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Siguiendo con nuestro intento de traer enseñanzas y recuerdos inéditos o al menos olvidados de nuestro Fundador, nos encontramos con esta evocación que es más un homenaje y muestra de profunda gratitud hacia un Pastor con todas las letras de la Iglesia, el Cardenal Antonio Quarracino. La fecha es incierta, pero probablemente fue escrita poco después de su fallecimiento en 1998.
Lo conocí siendo él Obispo de Avellaneda y yo Prior Provincial de los Dominicos. Fue una mañana en la austera casa de su sede episcopal. No hubo ni protocolos ni solemnidades en la entrevista. Todo fue llano, directo, sencillo y terminé riéndome de una de sus felices humoradas.
Nos volvimos a encontrar en Bogotá, cuando él presidía el CELAM y yo había reemplazado a Monseñor Derisi en la Organización de Universidades Católicas de América Latina. También en esa ocasión pudimos conversar sin vueltas de la Iglesia Latinoamericana, la juventud, la universidad, Argentina. Y él opinaba siempre como hombre de Dios, como Pastor de la Iglesia, con un lenguaje sin tonos prosopopéyicos, sin academicismos altisonantes, sin la carga de espurias ideologías. Si o no, y en el juicio siempre aparecía el evangelio encarnado en las realidades cotidianas del hombre de hoy y de su tiempo.
Fue precisamente en esos años (1986-87) cuando en Fasta comenzábamos a intentar la fundación de una Fraternidad Sacerdotal que acompañara y sostuviera espiritual y doctrinalmente a los muchos hombres y mujeres que se comprometían en la misión evangelizadora de la Fasta laical. Fue mi querido amigo Monseñor Jorge Meinvielle quién protegió en Tucumán los primeros pasos de la fundación y quién me instó, en 1990, para que viera al Arzobispo de Buenos Aires, recién electo, y le hablara de Fasta y el proyecto de la Fraternidad Sacerdotal.
Los tres nos encontramos una tarde en San Miguel y, durante el intervalo que le permitía la reunión de la Conferencia Episcopal de la que participaba, pero aún no presidía, conversamos sobre mi proyecto. Me escuchó con atención. No fue necesario darle muchas explicaciones. Me hizo algunas preguntas que sólo puede hacer quien intenta descubrir, detrás de la cobertura de los hechos, los signos de Dios. En una ocasión le había presentado a un grupo de jóvenes de Fasta que le ayudaron en la celebración de la Eucaristía en nuestro Colegio Catherina. No me imaginé, en ese momento, que su Eminencia había reparado en aquel grupo de jovencitos. Pues bien, esta tarde en San Miguel, sobre el fin de la conversación me miró con una sonrisa socarrona y me dijo: «Ya sé quiénes son estos seminaristas de Fasta, los que me ayudaron en la eucaristía que celebré en el colegio y tenían el pelo muy cortito”.
Entendí inmediatamente lo que me quería decir y me fui de la entrevista seguro que nos aprobaría.
En diciembre de 1990 promulgó el decreto autorizando el funcionamiento de la Fraternidad Apostólica Sacerdotal Tomás de Aquino y la ordenación de sus diáconos y sacerdotes al servicio apostólico de la Fasta Laical. Un año después ordenaba al primer sacerdote de Fasta, y en 1992, durante una ceremonia llena de fervor espiritual celebrada en la Basílica de Santo Domingo, Su Eminencia ordenaba al otro grupo de aquellos jovencitos de pelo corto que no habían escapado a su mirada penetrante y bondadosa de Padre y Pastor. Entonces comprendí que aquella tarde, en San Miguel, el Cardenal había percibido los signos de Dios.
Siguieron después nuevas ordenaciones o ministerios escolásticos, y siempre él quería reservarse la gracia de administrarlos y aprovechaba para abrir, desde la homilía, el horizonte sacerdotal a los ordenados. También solía hacernos alguna chanza, Como en esa oportunidad en que se sienta en su sede, ve la iglesia repleta de fieles que iban a participar de la ceremonia de ordenación y entonces se vuelve hacía mí y sonriendo me dice: “¡Che Fosbery, cómo crece la nefasta!»
