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Por Juan Carlos Bilyk
Esta discusión ya lleva mucho tiempo. Vamos a tratar de aclarar el asunto, que es un problema más bien de tipo filológico (es decir, de la disciplina que estudia los textos antiguos y su contexto cultural), y de la pronunciación del Nombre divino, que proviene de otro idioma y otro tiempo.
La cuestión es así. Los judíos no pronunciaban el Nombre que Dios reveló acerca de Sí mismo a Moisés en el monte Horeb (cuya traducción es: “Yo soy el que soy”; Ex 3,14), por temor a transgredir el 2º mandamiento (el Nombre de Dios es sagrado). Ahora bien, cuando lo escribían ponían YHVH o YHWH (pero en letras hebreas, por supuesto, no esas que son latinas), a lo cual se denomina Tetragrámaton (de tetragrama = “cuatro letras”), que se refiere concretamente a las cuatro consonantes del nombre revelado. Esto se debe a que, en el hebreo bíblico, la escritura se compone de consonantes y no se escribían las vocales, aunque sí se pronunciaban al hablar (que no era el caso del nombre divino, del cual no decían ni las vocales ni las consonantes: no lo mencionaban). Más aún, el hebreo se escribe de derecha a izquierda (pero eso es solo un dato extra que no influye en lo que ahora queremos decir).
De esta manera, en los textos antiguos, e incluso en el Catecismo de la Iglesia Católica, el nombre sagrado de Dios aparece escrito únicamente con sus cuatro consonantes. Y por lo dicho antes, para no pronunciarlo, el pueblo de Israel se servía principalmente de distintas expresiones hebreas como Adonai (= “Señor”), Elohim (= “Dios”), etc. En el Nuevo Testamento, escrito originalmente en griego, tampoco aparece explícitamente Yahveh (ni mucho menos Jehová), sino la expresión griega Kyrios (= “Señor”).
Ambas formas de escribir el nombre revelado por Dios −Yahveh o Jehová− pretenden ser la fonetización del tetragrama. La de “Jehová” data alrededor del siglo VII d.C. Efectivamente, por aquel entonces, los maestros judíos (rabinos) de la escuela del Tiberíades, llamados “masoretas” (palabra que viene del hebreo masora = “tradición”) quisieron ponerles vocales a las cuatro letras de las Sagradas Escrituras porque al no pronunciarse el Nombre revelado, con el paso del tiempo, aumentaba cada vez más la confusión acerca de cuáles vocales le correspondían.
Tomaron entonces los masoretas las tres primeras vocales correspondientes a la palabra Adonai (A—O—A), y las entremezclaron entre las consonantes (Y—H—W—H). Además, cambiaron la primera “a” por la letra “e” por razones de fonética semítica (muy distinta a la nuestra). Y respecto a la última vocal de “Adonai” (la “i”), ya nos encontraríamos con otros problemas del tipo fonético y gramatical (lo cual obligaría a extenderse mucho aquí y apartarnos de lo que buscamos ahora). Pero la cuestión es que no se usó. En definitiva, se trató de una combinación o arreglo de dos palabras en una.
No obstante dicho trabajo de los masoretas, el nombre YHWH o YHVH seguía remplazándose en las lecturas principalmente por “Adonai” en hebreo, “Kyrios” en griego y “Señor” en español. Recién a partir del siglo XIV se comenzó por primera vez a leer el nombre sagrado del Tetragrama con las vocales que los masoretas le habían colocado según su ocurrencia, es decir, con nuestras vocales “E—O—A”, lo cual dio como resultado Yehovah (que en latín es con “j”: Jehovah, y en español Jehová). Esta versión más bien acomodaticia se extendió a la Cristiandad, e incluso a las ediciones de Biblias tanto católicas como protestantes. Así tenemos por ejemplo a Petrus Galatinus (fraile italiano, destacado filósofo, teólogo y orientalista del s. XV-XVI), quien difundió mucho el nombre «Jehová». Sin embargo, muchos hebraístas ya habían sospechado, desde siglos antes que Petrus, que «Jehová» no representaba la pronunciación original, discutiendo su exactitud.
Además, gracias al avance de los estudios filológicos y lingüísticos, en el siglo XX los exegetas bíblicos confirmaron, a partir de pruebas escriturísticas (bíblicas), que muchos de los nombres bíblicos llevan la forma corta de Yahveh (es decir: “Yah”). Por ejemplo: el nombre Elías, que en hebreo es El Yah (= “mi Dios es Yahveh”); Jeremías es Jerem Yah (= “sostiene Yahveh”); Isaías es Isa Yah (= “salva Yahveh”), etc. Otro tanto puede decirse de la exclamación litúrgica “aleluya”, que en hebreo es hallelú Yah (= “alabad a Yah”). Y así muchas más. Por lo tanto, la primera vocal difícilmente habría sido la letra ‘e’ de la forma Jehová, sino la letra “a”. Y respecto a la segunda vocal, al no haber precisión de cuál pudiera ser (y al no contarse con ninguna “pista” bíblica al respecto), se opta por la letra “e”, a partir de numerosos elementos combinados (transcripciones griegas antiguas, testimonios patrísticos, estudios comparados de lenguas semíticas, etc.).
De esta manera, la reconstrucción fonética más probable sería “Yavé” (no “Jeová”), y por eso conviene escribir “Yahveh” (y no “Jehová”). De hecho, es así como aparece tanto en la mayoría de las traducciones bíblicas contemporáneas como en los textos de teología. Aunque, por rectitud intelectual, debemos decir que no es un “tema cerrado” en filología.
Y por muy discutida que sea esta pronunciación y escritura del divino Nombre, o por muy conveniente que sea la expresión “Yahveh” (que lo es), la Iglesia —por respeto y sumisión al 2º Mandamiento— ordena expresamente que el tetragrámaton no sea usado ni pronunciado en celebraciones y textos de la liturgia. Por ello, cada vez que corresponda leerse en el culto sagrado el Nombre “Yahveh”, se lo sustituye por la expresión “Señor”.






