Por el padre Reneidi Kayembe, Kinshasa, 5 de octubre de 2026
A los cuatro años de su partida a la casa del Padre, me gustaría recordar hoy al fundador, nuestro querido Padre Fosbery.
En una homilía, el cura Fosbery repetía: «Quiero ver a Santo Tomás». Esta afirmación más que un fanatismo habla de un anhelo profundo de la vida eterna, del encuentro definitivo con aquello que uno ha amado y de la posesión de la visión beatífica.

El cura era un hombre de Fe. Su vida se puede resumir en una Fe profunda, en un abandono total y completo a la voluntad de Dios, en una obediencia radical a la voz de Cristo y eso uno lo entendía cuando lo veía rezar. Su oración era «Su» espacio; era su lugar de fortaleza y de descanso donde su alma volvía a levantarse y se encontraba con Jesús.
Fosbery era verdaderamente un padre. Esa palabra tomaba carne en él; era un padre atento, alegre, pendiente de todos y pronto a tenderle la mano a todos. Se daba cuenta inmediatamente cuando uno estaba triste y fingía que todo andaba excelente; podía percibir cuando uno se enrollaba y creía que estaba todo bien. No era ajeno a nadie. Todos le interesaban y eran sus hijos. Tan es así que decidió también viajar hasta Kinshasa para ver a sus otros hijos del continente africano, de piel negra y de pelo duro.

Ese viaje significó tanto para nosotros y para los milicianos que tanto oían hablar de él, que lo veían en vídeos, que leían sus mensajes pero ahora lo tenían en frente. La presencia del cura aquí en Kinshasa vino a confirmarnos en el carisma de Fasta. El cura nos vino a mostrar que lo que hacíamos no era una idea que se nos había ocurrido sino un tono, un modo y una forma distinta(más colorida) de vivir y experimentar el único carisma de Fasta que es don del Espíritu Santo. Su presencia nos hizo ver y sentir que éramos parte de algo más grande, de una comunidad gigante; que éramos parte, nosotros también, de la Ciudad Milicianos.

Todo el mundo que lo había visto o saludado de daba cuenta que estaba frente a su padre; frente a un hombre que lo amaba de verdad.
Hoy lo recordamos con gran afecto y cariño y damos gracias a Dios por su vida. Gracias por su testimonio de Fe y de caridad; Gracias por sus palabras que siempre eran lo que uno necesitaba escuchar y traían consuelo y paz; Gracias por su alegría inmensa que aún en medio del dolor y del sufrimiento pudo transmitir y contagiar; Gracias por su risa que hablaba de ese niño interior que no dejaba de soñar un mundo mejor, una Iglesia más bella y una ciudad Milicianos que no excluye a nadie y pertenece a todos.

Por eso hoy, nosotros también con el corazón dolorido por la ausencia y la separación pero con el alma confiada y esperanzada queremos unirnos a su petición y repetir con fervor, con Fe y con mucha esperanza: «Quiero ver a Santo Tomás»





