El Fundador y una profunda reflexión el día que murió el papa Paulo VI

Nelson Santillan

MAGISTERIO DEL FUNDADOR (IV)

Con ocasión de la muerte del Papa san Pablo VI, el Padre Fundador expresó con sentidas palabras aquel difícil momento, en un artículo que escribió para el diario “La Gaceta” (San Miguel de Tucumán, 13/08/1978). Y dado que su contenido es atemporal, hoy mismo bien podemos tomarlo como enseñanza presente. Presentamos aquí unos extractos de su escrito.

TRES MEDITACIONES FRENTE A LA TUMBA DEL PAPA

“UNA HISTORIA ANTIGUA ES SIEMPRE NUEVA…”

Ha muerto Paulo VI: “Consternación en el mundo cristiano”. Ha muerto el Papa de la paz: “Reyes y Jefes de Estado han hecho llegar sus condolencias”; “Una impresionante multitud desfila ante la capilla ardiente”; “Hombres, mujeres y niños lloran su muerte”. Pareciera que las últimas palabras del pontífice no se hubieran cumplido: “La muerte de un Papa es como la de otros hombres…”. Algo ha ocurrido más allá de lo protocolar, para que todos los hombres perciban, en el dormirse de Paulo, un significado especial. El Papa ha muerto en Roma. No podía ser de otra manera. Y no por aquello de que “una historia antigua es siempre nueva porque se repite circularmente en una línea espiral interminable”. Roma es la ciudad Madre cabeza de la catolicidad. Allí se estableció el Pedro de las negaciones; allí apacentó el rebaño; allí lo crucificaron.

Dante no pudo sufrir el ver trasladada de Roma la sede de Pedro, y así se lamentaba: “¡Oh Roma que después de tantas glorias y triunfos has sido confirmada por Cristo como Cabeza del orbe, que has sido consagrada como Sede apostólica por la sangre de aquel Pedro y de Pablo el apóstol de las gentes; que ahora lloramos con Jeremías después de verla abandonada y desierta!… “(1). El Papa ha muerto en Roma y cómo dista hoy esa Roma de aquella a quien San León Magno pedía que aventajara a los demás pueblos en frutos de piedad, ya que había sido instruida por ¡el bienaventurado apóstol Pedro!

Sin embargo, el misterio sigue en pie. Pareciera como si Roma tuviera que cumplir un extraño destino. ¿Queda algo de aquellos magníficos vestigios del viejo Imperio Romano? ¿Qué de su derecho como signo y representación del Reino de la ley?… ¿Qué de esa estirpe romana que a Pablo le enorgullecía tener, no por compra sino por nacimiento? ¿Qué de ese gran imperio apoyada por los padres reunidos de las armas, las leyes y la razón? ¿Qué de esa pasión por combatir y juzgar, que consideraban como las únicas actividades dignas de un hombre libre? ¿Qué de sus desconfianzas al corrosivo inadvertido de la desintegración conceptual? ¿Qué de su heroicidad, entendida como holocausto voluntario de la vida por el bien de todos? El Papa muere en Roma como el capitán en la proa de su navío. Viene navegando desde lejos, desde los mismos orígenes. La estela de su paso no se cierra y en el tumultuoso navegar del tiempo, ha ido recogiendo serenamente el mensaje de todos los paisajes. Viene gritando en cada puerto su noticia. Su voz es una mezcla de memoria precisa, donde la historia se hace presente cierto, y de aguda conciencia para sensibilizarse en lo que pasa. En el horizonte de su navegación aguarda la esperanza. Las tormentas ni le cierran el paso ni le evitan navegar. Nunca ha descansado. En vigilia permanente recibe los embates, aguarda el vendaval, otea el horizonte. Tiene el rostro de todos los rostros: de los que fueron antes de él y de los que aguardan ser el de mañana. ¿Hasta cuándo? Hasta que aquel a quien anuncia vuelva. Mientras tanto en la Roma de Tiberio, sin Tebas, sin Atenas, sin Cartago, el Papa ha muerto y es como si el mundo se quedara por un tiempo sin un testigo válido para poder contarle su historia y hacerla sorprender con su mañana.

SUNT LACRIMAE RERUM (3)

“Las cosas mismas tienen sus lágrimas”. No se trata ya de plantear una actitud sentimental. ¿Qué quiso significar Virgilio en este hemistiquio? Oigamos al Cardenal Newman: “Sus palabras -las de Virgilio- y sus patéticos hemistiquios dan expresión, como la voz de la Naturaleza misma, el dolor a la melancolía, pero también a la esperanza de días mejores lo cual constituye en todo tiempo, la experiencia de sus hijos”. Hay aquí una expresión cordial, es decir acuñada en el corazón. Sólo el genio de la lengua latina pudo decir en solo tres palabras una realidad tan enjundiosa. La muerte del Papa nos hace conocer, recordar que las cosas tienen sus lágrimas. Es como si descubriéramos que de repente, se hace un mutismo esencial. ¿A quién recurrir para poder nombrar lo inefable? Tropezamos con la frontera de la limitación. Porque ya no se trata de querer escapar a este peso de lo trágico por los caminos del poder y del dominio. ¿Quién puede más que un Papa a quien se han confiado las llaves del más formidable de los reinos? ¿Quién puede tener mayor dominio sobre las cosas y sobre los hombres que aquel a quien se ha facultado para atar y desatar, absolver y condenar? Y sin embargo a él también se le quitan todas las cosas y se lo reduce en el polvo de los tiempos. Sic transit gloria mundi (“Así pasa la gloria del mundo»), dirían los antiguos; y esto también vale para quien, sin ser del mundo, estuvo colocado en lo más alto del mundo.

