera junto al Padre Aníbal Fosbery en 1989 en Tucumán y en 2011 en Buenos Aires —al devolver las procesiones marianas a la vía pública— inscribió un nuevo capítulo en esta rica tradición secular.

La jornada vivida hoy en Monserrat reafirma una vez más los lazos históricos y espirituales que unen a la Ciudad de Buenos Aires y a la familia de Fasta con la tradición dominicana. Al caminar tras las huellas de la imagen coronada, los fieles renuevan su compromiso apostólico al amparo de la Santísima Virgen, perpetuando el legado de incondicionalidad y amor mariano que el Padre Fosbery legó como sello distintivo a su obra.

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