Dado que este año, el Papa León XIV en sus audiencias (catequesis papales) se viene refiriendo a los diversos documentos del Concilio Vaticano II, nos pareció oportuno presentar este precioso escrito del Padre Fundador referido a dicho Concilio. Pero fue con ocasión del 50º aniversario del Vaticano II, cuando el Papa Benedicto XVI proclamó “el año de la Fe”, y cuyos objetivos, aunque ya pasaron 14 años desde su culminación, siguen absolutamente vigentes.
A 50 AÑOS DE LA APERTURA DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II
Y EN EL INICIO DEL AÑO DE LA FE
Buenos Aires, 12 de octubre de 2012
En octubre de 1960 llegué a Roma para terminar mis estudios en la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino. A poco de llegar el entonces Papa Juan XXIII invitó a los clérigos de Roma a participar en una Eucaristía que él presidiría en la Basílica de San Pedro. Por supuesto que concurrí. Era la primera vez que iba a ver y escuchar al Sumo Pontífice.
Recuerdo muy bien su imagen. Sentado en la Cátedra Magistral apareció como un hombre anciano y retacón. Comenzó a hablar y explicar el por qué y el para qué del Concilio. En un momento dado hizo silencio y volvió a arrancar con una frase que hasta el día de hoy recuerdo. En un exquisito italiano, este anciano Papa tuvo el coraje de afirmar, ante una Basílica de San Pedro repleta de fieles clérigos que: “la Iglesia no es un museo de antropología”. No necesitó explicar el sentido de su afirmación. La historia misma de la vida de la Iglesia lo demostraba. Este iba a ser, una vez más, el desafío que los tiempos imponían al ya convocado Concilio Ecuménico Vaticano II.
Los Documentos Conciliares, promulgados por el Papa Pablo VI, iban a causar reacciones diversas en los fieles y aún en los hombres y mujeres que vivían alejados de la fe.
El impacto fue grande. Algunos pensaron que, con las propuestas que hacían los dos mil cuatrocientos obispos reunidos en ese cenáculo, se estaba cambiando la Iglesia. Optaron entonces por quedarse atrás, la Iglesia había estacionado en el Concilio de Trento y de ahí no se movía. Fue un error por defecto. Otros, llenados de un excesivo impulso sociológico y político, buscaron instrumentar los mensajes conciliares para que, de esa forma la Iglesia pudiera ser instrumento del cambio social, porque, afirmaban siguiendo a Harvey Cox en “La Ciudad Secular” que: “hoy hacer teología es hacer política”. Pero también aparecieron los que, actualizando su acto de fe en la misión que el Padre le encomendara al Hijo para la salvación del mundo, creyeron una vez más, como en los tiempos de la Iglesia primitiva, como en los tiempos de los Santos Padres, y de los siglos monásticos; como en los albores de la cristiandad medieval y de las órdenes mendicantes; como en los de la reforma protestante y los de la contrarreforma y la modernidad, que Cristo, el Señor, el Ungido de Dios, el Mesías es el que edifica día a día su Iglesia.
Creyeron y esperaron. Poco a poco fueron apareciendo los frutos del Concilio. Era la “primavera de la Iglesia” anunciada por Juan XXIII.
¿Y que mostró el Concilio con sus Documentos? Como dice nuestro Papa Benedicto XVI: “son, también para nuestra época, una brújula que permite a la barca de la Iglesia, navegar en mar abierto, en medio de las tempestades o de la calma, para llegar a la meta”. El Papa confesó que fue para él, sacerdote y joven profesor universitario: “una experiencia única. Pude ver una Iglesia viva (…) que se pone bajo la escucha del Espíritu Santo, verdadero motor del Concilio. Pocas veces en la historia se ha podido, como entonces, casi «tocar» concretamente la universalidad de la Iglesia en un momento de gran realización de su misión de llevar el Evangelio en todos los tiempos hasta los confines de la tierra”.
Si bien es cierto que el Concilio no condenó ningún error o doctrina contraria al Magisterio de la Iglesia, tampoco desconoció las condenas que, a lo largo de los siglos la Iglesia fue haciendo para salvar el contenido de la fe, tal como lo recibió de la Revelación. Este Concilio quiso más bien motivar una autorreflexión sincera y profunda de la Iglesia para, de esta forma, poder restaurar la comunión Iglesia-Mundo, convocando a todos los cristianos a la unidad. De esta manera, los Padres Conciliares mantuvieron la unidad del Magisterio eclesiástico. Al respecto señalaba Benedicto XVI: “El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de la fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. Más bien, se ha preocupado para que dicha fe viviéndose hoy, continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación”.
Cincuenta años después del Concilio, la Iglesia debe enfrentar las gravísimas consecuencias morales, sociales y políticas de una “cultura de la muerte” donde lo que siempre, en la conciencia común de los hombres y mujeres de buena voluntad se consideró un delito, hoy se promociona como un derecho. Estamos frente a una verdadera revolución cultural, fruto del secularismo profano y religioso de nuestros días.
Por eso, al igual que el Papa Pablo VI en 1967 convocó a un “Año de la Fe”, así también, Benedicto XVI convoca ahora a un nuevo Año de la fe y la nueva evangelización, “no para conmemorar unas efemérides, sino porque hay necesidad todavía más que hace 50 años”, de rescatar y transmitir a la sociedad contemporánea los grandes principios de la fe hecha cultura.
Los miembros de FASTA, militantes de la fe, ante el llamado de nuestro Sumo Pontífice debemos prepararnos en este Año de la fe para comunicar mejor a nuestros hermanos los contenidos del Reino de Dios, que ya está en medio de nosotros. Hay que mostrar el hacer y el hablar de Dios, viviendo la experiencia personal y comunitaria de la vida cristiana, en nuestras familias, agrupaciones, convivios, comunidades y obras apostólicas de FASTA.
Es providencial que FASTA haya surgido como obra de la Iglesia, contemporáneamente con el Concilio Ecuménico Vaticano II, hace ya 50 años en la festividad de Nuestra Señora del Santísimo Rosario. Peregrinos de esperanza, transitamos estos jubilosos 50 años junto con la Iglesia, y en el espíritu del Concilio, ayudemos con nuestro testimonio de laicos, sacerdotes y Catherinas a encontrar los modos y respuestas que pongan en relación salvífica, el mundo y Dios.