Abruma percibir esta crueldad de la existencia. Es una crueldad no ya sentimental sino ontológica. ¿Qué hacer? ¿Caer en la rebelión inútil? ¿No buscar al mundo, a las cosas, a la res, significa que se extienda más allá de la existencia de la cosa misma? En otras palabras, renunciar a las lágrimas y afirmar simplemente que la vida vale la pena vivirse; amar esta vida, rehusar la definición de la tierra como valle de lágrimas; no admitir que las lágrimas sean necesarias y bienhechoras, ni que el sufrimiento sea providencial. Quizá también en esto el sentimiento nos está jugando una mala pasada. ¡Qué verso amargo y trágico el de Virgilio y, sin embargo, qué lleno de verdad y de vida, de esencia y realidad! Las lágrimas son el único modo penitencial de redención. Cuando la humanidad entera llora la muerte de un Papa, es como si quisiera hacer un acto soberano de redención. Es como si percibiera en el más alto punto posible de la percepción una orfandad circunstancial y honda que la sume en la desolación. Porque a él, Vicario de Cristo dentro de los límites de las facultades humanas, le corresponde redimir, es decir, rescatar, liberar. Tomar sobre sí, no la culpa sino la expiación del error que resurge constantemente del pecado. Y allí están las lágrimas que, por miseria y debilidad, necesitamos que otro llore por nosotros. Las traiciones, las apostasías, las deserciones y secesiones, los cismas y decadencias, las matanzas y rebeliones que alguien debe pagar. Sunt lacrimae rerum. Cuando muere un Papa, lloramos porque ya no podemos llorar.

“SU ROSTRO RESPLANDECÍA COMO EL SOL…”.

Paulo VI murió el día de la Transfiguración (cfr. Lc 9,28-36). El hecho que la fiesta rememora, había sucedido en el monte Tabor que alcanza a tener unos 600 metros de alto y se encuentra a una distancia de seis u ocho días de camino desde Cesarea de Filipo. En esa oportunidad, Jesús eligió entre los desanimados discípulos a los tres predilectos: Pedro, Santiago y Juan; y los condujo al monte. Llegaron ya oscureciendo y muy cansados.

Los discípulos se acostaron a dormir. El Señor como era su costumbre comenzó a orar. De pronto, narra el evangelista Lucas, los rostros de los durmientes se iluminaron de vivísima luz. Abren los ojos y distinguen a Jesús con un aspecto absolutamente diverso del acostumbrado. Allí estaba él transfigurado entre ellos. Su rostro era radiante como el sol y sus ropas blancas como la luz. Pedro no resistió la tentación que le invadía, fruto de su asombro y propone a Jesús: “¡Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas”. El evangelista se apresura a explicar que Pedro, no sabía lo que decía porque estaba espantado. Después, la visión desapareció y las cosas volvieron a la normalidad de cada día.

También en Roma o más precisamente en el Vaticano, después de la muerte del Papa y de la elección de su sucesor, las cosas volverán a la normalidad de cada día. Sin embargo, ya algo muy anormal viene ocurriendo desde hace tiempo. Podríamos decir que una suerte de transfiguración en marcha. Una disposición de las cosas para dejar de ser lo que son y convertirse en otra. Si pudiéramos observar desde dentro el misterio de este proceso quedaríamos como los tres apóstoles, espantados, y seguramente cometeríamos el mismo error de Pedro, proponerle al Señor quedarnos. No podemos por ahora tener morada fija. Estamos en camino. Somos sustancia de tiempo, y gravita en nuestra existencia todo el peso del espacio. Tenemos que pasar. Lo difícil es poder descubrir cómo paso, a dónde paso, para qué paso. Quizá lo más inmediato pueda ser lograr la transfiguración de las cosas por el poder de la razón, de la ciencia, de la técnica. De alguna manera las cosas ya no son lo que son. Y el hombre transformando pasa y se transforma. ¡Qué bien estamos aquí! Dan ganas de quedarse en una mezcla de idolatría, necedad y espanto. Al despertar descubrimos que la humanidad es más grande que sus obras. Sus posibilidades reales son mayores que sus realizaciones, aun cuando sean inferiores, en todo un orden de infinitud, a la realidad de Dios y a su creación. Resuenan en el espíritu los bellos versos de Francis Thompson: “La enorme Babilonia es pura broma, si pretende llegar a la grandeza y enormidad de nuestro corazón babilónico”.

Este es el principio de la Transfiguración. 

  1. Dante; Epist. S
  2. Cfr. san León Magno; Sermón, 3, 14; PL 54; 147-148
  3. Virgilio; “Eneida”; L. I. 460

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