A medida que fue pasando el tiempo, Fasta se encontró cada vez más identificada con el Cardenal y su modo de entender lo católico como cultura. Amaba, conocía y reverenciaba a los grandes testigos de la fe católica en la cultura contemporánea. Y quizá porque él compartía mucho de ese estilo, para él sobresalía, entre todos Papini. Recuerdo que una vez, durante una cena en la Fraternidad, los seminaristas le regalaron un cuadro con el rostro del genial escritor y sus obras completas. Al recibir el obsequio no disimuló la emoción que le producía.
Pero había algo donde los miembros de Fasta que lo trataban a través de esas ocasiones, siempre ponderaban conmovidos. Era su amor por la patria y esa conciencia viva de la historia que le hacía valorar, alabar y tratar de rescatar, la cultura católica fundacional de la argentinidad.
Él no era amigo de utopías y menos de ideologías y sabía bien cuál era la situación espiritual por la que atravesaba la Argentina de hoy. Y quizás ese fuera el motivo que lo inducía, oportune et importune, a hacer presente y revalorar a esa pléyade de católicos que se jugaron por testimoniar la fe, desde la generación del centenario en adelante. Manuel Gálvez, Hugo Wast, Julio Menvielle, Sepich y todo ese conjunto de pensadores, artistas, poetas, filósofos, juristas, como Leopoldo Marechal, Francisco Luis Bernárdez, Ballester Peña, Atilio Dell Oro Maini, Tomás Casares, Gustavo J. Franceschi, César Pico, Juan Carlos Goyeneche, y tantos otros que hicieron posible ese milagro que fue, en la Argentina de los años 20 al 40 los «Cursos de Cultura Católica». Y con ellos esas publicaciones memorables como «Ortodoxia», «Sol y luna», «Criterio», «Itinerarium», que editaba ese fino poeta, después franciscano, que fue Antonio Vallejo.
El Cardenal se empeñó en restaurar la conciencia histórica de los católicos de hoy y cada vez que pudo, nos ilustró hablando de alguno de ellos, en las presentaciones de libros, en seminarios o conferencias. Para este tipo de eventos nunca se excusaba y toda ocasión le era propicia para también recordarnos lo que significó para el país y la Iglesia, ese acontecimiento trascendente que fue el Congreso Eucarístico Internacional de 1934.
Había, sin embargo, un autor argentino hacia el cual el Cardenal no disimulaba su preferencia. Se llamaba Padre Leonardo Castellani. Tanto bregó que logró se le hiciera un homenaje público y se colocara una placa en la casa donde había vivido. En esa ocasión le dijo a su amigo el «Pacho» O’Donnell, secretario de Cultura de la Nación: «Esto, Doctor, no se lo van a perdonar». Y lo dijo delante de un micrófono, en el aula Magna de la Biblioteca Nacional. Fue un gesto de valentía, que honraba y expresaba su compromiso con la verdad. Fasta se sentía interpretada, comprendida por el Cardenal en todas esas ocasiones. Porque esa es también nuestra lucha: rescatar, defender, transmitir el patrimonio de la Cultura Católica en nuestra patria.
En los tiempos que vivimos esta valentía inclaudicable, sostenida por la «caridad de la verdad», le generó también, muchos enemigos. Pero eso, a nosotros, no nos importaba y al Cardenal tampoco, tratándose como se trataba de servir a la verdad.
Hace apenas un año, quisimos testimoniarle al Cardenal nuestro agradecimiento por esa lucha espiritual entregada con valentía al servicio de la Cultura Católica de nuestra patria. Y entonces le ofrecimos hacerlo Doctor Honoris Causa de nuestra Universidad, que aceptó y recibió emocionado, agradecido y gustoso.
Así de sencillo, así de humilde, así de amigable, así de paternal se comportaba siempre con nosotros.
Alguien hizo posible que esta relación de Fasta con el Cardenal creciera en respetuosa confianza. Fue su secretario, Mons. Roberto Toledo, que ahora ha pasado a ser un entrañable amigo que compromete para siempre nuestra plegaria.
Desde mi vocación de dominico, que participa toda Fasta, ahora que el Señor «ha cumplido el deseo de su alma y no defraudó el ruego de sus labios» (Sal 21 (20), 3), me atrevo a pedirle con humildad y confianza, a nuestro amigo, Padre y Pastor, lo mismo que sus hijos le pedimos al Patriarca Domingo: «Cumple Padre lo que nos has prometido; ayúdanos desde el cielo con tus plegarias». Amén.






